La palabra que vuelve del horror
VALER LA PENA Por Juan Gelman-(Seix Barral)-157 páginas-($ 12)
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La mística -que comulga con los ángeles- y las pesadillas de la historia -que trafican con los hombres- coinciden en que sus experiencias suelen ser inefables: las rodean aquello que no puede ser dicho, con su aura de mutismo. Sin embargo, los recursos expresivos de la poesía trabajan con esa imposibilidad. La grandeza de la obra de Juan Gelman es proporcional a su enorme desafío: explorar una lengua poética que se halle en el punto agónico de la palabra, el sitio donde lo humano debe nombrarse a la intemperie de lo no dicho, para volverse manifiesto -recuerdo, imprecación, conjuro, elegía. El poema quiere dar un significado a la experiencia, o buscar al menos su sentido cuando el verbo desfallece en el duelo. Así ocurre con la experiencia de la pena, la pena terrible que desatan los genocidios, los crímenes deesa historia que es, también, una historia personal e íntima. La poesía, declara Gelman, vale esa pena: alcanza su pleno valor ante ella cuando se vuelve su eco posible, su ética, para que al fin hable la pena y sea hablada por el mundo. Esa poesía explora sus propios límites cuando se torna una memoria del horror como presencia activa de la aflicción. Cuando se pregunta si "La palabra que vuelve del horror ¿lo nombra/ en el infierno de su inocencia".
Por su profundo vínculo con la poética de este libro, no deben omitirse las circunstancias históricas y vitales que rodearon su escritura, entre los años 1996 y 2000. Durante esos años, luego de una serie de denuncias públicas que sostuvo con ejemplar valor cívico, Gelman buscó y finalmente halló a su nieta, hija de Marcelo Gelman y de Claudia García Iruretagoyena, detenidos-desaparecidos durante la dictadura argentina de 1976. Claudia estuvo en el centro clandestino de detención "Automotores Orletti" y fue llevada a Montevideo, donde dio a luz, y continúa desaparecida. Los restos del hijo de Gelman, Marcelo, asesinado por la dictadura, fueron hallados en 1989. Varios poemas de Valer la pena , aluden explícitamente a estos hechos, pero no de un modo documental o sentimental. Interrogan la capacidad del poema para comunicar el vaciamiento de sentido que produce el horror y, asimismo, su potencia para recomenzar la palabra silenciada en la atroz melancolía. Por ejemplo, "CCD Automotores Orletti" dice: "¿Quién saca las manos de la noche/ con el vacío que no tienen? ¿Es/ posible dar vuelta la lengua, palpar/ su agujero de nuncas? ¿Verla/ como si antes no fue?/ ¿Y qué, y después de qué, y después cómo?/ ¿Y cuánta sangre eso?/ Agarrar todas las palabras, pisarlas/ y que salgan a otra luz, a otra boca./ Que vuelen en la desposesión./ Que empiecen otra vez". De este modo los poemas de Valer la pena se arraigan en un tiempo histórico particular que no aspira a la autonomía ideal o el inmarcesible paraíso: su ansia lúcida para ser una palabra sostenida en su tiempo proviene de haber frecuentado el infierno.
En este libro la lengua poética de Gelman no es sometida, como en otros anteriores, a las torsiones que llevaban la gramática hasta su incandescencia, ni se desdobla en fingidas traducciones o reescrituras, ni se abisma en la remota lengua del exilio. Preserva aún esa impronta de oralidad que tuvo desde sus inicios, pero recuerda además ciertos esquemas rítmicos anteriores y prefiere aquí lo conceptual y lo intimista, como si cada poema fuera el apunte de un diario personal. Ese ademán memorioso se une al centro vital que anima Valer la pena : la busca de los vestigios del pasado en el presente pasajero y culpable. La alusión a ese pasado que vuelve y a la vez se esteriliza, suele ser paradójica, nunca lineal, y produce versos como éstos: "la rueda del tiempo regresa/ sin volver". Porque, ¿cómo referir en el poema el trágico crimen del pasado que engendró, a la vez, un presente que no fue y un futuro muerto? ¿Y cómo referir, al mismo tiempo, este presente vivo que lo evoca y también lo confirma? El poema se escribe en esa paradoja temporal. Ese pasado sólo regresa en el poema, incesante y a la vez ausente, como regresa la total memoria del hijo: "Ya nunca cesarás de cesar./ Vuelves y vuelves/ y te tengo que explicar que estás muerto".
Hay en Valer la pena una imaginería de la pérdida, del despojo y de la negación: el "destiempo", el "deslugar", el que al escribir "se expulsa a sí mismo del sí mismo" y también todas sus representaciones materiales, como "el ángel que vuela/ hacia la suspensión de la infancia/ en el hueco de un canario dormido". Pero hay también, más recóndita, una imaginería de la persistencia y de lo afectivo, que sobre todo surge en los poemas dedicados a Mara -"Tu voz interrumpe el mundo y le da otra palabra"- o en aquellos donde aparecen los nombres de los poetas queridos. Esa oscilación entre la vasta pérdida y la cercana palabra íntima, reproduce el del poema mismo en el don de su pena: su obligación es referir con creces el desgraciado borramiento del mundo que produjo el crimen histórico, y su único horizonte de posibilidad es hacerlo con las palabras más entrañables, como un ejercicio amoroso.
En la poesía de Juan Gelman, no es el poema el que redime el pasado, porque jamás podrá hacerlo. Pero, en cambio, es el pasado trágico el que redime al poema, siempre que éste logre estar a la altura de la desgracia, siempre que la pena hable en él y retorne a la historia como palabra calcinada en el espanto. Un gigantesco acto de civilización, de identidad cultural y de interminable tristeza.
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