
Un día, seguramente caluroso y posiblemente de 1965, un grupo de mis amigos del barrio y yo —recuerdo a Jorge el Conejo, Danilo el Gordo y a Felicio el Negro— nos atrevimos a realizar al fin una siempre planificada cacería de fantasmas y misterios: así, armados de palos y de piedras, como exigía la aventura, nos habíamos arriesgado a entrar en el lóbrego y en ese momento abandonado recinto donde, desde la segunda década del siglo XX, se levanta el llamado Castillo de Averhoff. Aquella intrépida incursión, que, para nuestra decepción, resultó infructuosa (al menos en su intención fantasmal), en cambio me reportó como ganancia una visión que resultaría premonitoria y que entonces no fui capaz de descifrar, porque no podía descifrarla y porque la premonición solo se cumpliría en un futuro que aún tardaría décadas en llegar.
