
Elogio de la indecisión
Erasmo de Rotterdam fue el humanista por excelencia. Convencido de que la verdad nunca es absoluta, defendió su derecho a una sensata deserción, a la abstención inteligente, cuando a su alrededor se encendían las voces del fanatismo
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Llevó con más autoridad que nadie el cetro humanístico de Europa y fue el primero en mostrar la delicadeza, el pacifismo y la filosa ironía como armas para refutar, destruir y aventar al adversario en las ardientes y ardidas polémicas de esa época en que las dentelladas constituían el arma usada sin conmiseración por los beligerantes que en asuntos políticos, teológicos y filosóficos se batían con ferocidad de caribes. Carientismo es una figura retórica que disfraza la burla, disimula el veneno mortal con ingenio y humor:Erasmus Roterodamus fue el refinado maestro que lo usó con el arte y la ciencia que no compartió con nadie en ese siglo XVI de controversias encendidas en la pira de furiosas polémicas y encarnizados debates. Su primer paso fue poner el huevo de la Reforma y el segundo negarse a empollarlo, y cuando discute con el rugiente y encervezado Lutero (cuya traducción de la Biblia en lengua alemana había aprobado), le dice: "No discuto contigo, te digo. Escucha y cállate".
Todos están obligados a definirse en el campo político, todos se hallan constreñidos a ubicarse en el plano teológico, todos deben declarar a qué bando pertenecen; y ante esas intimaciones, que son a un tiempo una urgente y urente intimidación, se pican las crestas y se tiran los trastos a las cabezas sin reparar en las consecuencias.Este DesiderioErasmo se dice, en el más convencido de los monólogos, que, conminado a elegir, elige no elegir, y luego que se desencadene el infierno.Es lo cierto que nadie es de su tiempo si habla el sobrehumano lenguaje de la neutralidad, el sentido expectante y la verdad, pero él lo fue del suyo a pesar de las diatribas, a pesar de los acosos, a pesar del compromiso moral y a pesar de todos los pesares. En tanto un fanático luterano arroja su haz de paja a la hoguera de las disensiones y un incondicional del papado su hacho de leña a la fogata en la que crepitan oposiciones y antagonismos, el imbele e imparcial urdidor de Elogio de la locura se precave de los riesgos a que lleva la militancia resguardándose tras el parapeto de la acogedora imparcialidad.
Pues bien sabe Erasmo que la torre de marfil, denostada por los alistados bajo tales y cuales banderas (todas desteñidas a su juicio) no es el refugio del egoísta o del pusilánime o el asubiadero del cobarde que se recluye en ella para saborear a solas, empantuflado y al calor del brasero, el jerez con bizcochos, sino la atalaya desde donde se ven mejor los problemas del mundo, el mirador desde el cual se divisan con restallante claridad las cuestiones que tienen divididos a los petrificados por una idea, separados a los momificados por una doctrina, exigiendo obediencia de cadáver a sus propias convicciones.Su contemporáneo y compañero de remo en las galeras del escepticismo, Montaigne, también habría de instalarse en la maternal torre de la expectación y el desapasionamiento y nadie como estos dos iniciados de la sabia indecisión la ocuparon con tan atinado y juicioso criterio. El creador de los Ensayos dirá en uno de los pasajes más iluminadores de su actitud y certidumbre: "Creo que todos tienen razón, aunque prediquen opiniones contrarias, cada cual cuando le toca el turno de exponerlas".
Las estrellas son neutrales y contemplan sin pronunciarse el caos del mundo y la confusión de los desatinos humanos. Erasmo de Rotterdam no fue astrónomo ni se ocupó del misterio cosmográfico sino teólogo, político, filólogo, omniscio erudito y en suma, el humanista por excelencia, pero en ese punto de la titilante estrellería tomó para sí la actitud inalterable del sistema estelar. ¡Cómo no habría de reparar el sagacísimo Erasmo en que existen miles y miles de leyes para hacer cumplir nada más que apenas Diez Mandamientos y cómo no habría de sublevarse e indignarse ante tan tremenda, escandalosa desproporción! Pues entonces cómo no reconocer cuán injusta y equivocada es la opinión de los militantes, activistas, participantes y demás dogmáticos impulsores del politicismo que lo acusaban -y hay aún quienes con el pensamiento a dieta siguen llevándolo al banquillo para juzgarlo- de pusilánime, cobarde y confortable habitante de la torre de marfil.
A muchos de esa época tenebrosa los depositaron en el féretro después de acabárseles la candela en la horca, en la hoguera incineradora, en el garrote vil o bajo el mazazo. Por su inequívoca forma llamaban en la España Inquisitorial "ene de palo" a la horca. El imbele Erasmo, que no murió ajusticiado sino en la tibia cama rodeado de amados discípulos mientras musitaba un tierno liebe God , prefiere a la ene de Nulli concedo : un No murmurado con voz muy baja en nombre de un Sí muy alto, una negativa que le permitía esquivar toda concesión de creencias enardecidas, dogmas empecinados, supuestos artículos y presuntas verdades reveladas que conflagraban un campo ideológico de rabiosas controversias y furiosas beligerancias.
Así como había respirado con fruición el olor de las prensas de sus amadas imprentas, ahora con placentera serenidad doblaba la servilleta y desarrimaba la silla del banquete de la vida con la dichosa certidumbre de que con lucidez y sabiduría había rechazado siempre las cargas que dogmáticos y unilaterales intentaron echar sobre su buen juicio, prudencia y salvadora neutralidad. No hay para él en el terreno teológico, y tampoco en el filosófico, una verdad absoluta y valedera para todos los casos.La verdad es siempre, para su espíritu independiente y emancipado, ambigua y multicolora. Si así lo prefieren, que otros pongan la cabeza en el tajo del carnífice o en la soga del verdugo como mártires, que no son idealistas según lo creen sino tan insensatos como equivocados: él elige morir en el lecho invocando al Señor que lo ha protegido inspirándole la sensata deserción, que al fin no es tal sino una inteligente abstención. Acusado de indeciso, él juzga que acaso sólo en la indecisión es grata y atinada la vida del intelectual, que sólo en ella es acertada la actitud del humanista.



