Hablemos en 100 años
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La Argentina tiene cosas incomprensibles. No somos especiales en eso. La Argentina es especial porque es nuestra patria. Eso es bueno. Esas raíces son buenas. Por eso es incomprensible este súbito alentar que los jóvenes emigren. ¿Adónde? A Italia, por ejemplo. O a España. Tomo esos países solo porque muchos argentinos descendemos de italianos y españoles.
Cierto, mi abuelo Torres encontró aquí la prosperidad, la paz y la libertad que su país le negaba, exactamente 100 años atrás. Lo mismo les pasa a los jóvenes que emigran. No lo hacen porque quieren, sino porque no les dejan otra salida. Pero digamos todo. Esa España a la que emigra hoy un joven argentino que no logra cumplir sus sueños aquí (como hizo mi abuelo hace un siglo) fue construida por los que se quedaron en España, no por los que se fueron. Lo mismo ocurre con Italia. Muchos pagaron caro el quedarse. Y, viceversa, los que se fueron sufrieron el durísimo castigo del destierro, que es casi incomprensible para el que no lo ha padecido.
En 1988 una amiga me invitó a ir a vivir a Estados Unidos, dando clases de gramática española en la Universidad de Berkeley. Le di muchas vueltas. Pero al final decidí que mi pasión no era dar clases de gramática, sino los diarios (los diarios de mi país), y decidí asimismo que quería quedarme y aportar algo, aunque fuera mínimo, por mejorar aquella Argentina que pronto se volvería hiperinflacionaria. Me dirán que cometí un error. Que estamos peor. Tal vez. Pero hablemos en 100 años.
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