
Ser patriota del universo
Alina Diaconú se refiere en esta entrevista a su nueva novela Una mujer secreta (Fundación Internacional Jorge Luis Borges). Del encuentro de una escritora, de una dama sanadora y de un joven surge un relato cosmopolita de amor y esoterismo
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Ella inventó muchas cosas. Entre otras, dos frases: "Mejor un Cinzano" y "Peñaflor, el sabor de Buenos Aires". Alina Diaconú, argentina por adopción y rumana de nacimiento, escritora por elección y redactora publicitaria por necesidad, tuvo que leer montañas de sondeos de mercado antes de contar con ejemplos como ésos bajo el brazo. "Perdí hace mucho la esperanza de ganarme el pan escribiendo ficción, de modo que he trabajado en muchas cosas", dice esta mujer de pelo encendido y ojos perfectamente claros, mientras mira por la ventana de su casa, un segundo piso desde el cual se ve el exacto topetazo de la avenida Caseros con el Parque Lezama. "Algunos me dicen que, vista desde acá, la ciudad parece Praga. Otros, que parece Madrid", comenta.
Alina Diaconú llegó a la Argentina desde Bucarest, Rumania, en 1959, cuando tenía 13 años. Es escritora, autora de las novelas La señora , Buenas noches, profesor , Cama de Angeles , Los ojos azules , El penúltimo viaje , Los devorados , Qué nos pasa Nicolás . Este año estrena dos cosas: una profesión nueva (se ha recibido de grafóloga) y una nueva novela, Una mujer secreta , que acaba de lanzar la Fundación Internacional Jorge Luis Borges, con prólogo de María Kodama.
"Cinco años me llevó escribirla -cuenta-, empecé con el Mundial de 1996. La novela transcurre en un 90 por ciento en bares y cafés. Yo soy mucho de ir al café, necesito mi silencio, mi soledad. Durante los campeonatos de fútbol es imposible entrar en un bar donde no haya una pantalla y eso lo vivo como una invasión. Buena parte de este libro lo escribí a mano, en bares." El Mundial de 1996 es la única pista cronológica de esta novela, cuya acción empieza en una confitería del barrio de Belgrano, donde una mujer -una escritora que no puede escribir- se cruza con una desconocida, una dama vestida de verde que despierta su curiosidad. El mozo del bar, la esposa de un embajador, una amiga aportarán ínfimos datos biográficos de la dama en cuestión, que la escritora transformará en protagonista de su nueva novela.
La mujer secreta es así la novela de cómo se arma una novela. Dos historias transcurren en paralelo y se entrecruzan a lo largo de doscientas cincuenta páginas: la de la escritora y la de la dama de verde, que lleva por nombre Lucila de Camoens, en clara alusión al poema "A Luis de Camoens", de Jorge Luis Borges. "Tenía ganas de meterme en las bambalinas de la creación literaria y se me había ocurrido también escribir sobre una relación amorosa entre una mujer madura y un muchacho -explica Diaconú-. Al mezclar esas dos ideas, el libro salió a dos voces. Todo se va uniendo, la ficción y la realidad, pero la realidad a su vez es una realidad inventada. Ni yo soy del todo la escritora ni la realidad de lo que ocurre con la dama de verde es una realidad objetiva. Lo curioso es que gran parte de la novela transcurre en Egipto, en la India, pero esas escenas las escribí cuando todavía no había viajado a ninguno de esos dos países. Cuando al fin los conocí, me di cuenta de que no tenía necesidad de tocar las escenas. Estaban casi perfectas."
Lucila de Camoens tiene un hijo llamado Octavio, arqueólogo y viajero. La dama, que va por el mundo con su bolso de mano como único equipaje, tiene un don particular: es sanadora, dotada para curar enfermedades y vislumbrar acontecimientos que el común de los mortales no sospecha. Con la sola ayuda de una serie de pañuelos de colores que terminan virando hacia el verde por el arte de la superposición, la dama aleja los males del cuerpo y previene los del alma. "Dicen que el verde es un color muy sanador. Yo había conocido a una rumana, Stella, que vivía en París, y a la que le gustaban sólo dos colores: el verde y el amarillo -recuerda Diaconú-. Murió a los 90 años. Odiaba el rojo. No tenía cosas coloradas. Había colores que le gustaban y algunos que le disgustaban con mucha vehemencia. Uno no suele hablar de los colores, pero ella hablaba de los colores como una cosa importantísima. Cuando empecé a pensar en el personaje de la dama de verde, Stella fue la primera visión que tuve."
Lucila, mujer extravagante, bondadosa pero no ingenua, recorre el mundo acudiendo al llamado de quienes solicitan sus servicios desde Grecia o París. La invitan con todos sus gastos pagos a cambio del aporte de sus dones. "Me importaba mucho que el personaje fuera bueno e inteligente. Siempre pensé que la bondad es mucho más redituable que la maldad, pero tiene mala imagen. Entre los intelectuales, sobre todo, la bondad tiene mala prensa."
Octavio, el hijo de Lucila, conoce en Túnez a Julián, un joven astrónomo, con quien comienza a planificar un viaje a la India. Mientras, en Buenos Aires, Lucila llama a su hijo y dice: "Nos encontramos el viernes en el Partenón, a las 10.30". La cita puede sonar delirante, pero es, asegura Diaconú, la forma en que quizás deberían funcionar las cosas:" Es una disponibilidad mental. Sentir que la tierra es la casa de uno. A mí la vida me demostró que es así. Me mudé de país, mi casa estaba en Rumania y ahora acá y finalmente todo es lo mismo". La cita de lujo se lleva a cabo y Lucila, de cincuenta, se reencuentra con su hijo y, de paso, conoce a Julián, veinte años menor que ella. "El tema del amor aparentemente desparejo me interesó. Cómo una pareja despareja puede tener una comunicación increíble."
La dama de verde va por el mundo entregada a un destino en el que cree a ciegas. Mektoub , la palabra que pronuncia cada vez que tiene que recordarle a su hijo cuáles son las leyes que rigen la vida, significa "que está escrito", fijo e inamovible. Diaconú diferencia sus propias ideas de las de su personaje: "Ella cree que todo está escrito, como si hubiera una conciencia cósmica que decide el camino de cada cual. Yo creo más bien en la causa y el efecto, en el karma ; uno es el resultado de acciones de posibles vidas pasadas. Las cosas no le pasan a uno porque sí, sino que hay cosas que se tienen que limpiar de vidas anteriores. Esa es la gran diferencia. Pero ella confía muchísimo en la providencia y va guiada por eso. Es una especie de río que la lleva y la trae".
Atraída y empujada por el destino hacia el joven Julián, Lucila protagoniza una larguísima escena erótica que transcurre entre sahumerios y gasas, claro, verdes. "Es un erotismo tántrico, que apunta a una relación sexual muy sagrada, de mucha comunicación espiritual -aclara Alina-. Trabajé muchísimo esa escena, porque el erotismo es difícil y porque quería transmitir ese tipo de erotismo que tiene que ver con el tantra, que considera que la energía sexual puede ser una vía para el despertar espiritual."
La escritora de la novela comparte ciertos rasgos con Diaconú, a tal punto que cita frases y anécdotas de amistades que A. D. tuvo en la vida real, como el filósofo rumano Cioran, a quien Alina conoció en momentos en que su propio escepticismo la acercaba a ese pensamiento desesperado y desesperante. "Su escepticismo me interesaba, aunque yo creo que Cioran en el fondo era como un espíritu religioso al revés. Una vez lo llamé por teléfono y me contó que lo habían invitado a Egipto, que era para él el país soñado. Le pregunté: "¿Cuándo se va?" Me respondió: "No, no voy a ir. Porque aunque vaya a Egipto, me voy a morir igual". Y no fue. Se perdió Egipto. A mí me gustaría ir cada año a un país distinto. Me voy a morir igual, pero no importa. Creo que eso que decía Borges de ser patriota del universo quizás sea nuestro destino. Sería un lindo destino."
La escritora -la real- tiene un interés particular por las filosofías orientales. Es meditadora desde hace diecisiete años y cree que lo paranormal puede ser normal, según la vara con que se mida. A los 13 años y medio abandonó Rumania de la mano de sus padres. Papá Diaconú era redactor en jefe de una revista con la que tuvo un conflicto ideológico y político; no quiso traicionar sus principios, armó las valijas y se mudó a la Argentina, donde ya vivía una hermana de su esposa.
"Tengo claro que todo lo pasado, pisado. Eso tiene mucho que ver con las filosofías orientales. Vivir el presente. El presente es lo único real. Todo lo demás son elucubraciones -afirma Diaconú-. A mí me obligaron un poco a vivir en el presente, porque si me quedaba pegada a la nostalgia, todavía seguiría escribiendo en rumano. Me gusta mucho la idea del desapego. Yo de algún modo creo que las cosas que me tocaron -dejar mi país natal, venir acá- me impulsaron a aprender eso. Me gustaría viajar con un bolsito de mano, nada más, como viaja Lucila. No necesitar demasiado de las cosas, de nada material. Cuando llegué a Buenos Aires, durante un año más o menos escribí en francés. Pero nunca dejé de escribir. Yo sabía que los idiomas podían cambiar, pero mi vocación no."
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