
La cara escondida de los próceres
Anécdotas y testimonios muestran el costado humano de tres grandes personalidades
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¿Los próceres nacionales tenían, acaso, piel de bronce y huesos de mármol? ¿Era un torrente macizo de granito rojo, quizá, lo que por sus venas fluía? Y a sus miradas, ¿cuál de los demás granitos las habrá endurecido tanto: el gris, el marrón, el negro?
Si esas estatuas, que son nuestra infancia, fueron de carne, de tiempo y de sueños, ¿por qué no mirarlas con los mismos ojos humanos que una vez tuvieron? Cerremos, pues, los resecos manuales y veamos, ¡por una vez!, bajo el severo y hermético molde de nuestra historia.
¿Y por qué no comenzar con un fragmento de la cálida correspondencia publicada en "Mariquita Sánchez, vida política y sentimental", por María Saénz Quesada? ¿El remitente? Dejemos, por ahora, una pista: Montevideo, fines de 1845.
"Nos hicimos amigos, tanto que una mañana, solos, sentados en un sofá, hablando (...), me sorprendí víctima triste de una erección, tan porfiada que estaba a punto de interrumpirla y, no obstante sus 60 años, violarla. Felizmente entró alguien y me salvó de tamaño atentado."
¿Importa tanto quién entraba como que la carta fue escrita por Domingo F. Sarmiento y enviada a Juan M. Gutiérrez, que cortejaba -son rumores de la época- a la todavía sugestiva Mariquita?
Es cierto. Sarmiento lo detallaba todo. Y no sólo en sus cartas. La meticulosidad sarmientina sobresalía, incluso, hasta en la lista de gastos que debió rendirle al gobierno chileno, en 1847, cuando fue destinado a Europa para que se empapara de los novedosos sistemas educativos.
En su libro "Viajes", el propio Sarmiento reproduce los saldos de aquel cautivante informe. Abril, Venecia: almuerzo, 2,65 paulos gramos; tabaco y cigarros, 1,12; góndola a dos remos, 2,33; ¡orgía!, 5,50. Y al mes siguiente, insistente, desde Verona: changador, 1,60; una lámina de San Marcos, 2; ¡gran orgía!, 21.
¿Qué diferencia había, además de los 16 paulos gramos, entre la gran orgía y la simple y modesta francachela? No hay testimonios precisos, más allá de nuestra imaginación fecunda. Ni tampoco explicaciones sobre tamaño gesto de honestidad.
El gran sanjuanino
Leopoldo Lugones señalaba la excelencia sin par de Sarmiento al referirse a "aquel homérida, educado como los antiguos en el destierro, por largos viajes y largas penas".
En "Recuerdos de provincia", el "alumno modelo" se sincera una vez más: "No he sido un santo, ni he aspirado jamás a un dictado tan difícil de merecer".
Sus travesuras nos remontan a San Juan. En 1816, tras la apertura de una escuela de enseñanza elemental, pasó, a los cinco años, a confundirse "en la masa de cuatrocientos niños de todas edades y condiciones". Allí permaneció nueve años, "sin haber faltado un solo día bajo pretexto ninguno".
Sí, era el mejor alumno. "Pero la plana -admite Sarmiento- era abominablemente mala, tenía notas de policía, había llegado tarde, me escabullía sin licencia, y otras diabluras con que me desquitaba el aburrimiento".
De todos modos, cuando Bernardino Rivadavia pidió a cada provincia seis jóvenes talentosos a fin de que fueran educados por cuenta de la Nación, el nombre de Sarmiento encabezaba la lista. La noticia, fausta para sus padres decentes pero pobres, despertó la codicia de los más ricos. "Echóse a la suerte la elección, y como la fortuna no era el patrimonio de mi familia, no me tocó ser uno de los seis agraciados. Mi madre lloraba en silencio, mi padre tenía la cabeza sepultada entre sus manos", evoca Sarmiento.
El gran sanjuanino tuvo que continuar su formación fuera del ámbito escolar, guiado por gente instruida, como los curas Oro y Albarracín. Mas sólo cursó los nueve años elementales y lamentó siempre la injusticia de no haber podido estudiar en aquella institución, inaugurada en 1772 como Real Colegio de San Carlos, que luego de diversos nombres fue bautizado Colegio Nacional de Buenos Aires.
Su actual rector, Horacio Sanguinetti, comenta a LA NACION que allí se educaron, salvo Sarmiento (por el sorteo fraudulento) y San Martín (que estudió en España) casi todos los próceres de la Independencia, figuras sobresalientes de la generación que dictó la Constitución Nacional, los organizadores del 80 y muchedumbre de sabios, artistas, profesores, magistrados y hombres útiles de la República.
Disciplina rigurosa
Nunca fue fácil ingresar en aquella casa. En sus comienzos, además de saber leer y escribir, contar con la autorización del virrey y ser mayor de diez años, era preciso ser hijo legítimo y "cristiano viejo y limpio de toda mácula de raza de moros y judíos".
Tremendas cláusulas armonizaban el rigor de la disciplina: salidas y visitas muy reducidas, prohibición de comer en los cuartos y de leer libros contrarios a la religión, el Estado y las buenas costumbres... Es más, el desorden llegó a ser reprimido "con el auxilio de la tropa".
Era común que los pupilos se escaparan de clase y de las ceremonias religiosas. "Pedro José de Agrelo, más tarde juez, congresista y ministro, se fugó cinco veces -reseña Sanguinetti-. Cepo, celda y grillos en los pies eran castigos habituales hasta 1806."
Ignacio Núñez, colaborador de Rivadavia, describe en su autobiografía la ferocidad de los castigos: azotes, bofetadas, humillaciones, disfraces de burro.
Manuel Moreno, al examinar la vida de su aplicado hermano Mariano, escribió que los alumnos eran "educados para frailes y clérigos y no para ciudadanos".
En fin, la educación fue para algunos una ayuda, un descubrimiento, un paso decisivo adelante; otros crecieron a pesar de ella. Y, no obstante la restringida lectura, muchos resultaron fervientes jacobinos: Moreno, Paso, Castelli, Monteagudo...
¿Cómo consiguieron esos jóvenes libros como el "Diccionario filosófico", de Voltaire, y "El contrato social", de Rousseau?
Las ideas de la Revolución Francesa emanaban de los anaqueles sigilosos del cura Juan Baltasar Maziel, regente de los reales estudios entre 1773 y 1787. Varios alumnos, corajudos, se aventuraron por esas páginas. Manuel Belgrano, entre ellos.
Más popular por blando que por duro, el creador de la Bandera llegó a expresarse con una rudeza que no condice con la mansedumbre que se le atribuye. El episodio del llamado Motín de las Trenzas lo verifica.
En 1810, al mando del cuerpo de Patricios, este "hombre de talento cultivado, de maneras refinadas y elegantes", como lo describió Mitre, ordenó fusilar a nueve soldados que se habían rehusado a cortarse la coleta que usaban "a la española".
Sobre la fortaleza moral de Belgrano, el general José María Paz expresa: "Fue siempre de los últimos que se retiró del campo de batalla, dando ejemplo y haciendo menos graves nuestras pérdidas".
Posiblemente nuestras pérdidas sean menos graves si nos animamos a ver, y a aceptar verdaderamente, a aquellos que tanto hicieron por nuestra Patria. Y al recordar sus virtudes y triunfos, pero sin olvidar sus flaquezas, fracasos y penas, acaso nos conectemos, con mayor entusiasmo, con ese espíritu heroico que todos llevamos adentro y no siempre dejamos que aflore.
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