
Una autobiografía revela facetas inquietantes de la artista japonesa, internada en un psiquiátrico, que produce obras millonarias y es celebrada con muestras en todo el mundo
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Las violetas comenzaron a hablarle aquel día de 1941, mientras ella dibujaba en los terrenos donde su familia recolectaba semillas para los invernaderos. Yayoi Kusama alzó la vista de su cuaderno y vio que las flores tenían expresiones faciales parecidas a las de los humanos. Las voces crecieron en número y en volumen, hasta que la aturdieron.
Por Celina Chatruc

