
El carnaval del barroco
LA VENECIA DE VIVALDI Por Patrick Barbier-(Paidós)-Trad.: Jordi Terré-208 páginas-($ 27)
1 minuto de lectura'

Ahora, cuando voces agoreras anuncian que Venecia podría convertirse dentro de unos 25 años en una ciudad "fantasma", habitada sólo por hordas de turistas de paso, leer La Venecia de Vivaldi. Música y fiestas barrocas , de Patrick Barbier, puede ser un consuelo y, también, un estímulo para reflexionar sobre el tiempo y sus crueles mudanzas.
Porque la ciudad en la que nació, vivió y compuso Vivaldi toda su obra, la Venecia que el Prete Rosso contribuyó a hacer famosa en toda Europa gracias a la popularidad de sus conciertos, estaba entonando -a fines del siglo XVII y en la primera mitad del XVIII-, como el cisne, su última canción: las horas de prosperidad y de poder político habían llegado a su fin, aunque las fiestas y los placeres libertinos disimularan la dramática situación económica.
Barbier no es precisamente un novato en estos temas; italianista de formación y profesor de música en la Universidad Católica en Angers, Francia, ha escrito tres obras sobre los castrati , de manera que no extraña su amplio manejo de bibliografía y fuentes de todo tipo. Sin embargo, su evidente erudición no molesta porque sabe mezclar agradablemente la información musical más exquisita con los comentarios más cotidianos y sabrosos acerca de la vida y costumbres de los venecianos, recogidos minuciosamente en las memorias, relatos de viajes y crónicas de los admiradores de La Serenísima: el conciudadano Giacomo Casanova, el filósofo Jean-Jacques Rousseau, el presidente del Parlamento de Dijon, Charles de Brosses, entre muchos otros.
Una ciudad incomparable sólo podía ser representada por un artista incomparable. Vivaldi va a estar, visible o invisible pero constante siempre, desde su nacimiento hasta su muerte, para guiar al lector a través de la pompa y el lujo, la música omnipresente, la alegría, la locura y la religiosidad de los habitantes de todas las clases sociales que habitan Venecia en el tiempo elegido por Barbier. El libro está dividido en seis partes principales: "Una ciudad, un pueblo, una música"; "Descubrir Venecia en tiempos de Vivaldi"; "Los Ospedali o la gloria musical de los más humildes"; "Música sacra y fiestas religiosas"; "La ópera veneciana y su público", y "Esplendor musical de los palacios privados", títulos todos bien descriptivos de los respectivos contenidos.
Si bien la diversión y la música son los denominadores comunes en todos los estratos de esta sociedad admirada por sus contemporáneos por su riqueza y poderío, lo cierto es que por detrás de tantos juegos y festejos las autoridades de Venecia aseguraban la política, la sociedad y la religión gracias a un régimen "de los más policíacos del continente". La razón del orden que reina en la ciudad-Estado es la certeza que se tiene de que "el gobierno está al tanto de todo, y de que los Inquisidores de Estado dan muerte sin formalidades a quienes perturban el orden público: el temor a las ejecuciones secretas infunde más respeto a los hombres que el temor a los suplicios públicos". Y conste que ni el dux estaba libre de caer en las garras de la delación.
No es extraño entonces que los venecianos decidieran aprovechar el tiempo (seguir el sabio precepto del poeta latino Horacio: carpe diem ) y vivir plenamente. Uno de los puntos más altos de La Venecia de Vivaldi es, justamente, la descripción de los casi seis meses dedicados a preparar y consumar el carnaval que, como todavía hoy, era motivo de atracción para turistas llegados de todas partes del mundo conocido. Una inmensa flotilla de barcas y góndolas recibía a los viajeros, que podían contabilizar "145 canales atravesados por 312 puentes de piedra y 117 de madera, las 140 torres y campaniles , las 70 iglesias parroquiales y los innumerables palacios artísticamente dispuestos a flor de agua". Junto con el carnaval llegan las máscaras, porque el ocultamiento en todas sus formas galantes era consentido y alentado, a tal punto que la máscara era norma durante todo el tiempo de carnaval.
La tradición de los Ospedali , es decir, los cuatro orfanatos venecianos destinados a recibir a niños pobres o huérfanos para formarlos cristianamente, pero también cultural y profesionalmente, es una de las más nobles experiencias educativas de la Europa barroca, tanto que uno lamenta que no se tomen hoy un poco más a menudo como ejemplo, porque, además, la dimensión musical que los caracterizó le dio a una población marginada por el nacimiento y el maltrato una dignidad pocas veces vista. De todos, la Pietà sobresalió, no sólo por ser la "casa" donde Vivaldi desarrolló una parte importante de su obra, sino también porque era el único orfanato cuyo alumnado estaba formado únicamente por niñas. Para ellas, el Prete Rosso escribió medio centenar de piezas vocales sacras.
Por el libro desfilan, sobre las aguas espejadas de la gran ciudad, todos los temas esenciales: San Marcos, la iglesia madre, símbolo mismo de la hegemonía de la República sobre la Iglesia (hasta sus palomas, que sufrían un destino menos agradable que las actuales); las procesiones de Semana Santa; la ópera veneciana, con sus innovaciones técnicas de todo tipo, y el esplendor de los palacios privados, las embajadas, las academias. Así, con erudición y agudeza, en sólo doscientas páginas, Patrick Barbier logra la proeza de describir con profundidad uno de los momentos estelares de la historia de la humanidad.
Pero este libro tiene una coda. Olvidado por Venecia, pronta a admirar a nuevos autores, Vivaldi buscó refugio en Viena, para morir finalmente el 28 de julio de 1741, en absoluta soledad. El mundo barroco le dio la espalda alegremente al artista increíble que tanto lustre le había atraído; será necesario llegar a mediados del siglo XX para que la inmensa producción del autor de Las cuatro estaciones sea rescatada y puesta en su lugar, y el nombre de Vivaldi vuelva a unirse para siempre a Venecia. Una revancha que sólo el arte puede dar a sus elegidos.




