
Sacra ciencia del color
EL PODER DE LOS COLORES Por Gabriela Siracusano-(Fondo de Cultura Económica)-363 páginas-($ 43)
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En una primera aproximación podría decirse que El poder de los colores intenta dilucidar los sentidos y funciones de las imágenes como recurso exitoso en la empresa catequizadora que se inició con la dominación española en América. Ahora bien, Gabriela Siracusano (doctora en Filosofía, investigadora del Conicet y presidente del Centro Argentino de Investigadores de Arte) aclara que el libro enfocará "el estudio del color y su dimensión material". A las pocas páginas, es evidente que esta afirmación propone un plan ambicioso y complejo, que incluye la reconstrucción de genealogías iconográficas, la indagación del hacer pictórico en Europa y en la América andina, la dilucidación del sentido de las "idolatrías" y el establecimiento de parentescos entre prácticas científicas y artísticas.
En la sección inicial, "La materia como documento", se explica qué es un análisis estratigráfico de telas y capas pictóricas y se caracteriza cada pigmento por su composición química. El verdigrís o cardenillo, por ejemplo, un verde intenso y traslúcido, usado por el pintor cuzqueño Juan Zapata Inga en el Tránsito de San Juan de Dios "para pintar las hojas de las flores esparcidas por los querubines", es "el producto de la combinación de sales de cobre con una resina vegetal". Esta "mirada del laboratorio" puesta en clave histórica será la condición de posibilidad para la "exhumación" de los sentidos implícitos en la materialidad de las imágenes, para rastrear rutas de abastecimiento de los pigmentos, resinas y aceites empleados en los talleres de la región andina y para evaluar la posibilidad de su manufactura local y los grados de tecnología adquiridos en la región. En este sentido, la trama de El poder de los colores tiene algo de actividad detectivesca.
Esta indagación del sustrato material de los pigmentos conduce a la mineralogía, la alquimia, la astrología, la magia, las prácticas de curar, la farmacopea. Así, los capítulos "Ciencia andina y colores" y "Curar y pintar en la América andina" se dedican a "la antigua y a veces olvidada tradición que vinculaba el mundo de la praxis de los pintores con el mundo de aquellos que manipulaban la materia en busca de un mayor conocimiento de sus cualidades y poderes". Por este camino, Siracusano llega a la historia natural de los siglos XVI al XVIII, empresa de conocimiento europea montada sobre la práctica de la descripción y del catálogo, sobre el intento de codificar la diversidad infinita del mundo en la palabra, que se remonta a Aristóteles o Plinio y llega hasta Agrícola o Della Porta.
Esta compleja trama de arte y ciencia, una vez comprendida en el caso europeo, debe ser investigada en los manuales de arte que circularon por Hispanoamérica, como los Diálogos de la Pintura (1633) de Vicente Carducho o el Museo Pictórico y Escala Optica (1715-1724) de Antonio Palomino de Castro y Velasco. La fuerte vinculación entre el arte de hacer colores y la experimentación petroquímica y metalúrgica de raíz hermética es analizada con detalle en El arte de los metales (1640) de Alvaro Alfonso Barba. También el vínculo entre los colores y la actividad de boticarios, cirujanos y barberos es estudiado primero en Europa y luego en Sudamérica.
La presencia del indígena en los talleres de Cuzco, Lima y Potosí dio matices propios a la dinámica de los gremios de artesanos y artistas. Por eso, la autora analiza el sentido del oficio del pintor y la relación entre colores, cuerpo y alma en las sacralidades andinas antes de la llegada de los españoles: los colores en relación con los "quipus" (instrumentos mnemotécnicos), el arco del cielo (arco iris) y la curación por colores. Esta herencia prehispánica, también regida por pautas político-religiosas, interactuó de manera compleja con la demanda de producción de imágenes por parte de la empresa catequizadora, que buscó despertar devoción y empatía emocional a partir de códigos europeos. El último capítulo, "De representaciones, colores y poderes de lo sagrado", termina de establecer el vínculo entre las bases materiales de los pigmentos y su significación simbólica en el doble proceso de evangelización y de "extirpación de las idolatrías". Siracusano demuestra que "más allá del pretendido carácter representativo de las imágenes devocionales, sus bases materiales [...] fueron entendidas como portadores de poder divino", tanto por las culturas receptoras de esta acción como por aquellos que las promovieron.
En última instancia, El poder de los colores trata de la colisión de dos cosmologías y de la metódica indagación de sus vestigios en las dos caras -la visible y la microscópica- de la zona de contacto que es el sustrato material de los colores presentes en el arte colonial. El arsenal conceptual es adecuado para la compleja empresa de analizar modos de percepción y representación, concepciones ontológicas, tradiciones de conocimiento y prácticas de poder. La originalidad del enfoque histórico-arqueológico-químico y la dimensión didáctica denuncian una epistemología implícita donde la argumentación racional complementa la riqueza de una narrativa interpretativa centrada en los matices. El resultado es un texto deslumbrante y transparente.



