
El oficio de poeta
FILTRACIONES Por Hugo Gola-(Fondo de Cultura Económica)-360 páginas-($ 49)
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En la paciente, rigurosa elaboración en el tiempo de la obra del gran poeta Hugo Gola, no sólo concurrió un rasgo principal de su personalidad -"su total y permanente dedicación a la poesía", como la define Juan José Saer en el prólogo a Filtraciones-, sino también un compromiso existencial, vital, que es asimismo la busca del poema como una forma de conocimiento. "En su construcción -dijo- participan los sentidos, la imaginación, la memoria, las imprevisibles asociaciones y ese aliento inestable y fugaz que atraviesa la vida del poeta".
La poesía de Gola, nacido en Santa Fe en 1927, tiene secretos lazos con la de otros poetas de esa zona -por ejemplo, Rubén Sevlever o Hugo Padeletti- que hallan un particular modo de vincularse con lo real. Su reconocida influencia central, el espacio de la tradición con el cual dialoga, es la de Juan L. Ortiz, obra atravesada por la articulación de una poesía rigurosamente conceptual y a la vez sensitiva, que en el siglo XX va de Valéry a Wallace Stevens y William Carlos Williams. Gola no sólo conoce esa tradición, sino que también la ha difundido en brillantes proyectos editoriales: desde las ediciones de la Universidad Nacional del Litoral, hasta las revistas Poesía y Poética y la actual El poeta y su trabajo, publicadas en México, donde actualmente reside.
Filtraciones recupera toda la obra poética de Gola, que antes se hallaba reunida en dos libros: Jugar con fuego. Poemas 1956-1984 (Santa Fe, Universidad del Litoral, 1987) y el homónimo Filtraciones (México, Universidad Iberoamericana/Artes de México, 1996). A ello se agrega en esta edición un libro nuevo: Ramas sueltas.
A diferencia de la poesía que basa su varia significación en el hermetismo o el anonadamiento del sentido, los textos de Gola compensan su transparencia -en el nivel retórico, en sus imágenes, en su sintaxis- con una inagotable capacidad reflexiva. Esa riqueza rigurosa, ni exterior ni cerrada sobre sí, asegurará su permanencia, al modo de un clásico.
En el conjunto de su obra pueden describirse cuatro etapas, como si fuesen cuatro estaciones de un creciente saber lírico, una especie de ascensión en el conocimiento del poema. En la primera, que va de Veinticinco poemas a El círculo de fuego, el lector asiste a una progresiva despersonalización del sujeto lírico, en la busca de cierta objetividad, sin que ello implique la total negación del yo.
En la segunda, el fundamental Siete poemas, el texto se vuelve más complejo, comienza a poblar la página de un modo más expansivo y, a la vez, la palabra poética deja de ser "proferida" por alguien para volverse una voz pura, una expresión autónoma del mundo objetivo espejada en la lengua. Esa expresión, no obstante, siempre se halla transida de tiempo y de fugacidad. De allí su aspecto paradójico: aspira a ser un "ensueño sin soñador", un nuevo origen, el comienzo de una palabra virgen. Los libros de estas dos etapas se publicaron en Jugar con fuego.
La tercera corresponde a Filtraciones (la compilación original de 1996). La aspiración de la etapa anterior parece cumplida: el mundo se presenta en la palabra que a su vez simula ser nombrada en un vacío. El lenguaje no sólo compensa la disolución del yo: al hacerlo quiebra, ilusoriamente, el devenir temporal. El poema actúa de ese modo como un lugar propicio al nombre, sin lastres sentimentales: un nuevo comienzo. Dice: "Un aire amarillo arrasa/ el rostro. Y todavía caminar./ En la tarde no./ En la noche. En la mañana./ Para iniciar. O despuntar./ Mas solo. Ya sin. Cumplido/ y vacío".
La cuarta etapa la constituye Ramas sueltas, un libro de delicadeza y sabiduría extremas. Allí el poema recupera una cierta fe del nombrar, pero librada en aquel vacío ganado como plenitud o, mejor dicho, como promesa de plenitud. Ese lugar que abre el poema también es autoconsciente: las palabras no son un vehículo mágico sino sonidos, sonidos mediante los que lo real mismo se sostiene, implicado, comprendido, renacido en su esplendor imaginario: "Como antes/ llega ahora esa ráfaga/ no es un milagro/ lo que llega/ una sílaba que suene/ basta/ un ruido mínimo/ la sombra que cruza/ la ventana/ el cielo vacío/ de septiembre/ la hoja que cae/ una luz que se apaga/ y todo brota de nuevo/ sube/ estalla/ desborda/ como antes".
Dice Gola que el poema es a la vez una "forma de revelación", la "expresión del ser interior del poeta" y una "inmersión en lo real". De allí que su poesía establezca correlaciones entre una manifestación sensible de las cosas, los avatares de la memoria y de la agonía temporal, con la inminencia, como una ráfaga o un desborde, de ese "milagro natural/ que sube y sube", el instante sagrado donde resuena la trascendencia del mundo. Tales "filtraciones", en las cuales lo real se revela en una esencia que redime con lo eterno el tiempo de la caducidad, apenas decantan en el poema, bajo una forma que, sin embargo, carece de certezas. Las palabras del poema podrían ser meros signos oscuros, el desvarío de una conciencia que no quiere morir y levanta el teatro de su falsa permanencia.
De allí que la poesía de Gola, aunque siempre asuma su potencial capacidad de revelación, también manifesta la posibilidad de ser un lujoso delirio ciego, el azar de unos sonidos. Esa tensión siempre la vuelve creíble, de tal modo que al nombrar lo real como una epifanía dada en una hora cotidiana, el poema sostiene un aura soterrada: "Se oye un murmullo/ a la distancia/ el viento pasa// vuela una hoja/ el sol se apaga/ el agua cae// cierro los ojos/ desde el silencio/ oigo una rama".
La edición de Filtraciones de Hugo Gola es un acontecimiento literario, una celebración, un acto poético absoluto.



