
Razones de un oficio
Entre el ensayo divulgativo, la autobiografía intelectual y la historia de la teoría, el francés François Dubet reflexiona sobre preguntas clásicas de la sociología
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Como pocas disciplinas sociales, la sociología ha venido preguntándose por su razón de ser desde el mismo momento de su origen. En la segunda mitad del siglo XIX esa pregunta se dirigía "hacia afuera", para marcar límites y reclamar especificidades con respecto a la historia, la economía o la filosofía política; hoy ese cuestionamiento es, al contrario, "hacia adentro". La sociología del siglo XXI ha estallado en especializaciones y objetos de estudio, superpone sus fronteras con las de ciencias vecinas, vuelve a debatirse entre la distancia y el compromiso, y tiene la difícil tarea de reponer los lazos sociales en el centro de la escena del pensamiento, monopolizada por la retórica del cambio permanente.
En esa línea de cuestionamientos se inscribe ¿Para qué sirve realmente un sociólogo? -así, con énfasis, como para marcar diferencias con textos que antes han tenido el mismo objetivo-, que no busca hacer sistematizaciones ni aportes teóricos, sino que se mueve con comodidad entre la autobiografía intelectual, la historia de la teoría sociológica y el ensayo más cercano a la divulgación.
François Dubet, formado en la academia francesa de los años 60, testigo de primera mano de los debates que también durante los 70 vivieron las ciencias sociales -tironeadas entre la movilización política, la ingeniería social y la intervención sobre los actores-, discípulo de Alain Touraine, es conocido en la Argentina por sus influyentes trabajos de sociología de la educación, pero ha estudiado también el mundo del trabajo y las profesiones, los movimientos sociales, la desigualdad social, la vida de los jóvenes en barrios populares y, en general, como él lo escribe, "la injusticia social".
En las páginas del libro -de lectura sencilla, que alternan relatos de la trayectoria académica e intelectual del autor con reflexiones más teóricas-, aparecen temas clásicos de la reflexión sociológica: el compromiso político con los temas que se estudian, la investigación pura versus la aplicada, las formas de la escritura y su impacto sobre los resultados de una indagación, las metodologías, las intervenciones públicas en los medios, los modos institucionales de organización de la disciplina. Y, claro, los debates con los sociólogos de renombre o, en rigor, contra "los idólatras que hacen de los ?maestros' máquinas de guerra y que fundan su propio trabajo sobre argumentos de autoridad y juegos de citas inagotables".
Dubet toma partido en las discusiones que plantea -como en su preferencia por el compromiso reflexivo más que la "pose crítica", o su declaración de que no haber "hecho escuela", como otros sociólogos mediáticos, es tanto una elección como una debilidad de carácter-, que son además bien frecuentes en las ciencias sociales francesas. Dado el predicamento de esa sociología en el país, el lector argentino conocerá esos debates y a sus protagonistas, y, quizás, extrañe esa vitalidad en el campo sociológico local.
Algunos de los pasajes más logrados del libro están en las definiciones que el autor propone sobre qué hace exactamente la sociología contemporánea, que está llamada a "reflexionar sobre las condiciones para una reconstrucción de la vida social" y que "pone de relieve la distancia que media entre las representaciones y las realidades". Quizá la respuesta a la pregunta del título esté justamente en una de esas definiciones. Escribe Dubet: "La sociología rasga el decorado de la vida social". Eso es siempre útil.
<b> ¿Para qué sirve realmente un sociólogo? </b>




