
Del arcaísmo al informalismo
Alberto Pilone reavivó en sus esculturas un pasado remoto. Alejandro Viladrich y Richard Noguera, dos pintores de la misma generación, pero de estilos opuestos
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La sencillez aparente de la obra de Alberto Pilone, su elusión de lo accesorio, proviene de la sobriedad de sus medios y de una actitud que se negó a la ostentación. Buscó la verdad sin artificios. Esa es la razón por la que resulta natural aunque pueda parecer extemporánea. Hay en sus esculturas un regreso a las fuentes que las aísla de los convencionalismos. En cierto sentido, responden al propósito individualista de darle a cada cosa su legítimo valor. No es fácil explicar el hecho, pero da una confortante sensación de seguridad y de franqueza; quien lo percibe siente que están ahí los estratos profundos de una realidad común a los hombres de todos los tiempos. Tiene algo del sentido mágico de las construcciones primitivas, hechas para cumplir con una necesidad que supera el entendimiento.
Articuló las formas en composiciones pesadas y firmes, a veces simétricas, y siempre ajenas a la idea de movimiento. Las masas de sus esculturas concretan rotundamente el espacio. Aún en los dibujos, realizados en negro y blanco, consolidan los volúmenes mediante formas netas. También en ellos trabajó con el criterio de quien desarrolla las formas virtualmente en un espacio tridimensional. El propio Pilone recogió sus pensamientos en el libro de notas sueltas que sus hermanos, Ester y Jorge, compilaron y publicaron póstumamente como Meditaciones de un escultor.
Trabajó con materiales comunes, cemento en las esculturas y tinta negra sobre papel blanco en los dibujos. Unos y otros le sirvieron para revelar convincentemente la subjetividad reflexiva de su personalidad. Su formación plástica fue la de un autodidacto, aunque frecuentó brevemente los talleres de Cecilia Marcovich y de Lerma. Tuvo conciencia de su participación cultural en una sociedad que debía estar preparada para interpretar y sentir sus realizaciones. Tal vez, por eso, el deseo de puntualizar sus pensamientos en escritos que tratan de desentrañar los secretos del arte.
Las esculturas son de dimensiones moderadas pero, aun así, tienen el carácter monumental y la solidez de ciertas construcciones primitivas.
Pilone nació en Buenos Aires en 1914; pero en 1919 sus padres lo llevaron a Italia. Allí se recibió de agrimensor y, en Turín, se inició en la escultura. Volvió al país en 1937 y acá, muchos años después, presentó unas pocas exposiciones individuales, sólo cinco, en treinta años.
Participó más en muestras colectivas cuando en 1957 formó parte de la Asociación Arte Nuevo. Dicen que era un hombre introvertido y solitario, que no quiso promocionarse. Como Rilke, creía que sólo se posible crear en soledad. Por los resultados, debemos suponer que fue muy exigente con su propia labor. Más allá de eso, por los registros que llevó de sus trabajos, se piensa que duplicó numéricamente la obra que se conoce. Eliminó o dejó a la intemperie gran parte de ella para que el tiempo la degradase, como esas cosas que se dejan en el camino cuando perdieron su utilidad. La que dejó es el testimonio purificado de su paso por el mundo, del que quiso dar fe con la responsabilidad de artista que caracterizó su acción.
Murió en septiembre de 1984.
(En Palatina, Arroyo 821. Hasta pasado mañana.)
El legado de Torres García
Alejandro Viladrich (1957) es nieto del pintor catalán Miguel Viladrich e hijo del escultor argentino Wifredo Viladrich. Por lo demás viene de Sur, el taller que orienta Alberto Delmonte. Esa circunstancia sirve para conocer la práctica en la que derivó la escuela uruguaya de Joaquín Torres García. La diferenciación responde a la voluntad de hacer las cosas de la mejor manera posible.
Formas de límites precisos se definen por una línea oscura de contorno que las ribetea unánimemente. Un proceso acumulativo las compone, como las piezas de un rompecabezas, sobre cartones absorbentes, que le confieren al óleo una apariencia mate bien organizada. La aplicación de cartones recortados sobre el soporte le da espesor a las formas, que en algunos casos se resuelven con una discreta diferencia de niveles.
Una materia leve sirve para realzar el poder comunicativo de esas pinturas, que por su factura intimista estimulan la posibilidad de verlas de cerca. La aproximación permite registrar detalles de realización que enriquecen sensiblemente la impresión de orden constructivo que da, a primera vista, la interrelación de los planos.
Desde 1983, Viladrich reside en General Madariaga, donde orienta su propio taller y se desempeña como docente en distintos niveles. También dirige el taller de pintura de la Casa de la Cultura de Villa Gesell.
( En la Galería Arroyo, Arroyo 834. Hasta el 18.)
Un debut promisorio
Como Richard Noguera muestra sus obras por primera vez, conviene señalar que nació en Buenos Aires en 1956, que pasó por los talleres de Enrique Torroja, Eduardo Audivert y Luis Zorraquín, en pintura, y de Pablo Edelstein y Cecilia Lorenzo en dibujo y escultura. Agreguemos que es heredero del expresionismo abstracto, aunque tiene discretos atisbos figurativos. She, Paula y Lucía conforman una tríada con obvias referencias al cuerpo de la mujer. No son los únicos casos, Gato, Interior o Cabeza, por ejemplo, también ilustran esa disposición a representar libremente los seres o las cosas. Hay una asociación enmascarada entre el motivo inspirador y su representación que difiere sustancialmente del elemento que le dio origen, pero no impide su reconocimiento.
Las pinturas de Noguera tienen un impulso cromático inicial que posteriormente es suavizado por una capa transparente que las entona.
Esa veladura brillosa no se condice con la fuerza del arranque; por un lado, la vuelve más amable; por otro, reduce la plenitud del gesto valiente que la sostiene. Tal vez, el tenor gestual que domina su obra lo induzca a responder con rapidez a la necesidad irreprimible de aunar lo que de otro modo resultaría demasiado seco.
( En Principium, Esmeralda 1357. Hasta el 28.)




