
Argentino hasta la muerte
Por María Esther Vázquez
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Cuando uno entra en el Cementerio de la Recoleta, en seguida descubre los dos tipos de personas que transitan por sus calles rotas, a veces cerradas al paso con cintas bicolores. (Suele ocurrir que para ir hacia una bóveda que está a veinte pasos se debe hacer un rodeo de doscientos metros). El primer tipo lo configuran los deudos del muerto del día: caras tristes, alguna lágrima, predominio del negro en las ropas de quienes acompañan el último viaje. El segundo tipo está dado por los turistas: pantaloncitos o jeans, según lo permita el clima, zapatillas, riñonera a la cintura y el infaltable envase de agua mineral sobresaliendo del bolsillo de la campera. Pasan contentos, curiosos, mirando, quizá sin ver, los diferentes monumentos de esa ciudad oscura, que Silvina Ocampo encontraba parecida a Venecia, y visitan dos o tres tumbas notables.
Fundado en 1822, el entonces llamado Cementerio del Norte en el solar vecino al convento de los padres recoletos, desde un principio estuvo, como hoy, rodeado de bullicio y de gente con ganas de divertirse. Durante el siglo XIX, el 12 de octubre, día de Nuestra Señora del Pilar, luego de las honras a la Virgen en la iglesia, empezaban las "fiestas de la Recoleta". Se armaban tiendas y puestos donde se vendían comidas y bebidas. Estas romerías eran frecuentadas por gente de toda condición; a la tarde, familias, y a la noche, personas de vida dudosa que organizaban bailongos, predecesores de las "disco". Cuando de madrugada había peleas y algunas muertes, aparecía la policía de a caballo y a sablazo limpio apaciguaba los ánimos.
Apenas se traspasa el peristilo, el visitante se encuentra con las dos Argentinas: a la izquierda, al lado de la bóveda de Alvear, está la de Facundo; a la derecha, la del poeta Carlos Guido Spano. El caudillo riojano, por temor a que se robaran el cadáver, fue emparedado de pie en uno de los cuatro muros del edificio pero no se sabe en cuál. Una corona de laureles y el texto de un poema, ambos en bronce, adornan la bóveda de Guido Spano. Raro destino el de este poeta, hoy olvidado, cuya larga vida le permitió ver de cerca todo un siglo crucial en nuestra historia. Nació en 1827, meses antes de la victoria de Ituzaingó, durante la presidencia de Rivadavia. Asistió al período de Rosas, al de Urquiza, al de la organización nacional, a las presidencias de Mitre, Sarmiento, Avellaneda, Roca, Juárez Celman, a la Revolución del Noventa y a la brutal crisis financiera de la época con la malversación de los bienes públicos, el despilfarro, la ambición desenfrenada por el dinero, la usura, la quiebra de los bancos, el despojo al ahorrista, el prejuicio contra el inmigrante...
Vio los festejos del Centenario y murió, a los 91 años, cinco meses antes de la Semana trágica, en 1918. Pasó del Romanticismo al Modernismo. Sus prosas, en las que abunda la ironía, abarcan más de 800 páginas en las que narra desde los recuerdos de infancia hasta la polémica política. Fue gran crítico de teatro y fervoroso músico. A sus ensayos históricos y polémicos, se une una copiosa correspondencia con los notables de la época, que constituyó un consuelo para los muchos años de agobiante enfermedad que lo encerró en su casa. Allí, lo visitaba todo el mundo, empezando por Rubén Darío. Tradujo autores clásicos y poetas franceses. Fue un humanista que amó a su país por encima de todo.
Hoy, de moda la doble nacionalidad y el ilusorio buscar la fortuna en la extranjería, aquellos versos populares, casi escolares por su sencillez, de Guido Spano parecen un chiste de otra galaxia, nacido en el fondo de un agujero negro: "¡Qué me importan los desaires/ con que me trate la suerte!/ Argentino hasta la muerte,/ he nacido en Buenos Aires".
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