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El Fondo Nacional de las Artes, medio siglo al servicio de la Cultura

El domingo, el FNA, el "banco de la cultura" y el mayor órgano de fomento para artistas y creadores, cumple 50 años de vida. Las celebraciones por el aniversario se realizarán durante todo el 2008, con actividades que el directorio dará a conocer a fines del mes próximo. El ex presidente de la Institución, Edwin Harvey, repasa aquí la historia, aciertos y desaciertos, del longevo organismo, trampolín decisivo para el desarrolllo cultural
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1 de febrero de 2008  • 16:38

"Lo ideal sería constituir (en México) un fondo para el fomento de la literatura y el arte, que funcionase de una manera independiente y destinado a ayudar a escritores y artistas dentro de la máxima libertad estética e ideológica…" Octavio Paz, mayo de 1975.

El Fondo Nacional de las Artes nació, 50 años atrás, como resultado de una concepción original y avanzada para su época, que entendía que las actividades culturales y artísticas, incluso aquellas encaradas con sentido industrial o comercial, requieren, al igual que otros sectores de la vida productiva del país, de un sistema financiero especializado permanente, que las promueva y ayude económica y técnicamente.

Institución diferente a todas las entonces conocidas en el mundo en la especialidad, tales como el Arts Council of Great Britain o el Canadá Council (dos instituciones pioneras en el campo del financiamiento público de las artes, creadas en Gran Bretaña en 1945 y en Canadá en 1957, fortalecidas en la actualidad), nuestro banco nacional de la cultura fue concebido como un organismo autónomo, con la misión de "administrar, recaudar y distribuir los fondos de fomento a las artes dispuestos en leyes dictadas o a dictarse", a fin de volcarlos a la actividad privada mediante el otorgamiento de medidas de fomento económico, con preferencia mediante diversas categorías de crédito.

Cristalizaban así en un rincón del continente americano las esperanzas inconclusas de viejos proyectos legislativos lanzados varias décadas atrás en foros gubernamentales europeos. El "crédito intelectual", imaginado en otros horizontes geográficos por la antigua Sociedad de Naciones en 1923 y por inspirados hombres de gobierno, como Edouard Herriot, ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes de Francia, promotor en 1927 del proyecto de creación de la Caisse Nationale des Lettres, Arts et Sciences en dicho país, se hacía realidad, en nuestra tierra, algo más de treinta años después.

El espíritu democrático de la nueva institución, con un Directorio integrado por creadores, rechazó desde el comienzo aquello de que "quien paga al violinista elige la melodía". Se puso en marcha en Argentina, el 3 de febrero de 1958, un estilo diferente de política artística. Una política también asumida por el gobierno federal norteamericano cinco años después, inspirada por John F. Kennedy quien, al promover la creación del fondo nacional de las artes de Estados Unidos, destacaba en 1963 que "… las artes no constituyen una excepción a la regla de los negocios humanos, también ellas deben asentarse sobre sólidas bases financieras e institucionales".

El Fondo nació como una institución financiera al servicio del desarrollo de las artes, como una sociedad de iniciativa, para estimular y financiar, mediante líneas de crédito, proyectos específicos promovidos por la iniciativa privada. Dentro de dicho marco de gestión financiera, las artes plásticas y el mundo del mercado de arte, la arquitectura y el urbanismo, el teatro, la danza, la cinematografía, las letras, la industria editorial, la música, la danza, las artesanías, los centros culturales, el diseño, las artes aplicadas, la radiofonía, la televisión, la fotografía, han conformado su campo de competencia.

Cabe recordar, a título de ejemplo, que en el transcurso de los primeros 15 años de gestión, aquellos que coincidieron con la administración financiera del Fondo en la plenitud de su capital y recursos originarios (en su mayoría derogados por el gobierno de facto entre 1967 y 1969, y sólo recuperados, aunque parcialmente, conforme a la ley 23.382 de 1986), muchos miles de artistas, escritores, arquitectos, escenógrafos, actores, autores, compositores, músicos, intérpretes, bailarines, directores de orquesta, libretistas, artesanos, cineastas, fotógrafos, diseñadores, ilustradores, traductores, cantantes, y otras personas vinculadas profesionalmente a las actividades citadas, aparecen registrados como "clientes" habituales del Fondo en todo el país.

Al mismo tiempo, más de medio centenar de emisoras de radio y televisión, innumerables empresas editoriales, centenares de bibliotecas públicas y de instituciones culturales privadas, laboratorios, estudios y exhibidores cinematográficos, empresas grabadoras de discos, fabricantes de instrumentos musicales, empresarios teatrales, universidades, galerías de arte, librerías, sociedades de autores y compositores, entre muchos, se cuentan, además de una multiplicidad de becarios, entre quienes han recibido el apoyo económico del Fondo a lo largo de sus cinco décadas de existencia

Conforme a este contexto fue creado el Fondo, a fin de estimular la materialización de las condiciones requeridas por la labor de las citadas personas e instituciones, dentro de un marco de respeto hacia la dignidad del trabajo creativo y de reconocimiento de su valor social. El supremo servicio que se puede prestar a las artes es el de "garantizar la libertad y la independencia del artista", en la acertada opinión de Henry Moore y en las recordadas palabras de Octavio Paz.

Promover la creatividad, contribuir a una mejor calidad de los bienes culturales, fomentar la apertura de nuevas fuentes de empleo cultural, estimular renovados modos de trabajo artístico y de relación con el público, apoyar la iniciativa de las instituciones culturales privadas, fomentar la mejor utilización y adecuada retribución del talento, favorecer el acceso del mayor número de personas a los bienes culturales y al patrimonio común de todos los argentinos, estimular la excelencia, son algunos de los parámetros de acción de un sistema moderno de financiamiento cultural.

Un sistema que para el caso argentino no se agota ni mucho menos con la acción del Fondo Nacional de las Artes (en la medida que recupere plenamente su autonomía de gestión político administrativa y financiera y buena parte de sus recursos propios). En el marco de nuestro federalismo, otras experiencias se han llevado a cabo. Dentro del gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, por ejemplo, existe desde pocos años atrás un incipiente, perfeccionable, experimento de múltiple financiación pública de la cultura, el patrimonio y las artes en el área metropolitana, mediante concursos periódicos de asignación de beneficios, a fondo perdido. Sin embargo, a nuestro entender, dicha experiencia no ha encontrado todavía una institucionalidad adecuada, no cuenta con el grado necesario de autarquía administrativa, no está abierta a operaciones reintegrables, y no dispone de autonomía financiera.

Por otro lado, el mecenazgo privado, promovido por leyes de incentivo fiscal, no es un sustituto, es más que nada un excelente aliado al servicio de una causa común: la de favorecer la financiación de una oferta cultural plural, libre y diversificada, a fin de mejorar la calidad de la vida cotidiana de todos los habitantes, la estética urbana, la creatividad como motor del progreso nacional y, lo que no es menos importante en el momento actual, para reforzar la presencia de la cultura argentina en el resto del mundo (la acción del Fondo fue ejemplar, tanto en materia de difusión artística en el exterior como en nuestras áreas de frontera).

Creemos llegado el momento de replantear los objetivos futuros del Fondo a la luz de: a) su naturaleza y mecánica originarias; b) la experiencia de medio siglo de gestión ininterrumpida; c) el ejemplo de la experiencia extranjera, tanto de fondos nacionales (que crecen con vigor) como de fondos internacionales en funcionamiento; d) la recuperación de un nivel de ingresos de la institución que debiera ser varias veces superior al magro resultado de los últimos años (no obstante los esfuerzos en tal sentido llevados a cabo por la actual gestión y su reducido y eficiente personal técnico administrativo); e) el recupero o revalorización del coherente sistema de antiguos recursos del Fondo, hoy afectados a otros destinos; f) la obtención de otros nuevos; g) la consolidación del sistema de gestión del dominio público de pago; h) una revisión de los condicionamientos a que se ve sometido el movimiento operativo del Fondo por los organismos presupuestario fiscales de la administración central; i) la actualización de su capital originario (entonces equivalente a cinco millones de dólares de 1958); y j) las expectativas financieras que se abren en el marco actual de la economía de la cultura.

La perennidad del Fondo Nacional de las Artes, constituye una experiencia público institucional que a pesar de las vicisitudes (limitación drástica de sus recursos propios, tentativas de disolución del organismo, disgregación o desnaturalización de la composición del Directorio, fallidas intervenciones a la institución, transferencia de jurisdicción, proyección de organismos paralelos, etc.) por las que ha pasado en distintas épocas, ha cumplido sus primeros 50 años dentro de la vida pública nacional.

Entre otros motivos, ello se explica porque siguen vigentes las finalidades para las que fue creado, las de cumplir una función de servicio público (servir como banco nacional de las artes) que hoy, más que nunca (con el aumento de las personas, instituciones, y empresas que trabajan profesionalmente en el campo de las artes, las industrias creativas y el patrimonio), se hace necesario no sólo mantener sino consolidar y fortalecer.

Por otra parte, su estructura de organización y funcionamiento constituye, en potencia, una fórmula autónoma (el prestigio y equilibrio de los miembros que integran su Directorio, sólo responsables ante la ley en el ejercicio de sus funciones, es buena garantía de su independencia de criterio frente al poder político) apropiada para conciliar en alguna medida la indispensable libertad (oxigeno del arte) con la necesaria seguridad material del trabajo creador, reduciendo las incertidumbres propias tanto de los vaivenes naturales del mercado de arte como de los riesgos, siempre latentes, de la sumisión del trabajo creativo a las veleidades políticas o intelectuales de turno.

Responder a estos desafíos es una de las principales tareas que le esperan a quienes, a partir de su experiencia, influencia y personalidad, tengan la responsabilidad pública de dirigir la compleja institucionalidad política, administrativa y económico financiera del Fondo Nacional de las Artes al iniciarse su segundo medio siglo de existencia al servicio de quienes crean, producen y difunden la cultura y las artes en nuestro país.

*Director de Asuntos Jurídicos (1958-1973) y Presidente del Fondo Nacional de las Artes (1983-1989)

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