
Severi en la catedral de La Plata
La inspiración de sabor popular, en una obra de cuño expresionista, sorprende a quienes visitan la cripta del templo platense.
1 minuto de lectura'
EN el imponente marco de la cripta de la recientemente terminada catedral de La Plata expone un conjunto de obras de temática e inspiración religiosa el artista boquense, radicado en Quilmes, Aldo Severi. Muchos de los trabajos fueron realizados en el corazón místico de la Umbria, Assisi, indisolublemente ligado a la memoria de San Francisco. En su gira triunfal por Italia, a comienzos de los 90, Severi fue aclamado por el público y la crítica.
La fuerte inspiración de sabor popular está acompañada por un estilo de expresionismo figurativo, que impacta a los miles de visitantes que acuden al templo. El impresionante templo desafía cualquier descripción y obliga a quien desee experimentar la gran emoción espacial que brinda la arquitectura gótica a hacer la peregrinación a La Plata.
Es muy común que cuando un artista encuentra este grado de comunión directa con el público se produzca un cierto dejo de desconfianza respecto de su excelencia. Ello es así porque una crítica intelectualista desconfía de todo aquello que obtenga vasta repercusión popular.
No debemos olvidar lo ocurrido con nuestro Martín Fierro, que debió padecer la confusión de quienes consideraban lo folklórico categoría menor hasta que, más de 30 años después de su aparición, encontró su justa ubicación de épica clásica por autonomasia sólo cuando Leopoldo Lugones pronunció sus célebres conferencias del teatro Odeón, en 1913, reunidas en forma de libro en El Payador , en 1916. Parecida suerte corrieron Molina Campos, al que rescaté de su condición de pintor de láminas de almanaque, ni fue menos encarnizada la lucha para establecer la reputación de Quinquela Martín. Hoy, hasta los más clásicos de ayer tienen que revalidar sus títulos, como es el caso de nuestro Cesáreo Bernaldo de Quirós.
Son quienes subestiman al público los que sustentan la falsa teoría de que para acercarse a lo popular hay que apelar a lo de menor calidad. El que Shakespeare fuese aplaudido no sólo por la platea sino también por el gallinero condujo a la demora centenaria de su cabal comprensión. Basta recorrer las páginas de opiniones inscriptas en el cuaderno de Severi por los miles de visitantes para darse una idea de la tremenda aceptación que obtiene por parte del público masivo.
Y aquí se impone una reflexión sobre el gusto y sobre la verdad en su acepción más profunda. Muchos se quejan de que los grandes clásicos a menudo repiten verdades de Perogrullo, sin reparar en que las grandes verdades son a menudo perogrulladas. La regla suele ser que aquello que nadie entiende, es porque no hay nada que entender.
La claridad ha sido desde siempre una de las condiciones primordiales de todo clasicismo y es por esa doble condición de claro y de emotivo al mismo tiempo que otorgo a Severi la jerarquía de clásico. Colores francos y restallantes, un dibujo que no conoce titubeos, un dramatismo que a todos nos conmueve, Severi no teme incorporar la iconografía popular a sus impecables composiciones. Aquí un fuelle, más allá Carlitos Gardel, todos participan del gran drama de la pasión cristiana que Severi hace culminar en una imponente Crucifixión, testimonio de nuestra época de aquella tradición que pasó por El Greco y Velázquez, bien que Severi está más cerca del primero.
Me tocó una calurosa mañana de verano para hacer esta peregrinación. "Bien lo vale", le dije a Severi, envueltos ya por una suerte de brisa que parecía recorrer la cripta con la tumba de Dardo Rocha y su mujer; ni pude olvidar que mi abuelo también había participado de la aventura de levantar esa capital en medio de nuestra pampa, una ciudad que bautizó José Hernández.
Así como hay una Misa Criolla, se me antoja que las versiones de Cristo de Severi son esencialmente criollas, bien que entroncadas con nuestro gran pasado humanista itálico. Celebramos el segundo milenio de la venida de Cristo a la tierra. Muchos dramas ha conocido la humanidad, pero la esperanza de que el ser humano puede mejorar está latente en las imágenes del Redentor.
Debo felicitar a las autoridades de la diplomacia italiana que han auspiciado esta muestra y a las autoridades de la catedral que la han llevado a cabo, con la pericia de jóvenes arquitectos responsables de la instalación. Si el nuevo milenio tiene un sentido trascendente, bien podremos encontrarlo en los cientos de años en que la imaginería de esta religión cristiana ha sido capaz de renovar su mensaje, cada vez con más claridad y con mayor fervor. Le quedo agradecido a Aldo Severi por compartir con nosotros su mensaje de fe y de talento.



