La realidad recortada
En estos artículos breves, que combinan información, opinión y crónica periodística, el autor de Miles de años traza el irónico perfil de figuras y temas de la cultura popular argentina
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Grasa
Por Juan José Becerra
Planeta
$35
Grasa se presenta desde la portada como una serie de "retratos de la vulgaridad argentina". Pero ese subtítulo ganchero tiene más que ver con el marketing que con el objeto de estudio de Juan José Becerra (Junín, 1965), autor de las novelas Santo (1994), Atlántida (2001) y Miles de años (2004) y del ensayo Vaca: un viaje a la pampa carnívora (2007). En los dieciséis artículos que integran el libro -algunos ya habían sido publicados en la revista Los Inrockuptibles - analiza, más que meras "grasadas", los discursos mediáticos que considera formadores del sentido común nacional.
Con un estilo coloquial que no pretende pasar por sociológico y una mirada irónica siempre al límite de la incorrección política, el crítico traza en cada capítulo el perfil ideológico de una figura de la cultura popular contemporánea: Marcelo Tinelli, Alan Faena, Baby Echecopar, Roberto Giordano, Jorge Bucay, Fernando Niembro, Mauricio Macri, realities como Gran Hermano y películas taquilleras como Papá se volvió loco y Patoruzito . Son ensayos breves, que combinan información, opinión y crónica periodística. En la elección de los temas y personajes se advierte el recorte de la realidad que le interesa al escritor: de la fauna política criolla solo aparecen Macri, Raúl Castells y la senadora del Partido Justicialista de Chubut, Silvia Giusti, quien se ganó un lugar en Grasa gracias a un proyecto de ley para incluir la bandera en las películas argentinas. "Por fin una mirada stalinista sobre el arte", escribe Becerra. Los violentos sucesos ocurridos en octubre de 2006 durante el traslado del cuerpo de Juan Domingo Perón a San Vicente le sirven de excusa para referirse al peronismo. "El último día peronista" es una muy buena crónica que describe a los hermanos Péculo, Hugo Moyano, el patotero "Madonna" Quiroz y el ex juez Daniel Llermanos.
"¿En qué idioma habla Mauricio Macri?", se pregunta en el comienzo del capítulo "El infraidioma del candidato". Allí asegura que "el discurso de Macri se abre a un vacío de sentido y a una ausencia de énfasis tan grandes que la lengua queda reducida a un repertorio de lugares comunes". Además de la forma en la que habla Macri ("¿La dicción de Mauricio es cultural o biológica?"), Becerra reflexiona sobre su línea de pensamiento y su tema recurrente: la inseguridad. En los apartados dedicados a Tinelli y Echecopar queda al descubierto la cosmovisión de esos personajes que llegan al público masivo a través de la televisión y la radio. El exabrupto de Tinelli el día en que escupió al cómico Larry De Clay, después de escuchar cargadas por una derrota de San Lorenzo, no fue un chiste de mal gusto: fue la demostración de lo que el conductor de Showmatch cree que puede hacer en su programa. Cuando Becerra elige esa escena como prueba de lo que denomina "El humor fascista de uno de nosotros", no pretende reflejar la vulgaridad de la acción sino su significado. Esa actitud, afirma, es sinónimo de la intolerancia tinelliana. En "Expedición a una mente pequeña", el artículo que cierra el libro, sostiene que las expresiones de Echecopar son "una combinación explosiva de los aforismos de José Narosky adaptados a las perversiones de Chucky, el muñeco maldito". Como ejemplo, Becerra cita categorías que le escuchó en su monólogo teatral: las mujeres se dividen en esposas, gatos y paraguayas, y los hombres son cornudos. El discurso discriminador de Echecopar es otro de los que nutren el inconsciente colectivo autóctono. Becerra también se tomó el trabajo de leer los libros de Bucay para escribir "Análisis de una obra". Allí recuerda el escándalo del plagio (del que el psicólogo argentino salió indemne, ya que tres años después sus títulos figuran entre los más vendidos) y una particularidad que lo caracteriza: el olvido voluntario de los orígenes de sus relatos. Después de contar cómo se convirtió en gurú de la autoayuda, y cómo se colocó en el lugar de la víctima cuando lo acusaron de copiar, en Shimriti , sesenta páginas de La sabiduría recobrada , de Mónica Cavallé, Becerra plantea que el de Bucay es un caso clínico.
Ese artículo y el de la entrevista inconclusa con Alan Faena son los más logrados: el autor hace unas descripciones deliciosas de sus blancos y expone las dudas que le generan. En el capítulo sobre el peluquero que patentó la inefable frase "No me peguen, soy Giordano", Becerra conjetura con humor sobre lo que pudo haberle pasado por la cabeza a Giordano cuando dio a conocer su identidad en busca de salvación. El remate es un largo párrafo con citas tomadas "al azar" de sus expresiones como conductor de los famosos desfiles del verano. "En honor a este formador de discurso" apunta desde la ya clásica "Moviendo las cabezas" hasta la optimista y reiterada "Qué noche, Roberto. Qué noche, Teté".




