
Arturo Carrera, una experiencia poética
La publicación en tres volúmenes de toda la poesía del autor de Potlacht, que dará a conocer en estos días Adriana Hidalgo, promete ser uno de los acontecimientos literarios del año. En esta edición, anticipamos piezas inéditas de Vigilámbulo, nueva colección incluida en el vasto conjunto, y un fragmento del prólogo que aborda su variada producción
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¿Qué tipo de libros escribe Arturo Carrera? Si uno dice que son libros de poesía se acerca a una idea aproximadamente cierta, para advertir enseguida que son algo más, o en realidad algo distinto. La noción de poesía funciona en Carrera como una regla flotante y a la medida de su propia palabra; quizás por eso sus obras se muestran también como propuestas conceptuales -pronunciadas, o hasta vociferadas, sin embargo, en la voz siempre privada de la voz baja-.
Discursos de la memoria, versiones de la experiencia y testimonios de la percepción que, en la medida en que desconfían de la consistencia del registro que los pronuncia u oye, recurren a pliegues de oratorias de distinto tipo. Esta retórica se mueve como una aguja a la búsqueda inepta de una exactitud -¿balanza, brújula, reloj?- que sin embargo prefiere siempre la zona vaporosa e incompleta de lo "casi". Lo exacto, lo pleno, lo inefable, puntos de absoluto que sólo viven momentáneamente mientras se golpea a las paredes de sus palacios y se desvanecen una vez rodeados. Porque todo lo bueno sabe que está en peligro. Y Carrera, desde su rincón porteño, maniobra voces y argumentos para hacerlo durar. [...] La poesía de Carrera no oculta: precisa explicarse a sí misma en el mismo momento en que se muestra.
No hablo de una explicación que proponga fijar el significado, sino al contrario, la simple desenvoltura de las palabras. Pienso en un edificio retórico construido para honrar los soportes sobre todo inmediatos (precarios, fortuitos, inconsistentes, extraviados, sobre todo fugaces) en los que se apoya.Unos puntos que me adelanto a aclarar:
-Cuando hablo de "poesía" me refiero en un sentido amplio a todo lo derivado de cierta función poética que se ancla en el lenguaje, y no meramente a lo poemático. La obra de Carrera hace muy necesaria esta advertencia, ya que exhibe un uso bastante flexible, y sobre todo, encadenado, de formas estróficas abiertas y de prosas de distinto carácter. A veces la prosa asume un rol "subsidiario" de aquello que la forma estrófica anuncia en tono más elevado; y otras veces la prosa se resuelve en una serie de registros fácticos, conceptuales o argumentativos que operan por acumulación semántica y permiten así al régimen estrófico trabajar fuera del campo de las premisas compartidas con el lector. Es cuando el verso se asume como alegato un poco autónomo de la conciencia, entre hermético y solipsista, arraigado en la experiencia y sin embargo precario dada su fugacidad, y por lo tanto inepto para brindar una información de contexto, que en realidad no posee.
Más aún, podría decirse que la modalidad poética de Carrera se apoya en la sorda pelea establecida entre verso y escritura lineal. Esa pelea tiene naturalmente efectos prosódicos diferenciados -dado que, a fin de cuentas, se trata del habla de dos personajes con distinto carácter-. La modalidad resulta naturalmente más lírica en el ámbito del verso, pero opera con más revulsión estética, en mi opinión, en el ámbito de fricción con lo lineal.
-Cuando se trata de un autor de larga presencia como es el caso de Carrera, cuyo primer libro aparece en 1972, la definición cronológica y de ciclos, momentos o correspondencias, se presenta en general como plausible. Y muchas veces es útil. Probablemente también lo sea para analizar su poesía. Sin embargo, una característica resaltante de esta obra es la relación problemática que plantea con la cronología. Carrera efectúa un avance regresivo a medida que aparecen sus libros: van de lo general a lo particular, de la crítica (o teoría) a la vida, de la argumentación al episodio, de lo episódico a lo estrictamente escénico; y en general se introducen cada vez más en el pasado individual, por un lado, y en esa especie de voluntad ideológica del pasado que se manifiesta como lo "originario".
[...]
Comentario sobre el hallazgo de un libro
En una feria de domingo, hace años encontré un libro de Arturo titulado Ciudad del colibrí; el subtítulo: Osario de enanas. No lo conocía y descubrirlo me pareció extraordinario, porque estaba lejos de la Argentina y gracias a él se dibujaba un nuevo punto de la línea de casualidades y caprichos que vamos tejiendo con aquello que nos pertenece o distingue; línea de puntos suspensivos más que de recorrido cierto. Aparte el libro tenía otra característica, que me pareció también promisoria: era una edición intonsa, había que cortar los pliegos no sólo para leerlo sino apenas para hojearlo. Menciono esta anécdota desde un punto de vista bastante insípida porque, como puede imaginarse, para mí no lo fue tanto, y en segundo lugar porque asumí este hallazgo como algo completamente acorde con la manera como Carrera se pone en general de manifiesto. Una forma distraída, igual a una irrupción casual o involuntaria, que hace de su presencia un alarde de lo minúsculo, de lo oblicuo y de lo efímero. Me refiero tanto a sus irrupciones presenciales, que oscilan entre la timidez -o incluso gravedad- y un voluntario segundo plano, como, y sobre todo, a aquello invocado por ese género particular de irrupción sobre lo dado (y de muchas otras cosas) que es la titulación de los libros.
Podrían describirse los rasgos básicos de la poética de Carrera considerando sólo sus títulos. En este caso: el colibrí, ave para la cual la pausa aérea es condición de subsistencia y que alude a la plenitud y a lo efímero (su volar inaferrable, la flotación alerta mientras trabaja sobre las flores, el cuerpo dotado de luminosidades móviles), elementos frente a los cuales la idea de ciudad, con todo lo construido y fijado que lleva, se levanta como una de esas contradicciones proclives a las lógicas infantiles, hechas de fantasías y de paradojas de la memoria instantánea, tan presentes en la obra de Carrera a manera de dispositivo de continuidad. Y por otro lado el subtítulo, Osario de enanas, que más allá de otras alusiones propone un inevitable conflicto de escala entre tamaño pequeño y larga permanencia.
Antes los libros podían ser nuevos en más de una forma: por estar recién impresos, por no haber sido vendidos o por tener sus hojas pegadas. Esta Ciudad del colibrí me hizo revivir experiencias de estricta materialidad y de manipulaciones medio olvidadas, con la ventaja de estar ahora preparado para, como se dice, documentar el momento. Separé las hojas con un abrecartas y junto al libro fueron quedando pequeñas volutas de papel que hacían recordar virutas de la madera. Tengo pruebas, tomé fotos. Un residuo liviano y sobre todo fácilmente desechable. También se trataba de una inmejorable oportunidad de vincular esta acción manual hoy poco común, y sus efectos asociados, me refiero a los desechos y la rebaba desprolija en el canto de las hojas, con la secreta postulación carreriana según la cual el poema es trazo más o menos verificable de una disipación. Algo así como un saldo energético que se rescata, a veces, de un encuentro entre lenguaje y sensibilidad. Porque los ridículos desechos producidos por el corte podían ser tomados como correlato material de la disolución de esas otras partículas, las de escritura, que vienen a ser las unidades mínimas de expresión-significado más frecuentes en los poemas de Carrera.
Esta Ciudad del colibrí es una selección de los cuatro primeros títulos de Carrera (Escrito con un nictógrafo, 1972; Momento de simetría, 1973; Oro, 1975; La partera canta, 1982) y se publica también en 1982. Vale la pena observar las fechas porque operan en el sentido de la antología: Carrera actualiza los primeros tres libros en un registro que si bien todavía no es predominante en La partera canta, se revela esencial teniendo en cuenta los títulos posteriores, desde Arturo y yo (1984). Con Ciudad del colibrí el autor tiene la oportunidad de extraer de sus primeros libros los materiales más acordes con las líneas sobre las que se va perfilando su poesía, convirtiendo la antología en un documento de autolectura. A esto ayuda también la misma organización de la textualidad: la ausencia en general de poemas independientes convierten cada libro en un continuo de fragmentos; y este carácter proliferante y circular de los poemarios de Carrera permite la selección de incisos separados.
Otro aspecto de importancia vinculado con la antología [...] es la sustracción propinada a Momento de simetría, cuya concepción abierta y desplegada acaso represente el momento inaugural más mallarmeano de Carrera, también en términos gráficamente compositivos. Allí la página ha desaparecido como marco espacial y el texto se despliega sobre una superficie abierta. El efecto inmediato de esto es que los blancos ya no están pautados de una manera reglada ni visible a primera vista. Esta apelación a una espacialidad radical no habla tan sólo de una propuesta de recorridos de lectura variables y silencios no marcados, a lo que habría que sumar las variaciones tipográficas, sino que implica sobre todo una explícita propuesta rítmica (en la medida en que todo ese plano vacío, no sólo el intralineal, es apelación a un silencio variable) y a la vez muda (en la medida en que la ausencia de indicaciones para una lectura progresiva, de izquierda a derecha y de arriba hacia abajo, deja la lectura, sólo visual, en un trance parecido a la callada contemplación icónica, también antiguo anhelo de los concretos).
Según mi impresión, Ciudad del colibrí permite ver de un modo menos tajante la distinción habitual entre los dos momentos de la poesía de Carrera, porque muestra que el segundo es continuidad no precisamente contrastiva de elementos ya instalados en el primero. La continuidad entre el primer Carrera y el siguiente se apoya sobre todo en la actitud conceptual frente a cuestiones vinculadas con el tiempo, el espacio y la memoria. Los primeros libros podrían ser intentos de ser menos explícito de lo que se supone debe serse; sin embargo, hay también un esfuerzo de identificación de cuestiones poéticas y de desafíos de la representación que después, ya aludidos, irían a exponerse de un modo más directo. En cierto modo, el registro teorizante de los primeros libros sirvió para levantar un edificio de premisas particulares cuya poesía quizá de otra manera, sin aquél, no sabríamos cómo sería leída.
Sergio Chejfec


