
El 30 de noviembre de 2022, sin que nadie lo viera venir, OpenAI puso al alcance del público, sin cargo, la primera maquinaria creada por humanos que era capaz de hablar; y se quedó con todo
Hace hoy exactamente dos años, sin que nadie lo viera venir, nació ChatGPT. Parece más, ¿no? Exacto. Parece que la IA siempre hubiera estado entre nosotros. Pues bien, cuando dos años no parecen dos, sino diez o más, estamos frente a un cambio de era. O, al menos, ante una tecnología muy disruptiva. Personalmente, y aunque ya saben que he sido muy crítico con la apoteosis que los gurús de turno fabricaron en torno a ChatGPT, creo que la IA es el siguiente paso evolutivo en lo que, genéricamente, llamamos cómputo. Más allá de toda la pavada que más se visibiliza –porque es casi un fenómeno circense–, hay algo profundamente revolucionario en el que las máquinas sean capaces de aprender y mejorar de forma autárquica. Todavía no van a ser generalistas (aunque podrían simular una inteligencia generalista local, limitada) ni van a exhibir consciencia ni sus mentes sintéticas van a funcionar como las orgánicas. Pero es un error garrafal minimizar el impacto de la IA a causa de sus metidas de pata, sus alucinaciones y sobre todo porque se la usa para cosas para las que no fue diseñada. Haré una transcripción brutal. Minimizar el impacto de la IA equivale a escuchar un gramófono en 1887 y despreciarlo porque no suena como una orquesta real. Eso se llama miopía, y en tecnología se paga carísimo.

