
En EE.UU. se desató el furor por los niños superdotados
Subieron las ventas de cursos de idiomas para bebes y música para embarazadas
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NUEVA YORK.– En los primeros minutos de un dibujito animado reciente –“Jimmy Neutrón, niño maravilla”– Jimmy navega por el espacio en un cohete que diseñó él mismo, rumbo a un satélite de telecomunicaciones que armó con la tostadora de la cocina.
Por la reacción que provocó en esta ciudad la nota publicada esta semana en The New York Times sobre Alia Sabur, la chica genio del momento (que a los 13 años está a punto de terminar la universidad, además de ser una eximia concertista), está claro que hay varios padres que no lo descartan como algo tan improbable.
En las jugueterías especializadas, la recesión que afecta al país desapareció como por arte de magia. La música prenatal (Brahms para la panza de tres meses, un favorito) ayer se vendía como pan caliente; la serie de video “Baby Einstein”, con cursos de inglés, español, francés, hebreo, ruso y alemán para quienes todavía no dicen “mamá”, ya fue comprada por Disney. Y varios jardines de infantes exigen tests de coeficiente intelectual a los pequeños, cuyos padres haciendo fila para comprar juguetes pedagógicos se enorgullecían en comparar.
Sin embargo, si uno visita al señor y la señora Sabur en su pequeña casa en Stony Brook, en las afueras de Manhattan, le dirán con toda honestidad que la cosa no es tan fácil.
“La inteligencia de Alia la vemos como una bendición. Pero una bendición a medias”, asegura Mark Sabur, un ingeniero retirado que es el encargado de atender a los medios después del furor que causó la noticia de que su hija ya recibió ofertas para realizar un doctorado en Princeton o el MIT y tocar para la Sinfónica de Filadelfia.
“Cientos de padres me preguntaron cuál fue nuestra receta, y yo les respondí que no lo sabemos. Cuando mi mujer estaba embarazada, lo único que queríamos era tener un bebe sanito. Sólo le dimos para jugar los sonajeros y las cajitas de colores típicas, de todo el mundo, y a los ocho meses ya leía. Pero no somos ricos, y su educación nos cuesta unos cincuenta mil dólares al año, porque como es menor de 18 años no existen becas para que vaya a la universidad”, aclara con voz preocupada.
Alia está cursando sus últimas materias en la Universidad del Estado de Nueva York en Stony Brook, donde además da tutoriales en ciencias duras.
“Cometimos errores –reconoce Julie, la madre–, como dejarnos convencer por sus profesores de escuela de ponerla, a los siete años, en la clase de los de 14, que no tenían la madurez suficiente como para aceptar a alguien tan distinto en el aula, se ponían celosos con sus resultados y se burlaban de ella. Yo les recomendaría a los padres en situaciones similares que no se fijen sólo en lo que su hijo es capaz de hacer, sino en lo que los demás están dispuestos a aceptar.”
Los amigos extranjeros
En la universidad, Alia está feliz, aunque sus mejores amigos son, en general, extranjeros. “Son chicos más grandes, y pueden manejar mejor la situación”, agrega la señora Sabur, a quien evidentemente se le ponen los pelos de punta con las historias que se multiplican en EE.UU. de padres que quieren empujar a sus hijos a ser superdotados.
“Acelerar los ritmos de los chicos es un error. Nadie puede enseñar a los chicos antes de que ellos estén listos para aprender. Cómo sucede, es un misterio. Pero toda la locura alrededor de los niños genios suele estar más relacionada con el ego de los padres que con la vida de los hijos”, sentencia.
Justamente, hace un año saltó a la luz el caso de Justin Chapman, un niño genio de ocho años que se quiso suicidar. Su madre, Elizabeth, desde que su hijo cumplió dos años falsificaba sus espectaculares resultados. Su recuerdo llevó a muchos a preguntarse si Alia no sería otro caso de padres con ambición desmedida.
Claramente no lo es, sino simplemente una chica con una inteligencia de la que “no hay antecedentes en Estados Unidos para su edad”, como aclara su padre. “Esto es parte del problema. No tenemos casos en los que guiarnos, así que tratamos de escucharla mucho y ayudarla para que sea feliz, no genial.”
“Nunca traté de ser normal. Hay situaciones en las que sé que tengo que esforzarme un poquito más que otros, pero me gusta mi vida”, explica Alia, simpática y muy tímida, a LA NACION.
Las situaciones en las que se esfuerza claramente no son las académicas ni las musicales. “Todas las materias me gustan por igual. No hago demasiados deberes ni trabajo en la clase. Diría que la universidad me resulta estimulante, aunque no un gran desafío”, asegura con su voz bajita.
–Cuando leés historias de genios, como Einstein, ¿te sentís identificada?
–Nooo, eso sería demasiado presuntuoso de mi parte.
–¿Y tenés alguna persona que sea tu modelo, tu ejemplo a seguir?
–Mi profesor de música, Ricardo Morales, que es muy noble y bueno.
–¿Y los amigos?
–Tengo los de la facultad, con los que comparto unas cosas, y los de mi edad, con los que comparto otras, como la música de U2 y Morsheeba, que me encantan, o las fiestas.
–¿Y los varones no se intimidan sacando a bailar a alguien tan inteligente?
–Mmmm, por ahí algunos. Pero supongo que a otros les gustarán las que son más inteligentes. ¡Estoy segura de que el correcto no se va a sentir intimidado!
Alia, que estudió en Europa y América Central es una gran interesada por lo que “pasa en el mundo”. Puede debatir durante horas sobre el futuro del euro o la paz en Medio Oriente.
–¿De la economía argentina y sus problemas sabés algo?
–¡Ah no, eso es muy complicado! ¡Y todavía soy una niña!”, concluye muerta de risa.




