El alcance de la tragedia

La autora de esta nota reflexiona sobre la sensación de vulnerabilidad que dejaron los brutales temporales en la Capital Federal y en La Plata, y sobre las pérdidas irreparables, en vidas y símbolos, que arrastraron con ellos
María Rosa Lojo
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19 de abril de 2013  

Antes las tragedias les sucedían a los demás: en las periferias de las grandes ciudades, en la tierra adentro, siempre en zonas donde la miseria y sus prácticas de obligada improvisación iban construyendo viviendas más o menos nómades, con mínimos recursos. Novelas, relatos y conocidas canciones populares como el clásico "Los inundados", con el que la voz poderosa de Teresa Parodi supo emocionarnos una y otra vez, nos recordaban la existencia de estos excluidos.

Pero ahora la tragedia llega hasta el corazón de la ciudad antes preservado. Tal como los migrantes internos o los inmigrantes de países limítrofes se instalan en las villas miseria vecinas de las zonas privilegiadas. Tal como la indigencia que empezó a hacerse presente, alrededor de 2001, con las personas sin techo o los cartoneros convertidos en parte del paisaje de las calles céntricas.

Esta vez, también, nos tocó a nosotros. La clase media que vive en departamentos o en casas de material sólido, con buenos muebles, en barrios "normales", incluso en complejos edilicios recién estrenados, donde las grandes cocheras se inundaron como piletas olímpicas para que nadasen, a disgusto, hasta los autos de alta gama. Ya no es posible mirar para otro lado y comentar, como se escuchaba hace no tanto, la obstinación de "esa gente" (la otra) por colocar sus hogares precarios siempre en los mismos terrenos inundables (como si la pobreza no limitase, entre tantas otras cosas, las opciones para elegir dónde se vive).

La perplejidad nos ha dejado sin aliento. ¿Cómo es posible? A pesar de todas las medidas protectoras, en un país que se fragmenta en pequeños países de barrios cerrados por muros y por rejas, el agua entró donde menos se lo esperaba, e igualmente, por supuesto, donde sí era previsible que ello ocurriese (causando daños mayores en proporción a los escasos recursos). La sensación de inesperada vulnerabilidad se parece a la que se sufre después de los accidentes o de ciertos diagnósticos. De golpe, alguien que se consideraba perfectamente sano pasa a otro estado vital: se convierte en enfermo oncológico, afronta las fragilidades del post-infarto. Quien caminaba y corría sobre sus dos piernas sufre un accidente cerebrovascular, una fractura de fémur, un traumatismo de cráneo. Nunca volverán a ser los de antes, los que eran cuando aún no los habían tocado esas fuerzas que están más allá de la voluntad.

Nosotros tampoco. Como los nuevos enfermos, o los flamantes accidentados, hemos perdido la inocencia de creernos inalcanzables: ese olvido de nuestra condición vulnerable y mortal, que nos permite hacer planes y seguir existiendo con alegría descuidada, como si nada malo fuese a sucedernos, dentro de una década o de cinco minutos.

Este año el conurbano oeste, donde vivo, sufrió en menor medida que las dos capitales, la del país y la de nuestra provincia de Buenos Aires. Pero el año pasado las energías descontroladas de la intemperie se concentraron para estas mismas fechas (aunque afortunadamente con muchas menos víctimas humanas) sobre todo en el área comprendida entre Ramos Mejía y Moreno. Costaba asimilar el impacto brutal de un fenómeno nuevo. Una tarde, el cielo comenzó a oscurecerse como en un eclipse y un viento que creíamos propio de otras latitudes arrancó de cuajo árboles que ya eran frondosos en mis años de escuela primaria, destruyó miles de tejas, levantó techados de zinc como si estuvieran hechos de cartón, despedazó clubes deportivos donde habían jugado los que entraban en la sexta o séptima década de sus vidas, horadó escuelas y devastó las hermosas plazas verdes, orgullo del Oeste, como si los orcos hubiesen penetrado a sangre y fuego en la bucólica Comarca imaginada por Tolkien.

Aunque no somos hobbits, y menos aún elfos, sino imperfectos y problemáticos seres humanos, el mundo de chalets con jardines floridos y veredas arboladas representó y representa para muchos un sueño de reposada felicidad, más allá del ruido y la furia de la Capital donde la mayoría trabaja. Un sueño que vale el esfuerzo y el riesgo del viaje en el Ferrocarril Sarmiento, o el más cómodo en combi, si los ingresos del pasajero pueden permitírselo. Por más que, a los ojos de muchos capitalinos, el "Lejano Oeste" quede más cerca de la "barbarie" que del paraíso, su dimensión ideal de pacífico amparo compensaba largamente para muchas familias los problemas de la distancia.

Nuestra primera ficción utópica se había derrumbado, sin embargo, en la década de los años noventa y sobre todo hacia su catastrófico cierre, cuando dejamos de ser, definitivamente, la pequeña ciudad que conocí en la infancia: de verjas bajas y puertas abiertas, donde los chicos recorrían cuarenta o cincuenta cuadras en bicicleta y nadie se preguntaba dónde podían estar ni qué iba a pasarles. De la mano del desempleo y la fragmentación social, las verjas comenzaron a elevarse y las casas, a llenarse de llaves triples y alarmas que se activan al roce de una sombra, mientras las esquinas se poblaban de garitas de vigilancia y los espíritus, de amenazas reales y fantasmales.

En abril de 2012 desapareció la segunda de nuestras utopías fundadoras. Si el entorno humano se había vuelto sospechoso y erizado de peligros, aún nos quedaba el sueño de comunión con la naturaleza. Detrás de las rejas, que algunos vecinos comenzaron a forrar con paneles oscuros, para que los jardines fueran aún más privados y sus habitantes, invisibles. En los patios o fondos traseros, cerca de las piletas de natación o los aljibes ornamentales, después del asado del domingo, donde se podía leer o descansar a la sombra de los frutales, del jacarandá o del pino añoso que en muchos casos había crecido con nosotros o con nuestros hijos.

El "minitornado" –así se dio en llamarlo–, mutiló buena parte de nuestros refugios armónicos, donde los feroces conflictos del mundo exterior podían mirarse a la distancia de la ficción, como series televisivas. Los árboles antiguos, antes amigos, se llevaron, al derrumbarse, parte de las casas que habían cobijado: el lavadero, el quincho, la pared de un dormitorio. Esos árboles, como los otros ya convertidos en papeles, en libros, en cartas, en los primeros cuadernos de los hijos, en álbumes fotográficos, pertenecen a las pérdidas irreparables de los desastres. Luego de los duelos de primera magnitud por las vidas humanas, se hallan quizás esos agujeros en el mapa de la memoria, en el archivo simbólico que nos constituye.

Pero otras fuerzas –éstas sí, voluntarias– compensan en parte la crueldad de las devastaciones. Mientras escribo estas líneas oigo aplausos. Frente a mi casa, en la escuela convertida como tantas otras en centro receptor de donaciones, se acaba de completar la carga del segundo camión, con todo tipo de aportes para los inundados. Lo mismo sucede en muchos puntos de la Capital y del Gran Buenos Aires. Acaso empezamos a comprender el poema de Martin Niemöller, atribuido erróneamente a Bertolt Brecht. Es que ya vinieron y vuelven a venir por nosotros. Nosotros somos los otros. Y todos tendremos que salir para responder por todos.

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