
Elegía por un país perdido
En El desperdicio (Alfaguara), su última novela, la autora de El Dock cuanta cómo la vida familiar y los proyectos de una brillante intelectual quedan marcados de un modo trágico por la crisis argentina de las últimas décadas
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Este año, Matilde Sánchez estuvo en Inglaterra en un seminario en Cambridge junto a escritores ingleses. Allí, cuenta, se debatió sobre la autenticidad. Y aclara: "En este momento la profesionalidad ha alcanzado tales estándares de exigencia que hay un menoscabo de la autenticidad de la voz narrativa, de aquello que le confiere al texto un valor auténtico, genuino". Y la palabra "genuino" hace eco. Hace eco en sus textos (narraciones, crónicas, biografías, artículos periodísticos) y en sus puntos de vista. En sus declaraciones y en sus dudas. Ella es tan genuina como sus novelas ( La ingratitud , El Dock ), como sus relatos de viajes de La canción de las ciudades o como las biografías de Hebe de Bonafini ( Historias de vida ), Che Guevara ( Sueño rebelde ) o Eva Perón ( Evita, imágenes de una pasión ).
-En su novela El Dock señaló los acontecimientos de la toma de La Tablada; además escribió libros sobre el Che Guevara, Eva Perón y Hebe de Bonafini. En su reciente novela, El desperdicio, hay una lectura analítica muy fuerte de los 70, 80 y 90. ¿Cuál es su relación con la política?
-Tal vez suene decepcionante. Soy de una generación que fue muy marcada por el progresismo cuando el progresismo era oposición. Y muy marcada por el tema de la investigación de los crímenes de Estado y la lucha por los derechos humanos. Esto, de alguna manera, fue consustancial para nuestra generación. Después, cada uno encontró su camino singular y cada uno lleva su propia biografía consigo. Mi relación con la política es cierta pero tiene algo de equívoco. Yo pienso que no me dediqué a escribir sobre política sino sobre la familia.
-Algo absolutamente presente en El desperdicio
-Sí, se puede hacer una lectura analítica de los 70, los 80 y los 90 en la novela, pero siempre está la política como cuestión familiar. El desperdicio es una historia familiar, pero inevitablemente se cuela la política. La política cruza todo en un país como la Argentina, donde es muy grande la desmesura en la vida de las personas. La política hace que la vida de los argentinos esté muy condicionada. Como en toda sociedad mixta, la familia es una caja de resonancia del acontecer político. Esto lo comprendí hace poco. Finalmente podemos pensar qué hace la política con las familias. Cómo ingresa la política en lo privado y, a su vez, cómo el mundo privado, y el mejor ejemplo de ese mundo son las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo, puso de relieve la singularidad histórica argentina que fue la apropiación de bebés. Todos los días uno se rompe la cabeza con cada nueva historia que supera las marcas que puede elaborar la ficción. Es de una complejidad atroz y, a la vez, algo muy propio de la historia argentina. Argentina tiene su propia foja de familias aberrantes.
-¿Y cómo es la biografía que trae consigo?
-Mi historia personal: yo jamás milité y no creo haberme perdido mucho como a veces me hacen sentir. Trabajé con la política desde la teoría. Puede sonar cobarde y reivindico la cobardía. Siempre fui tremenda e ingenuamente pacifista en un momento en que eso era un tabú. Era ser parte del problema y no de la solución. Mi papá fue un capitán republicano en Barcelona, en plena Guerra Civil. Siempre me pareció que era posible morirse y tenía mucho miedo a la muerte. Parto de la base de que los ideales no triunfan, o que cuando triunfan se convierten en otra cosa. Creo que la real politik y el progresismo en la Argentina hicieron su propio camino. Me interesa la política, por supuesto, pero me desagradan las derivaciones nac & pop hegemónicas que tiene la política hoy. Me parece que tienen un efecto tal vez un poco acotador para la ficción. Lo que pasa es que también me gusta mucho el periodismo y me gusta mucho la crónica. Con lo cual la profesión siempre me lleva a lo real.
-¿Qué cosas le aporta el periodismo a la hora de escribir ficción?
-Primero: me gusta mucho el periodismo. Me fascina el género crónica. Me enseñó muchísimo. Me dio una capacidad de respuesta rápida asociativa a la que le veo un gran potencial de perfeccionamiento. El hecho de que uno pueda recibir una buena crónica por la módica suma de un diario y uno se encuentre con literatura es fantástico.
-¿Eso ocurre en el periodismo actual?
-No, para nada. Hubo momentos en el periodismo argentino, en los 80 y los 90, en los que buena parte de las innovaciones narrativas estaban en los diarios. Pienso, por ejemplo, en las crónicas de María Moreno. O en otros periodistas a los que seguí mucho, como Daniel Link. Y hablo de todos los géneros, desde las columnas de chismes hasta los más sesudos. Tal vez esas claves, en la actualidad, las encuentre en los blogs .
-¿Tiene un blog?
-Lo tuve, pero me decepcioné rápidamente porque la respuesta de la gente era atroz, de piedra libre a la injuria. No me interesa ese tipo de protocolo del anonimato. Me parece que siempre se está trabajando sobre el horizonte del resentimiento. Y me ofendí mucho.
-Es decir que de allí no sacó ninguna enseñanza
-Pocas, es cierto. Pero el periodismo me dio muchas armas. Por ejemplo, poder hacer funcionar una enciclopedia propia como hoy puede ser Wikipedia. Antes, todo periodista era un Wikipedia. Recuerdo aguafuertistas que me encantaban. Uno que está bastante olvidado, como Emilio Petcoff. Las mismas aguafuertes de Jorge Asís me gustaban. Hoy sólo se puede pensar en Carlos Monsiváis como ejemplo de ese género.
-¿Por qué cree que esa enciclopedia personal no funciona en el periodismo actual?
-Porque la crónica fue expulsada de los diarios. Y eso tiene que ver con el proceso industrial en el mundo y en la Argentina particularmente. La Argentina tenía muy buen periodismo y muy buenos periodistas. El diario en papel se está muriendo, eso no es un secreto para nadie, y todas las cabezas periodísticas del mundo están pensando en cómo plantear la sobrevida de los diarios en papel. La opción más fuerte, por lo menos la de los diarios más serios, es volver a textos muy largos, con un lujo de prosa y con un lujo investigativo que el blog no soporta porque no puede financiar el tiempo de pesquisa. Internet mucho menos, ya que todos sabemos que es insoportable leer textos largos en la red. Ojalá que el periodismo argentino tome este camino y no el de cierta mutación hacia la telebasura.
-En El desperdicio arranca con un enamoramiento de los personajes con autores y libros. Al atravesar las décadas y los capítulos, hay un alejamiento cada vez mayor con la lectura. ¿Cómo trabajó esa diferencia?
-Trabajé en la novela con las distintas maneras de leer a través de las décadas. Distintos modos de leer y distintos soportes de la lectura. Traté de mostrar los otros circuitos de lectura y de pensar las lecturas compartidas. Quería contar, quizás de una manera hasta apocalíptica o como una despedida, las razones de la última generación para la cual la memoria era exclusivamente humana. En este sentido, la novela es un velorio de la utilización del papel. A partir de las computadoras, cambió la memoria. Hoy las máquinas son las depositarias de la memoria, y nuestra capacidad de recordar es distinta. En ese sentido, El desperdicio es la marca de una foto como registro de la realidad.
-¿Habla de una suerte de involución de la sociedad lectora?
-No la llamaría involución, sino la certeza de que el público no tiene patrones tan propios como a veces creemos. Cuando un editor periodístico o literario dice "esto no lo entiende nadie" comete un error, está subestimando al público. El público puede leer un texto largo. Diez o veinte veces lo va a leer por la mitad, pero al final se va a acostumbrar a leerlo entero. Antes decía que hubo un momento de enorme expansión del periodismo argentino. Y llamativamente fue durante el menemismo. El menemismo revalorizó el periodismo de investigación, lo estimuló. Con el uno a uno había mucho dinero para viajar y, a la vez, eso coincidía con una revolución mundial tecnológica. El 2001 fue letal. Todavía tenemos que recomponer el daño de lectura, entre tantos otros, que hizo el 2001, cuando muchos lectores dejaron de comprar el diario para siempre. Ese tipo de daños que parió la crisis todavía no lo evaluamos. Será tarea de los sociólogos. En los últimos informes sobre educación, la Argentina está después de Uruguay, México y Chile. Y me parece que también hay un clima más populista en todos los niveles. La mayoría de los medios siguieron la senda de la televisión chatarra.
-¿En narrativa cree que también el 2001 fue un punto de inflexión?
-No, porque no se le hace mucho caso al proceso industrial como en los medios. De todos modos, el periodismo se está recuperando desde hace un par de años. Pero hubo un momento negro. Cuando trabajaba en el suplemento cultural de Clarín, de un día para el otro dejó de entrar el 75 por ciento de los libros en la Argentina. Y se hacían negocios de compra de paquetes editoriales con el dólar a 8 o 9 pesos. Ahora, con la economía un poco más estable, se puede programar mejor.
-¿Qué ejemplos tomaría en la narrativa argentina de estos años como para decir que no existió una ruptura?
- La villa , de César Aira, me conmovió. También me conmovió mucho un libro de poesía de Luis Tedesco, Aquel corazón descamisado , que fue escrito mientras hacía las colas del corralito. Era poesía documental. Me maravilla que la narrativa y la poesía hayan tomado esas imágenes para crear. Cuando pienso en esa época pienso en imágenes. No en análisis ni en descripciones. El impacto del 2001 está para mí en las imágenes. Quería hacer un trabajo sobre los carros de los cartoneros. Pero el proyecto se vino abajo y, a su vez, los carros de los cartoneros se fueron estandarizando. Pero en ese momento me fascinó ver cómo se resolvían las cuestiones de armado del carro de acuerdo con la familia, si había chicos, si había dos mujeres o más...
-Hasta que llegó la estandarización de la pobreza
-Yo lo llamaría reblandecimiento. O, mejor, todo se volvió católico y bueno de una manera inoperante. Evita se volvió aún más santa, el Che se convirtió en una versión canchera del Gauchito Gil. Hubo una creciente importancia del discurso católico. Los contenidos fuertes que tenían antes aquellos personajes no resistían un análisis hoy. Entonces quedaron en lo puramente poético, todo se volvió católico. Digo católico en el sentido de pensamiento mágico. Los discursos del poder también se hicieron católicos, blandos, buenitos. A partir de ese momento de desesperación de 2001 hubo un giro católico, cuando éste era un país de vocación declaradamente laica. Surgen discursos blandos, donde ciertas verdades que hay que decir se enmascaran en una especie de retórica cínica.
-Su última novela está dividida en tres partes de la vida de Elena, la gran protagonista del relato: la edad de la comedia, el período gótico y barroco fúnebre. Estas tres partes, ¿tienen su correlato con el país?
-El correlato es inseparable, pero no fue deliberado. Conté caracterizaciones de género en una vida y esa vida coincide con el desastre de un país. Mi desafío interno era cómo contar la coyuntura. Esa crisis trastornó todo, incluso a los que aparentemente no los destrozó. Hubo pequeñas coyunturas desgraciadas. El destino de Elena es la programación de un desastre. No como destino prefigurado, sino la programación deliberada de una desgracia.
-En 1990, cuando su generación comenzó a publicar, parecían venir a empujar al grupo de escritores mayores que estaban impuestos. Hoy, escritores como usted, Daniel Guebel, Juan Forn, Rodrigo Fresán, Alan Pauls, entre otros, ocupan un sitio destacado. ¿Cómo ve el empuje de las nuevas generaciones?
-No pienso en términos de "estar impuesta". Siento que mi voz narrativa está en construcción de manera permanente. No sé, sin embargo, cómo es la narrativa posterior. No puedo preverla. Pienso que siempre hay continuidades con la generación anterior.
-¿Siempre?
-Bueno, si tengo que hacer una distinción es que quizás seamos la última generación de lectores voraces y omnívoros. Lectores que no se quedaron leyendo el museo de la historia de la literatura argentina como sí ocurrió en otras generaciones o como se nota en el discurso público de una serie de escritores ya consagrados. No nos quedamos leyendo eternamente a Ezequiel Martínez Estrada y Roberto Arlt, y pivotando sobre nuestro propio eje. Teníamos una cabeza bastante global para la época, adelantadamente global. Pero también hay que pensar que la literatura siempre fue eso. Leer a Mandelstam es leer a Dante, leer a Brodsky es leer a Borges en Brodsky, así como leemos a Chesterton con las lecturas de Borges. Esa es una marca importante generacional, pero hay competencias que se van perdiendo en los lectores. La gente de veintipico de hoy, lectora, no lee poesía porque no puede organizar la sintaxis de una frase poética. Antes, leer era la forma más fácil y barata de ponerse en contacto con la imaginación de los otros. Ahora, la televisión comete su estrago cotidiano. Con esos registros, hay que ver dónde va la literatura al perderse ese mundo letrado que tuvo su apogeo en los 60.
-Hay un aviso inicial en El desperdicio. Allí, usted dice que quería trabajar sobre una comedia familiar, de la cual algunas pocas páginas se colaron en esta novela. Ese comentario, ¿es la señal de su próxima novela?
-Aunque estoy escribiendo una comedia familiar, no traté de que se entendiera ese comentario como una señal, pero nunca se sabe. Lo de ahora podría llamarlo "una comedia familiar en proyecto". Es que El desperdicio fue una novela muy pesimista. Su título original era Elegía , como forma poética de despedida, pero Philip Roth sacó un libro con ese título y tuve que cambiarlo. Después de una historia tan luctuosa me dieron ganas de escribir una comedia, de reírme, de aliviarme en el texto. En eso estoy.
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