
"Tengo una idea cada dos años"
La controvertida artista plástica francesa visitó Buenos Aires para asistir al estreno de Dolor exquisito, una pieza dramática, basada en su obra que, a su vez, se inspiró en una experiencia personal: la ruptura de una relación amorosa
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La encuentro mientras desayuna sola en un coqueto hotel de Palermo Soho. Sophie Calle parece salida de una escena de los años 70: grandes anteojos negros, vestido corto de estampado pop, cabello carré, respuestas ambiguas y provocadoras, aire despreocupado. La mujer pequeña y sonriente que sigue desayunando durante la entrevista filmó los siete últimos minutos de agonía de su madre y los mostró en la Bienal de Venecia; contrató un detective privado para que la siguiera y expuso esas fotografías; siguió y fotografió a un desconocido en Venecia, y consiguió un puesto de mucama en un hotel para tomar imágenes de las habitaciones cuando sus huéspedes no estaban. Son "historias banales" -me dirá dentro de un momento, encogiéndose de hombros, como quien responde lo evidente- que disparan obras de arte tan celebradas (lo que reconoce) como criticadas (de lo que se niega a hablar).
Considerada la más célebre artista conceptual francesa, de 54 años, vino a Buenos Aires -"sí, la ciudad es linda", dice-por primera vez para asistir al estreno de la obra teatral Dolor exquisito , montada sobre la base de una obra plástica y textual suya, de 2004, que relata su experiencia de una ruptura sentimental. Sophie Calle dice que tiene una generosa hora de tiempo, habla en español, ofrece café y se presta a las fotos, pero el resto no lo hace fácil. Repite "sí", "no", "nada" y "de eso no quiero hablar", niega algo para afirmarlo enseguida, dice que no usa su vida como tema. Me corrige: usa el arte para tomar distancia de las situaciones que se le vuelven insoportables.
Con dirección de Emilio García Webhi y actuación de Maricel Álvarez, Dolor exquisito se presenta todos los sábados, a las 21, en la Sala Beckett. Calle, que se resistió a saber algo de la obra o a asistir a los ensayos -"Si es buena, muy bien, y si es mala, no es mi culpa", justifica-, sí estuvo en el estreno, y se la vio satisfecha. Pero es difícil saber qué habrá pensado. "Esta obra ya la hizo un grupo de teatro inglés, un grupo absolutamente loco pero que con este texto hizo una lectura muy sencilla: dos personas sobre la escena. Me sorprendí porque pensaba que iban a cambiarlo. De alguna manera esperaba que lo cambiaran más, que lo trataran mal, que lo desarmaran, y no que lo leyeran. Me gustó mucho, pero era demasiado respetuoso", dice.
Dolor exquisito parte, como suele hacer Calle, de una experiencia personal: fue abandonada por un hombre mediante un llamado telefónico que recibió mientras estaba de viaje en Japón, en 1985. De regreso en París, Calle decidió exorcizar "el día más infeliz de toda mi vida" contando la historia incansablemente y pidiendo a sus amigos que le relataran sus más dolorosas experiencias. Todo eso mostró en fotos y textos.
-¿Cómo es verse a una misma en una escena? Hay un personaje que es usted.
-No, ya no. Es una obra. El texto que escribí es una ficción, no soy yo. Sí es algo que ha pasado, no es falso, pero cuando hice Dolor exquisito no se trataba para mí de decir la verdad sino de hacer una obra. Aunque haya pasado así y no de otra manera, no es la realidad. Hay una distancia siempre. Yo nunca tengo la sensación de mostrarme en mi intimidad.
-Pero siempre se usa a sí misma en sus obras.
-Sí, pero escribo algo, doy un paso al costado, miro la situación, la describo. No estoy llorando en los brazos de una amiga, estoy haciendo algo que puede servir.
-El arte fue catártico o terapéutico en esta obra.
-Sí, pero como motor, al principio.
-Se ha dicho que los motores principales de su obra son el dolor o la pérdida. ¿Usted lo vive así?
-En la mitad de mi trabajo, sí, pero no siempre. Cuando trabajé sobre los ciegos preguntándoles sobre la belleza, o a los guardianes de museos sobre los cuadros robados, no se trataba de mí. Cuando contraté a un detective para que me siguiera no venía de ningún dolor, cuando hice los hoteles no venía de ningún dolor. Se puede decir que el tema muchas veces es el dolor, pero no siempre es el mío.
-¿Y qué hay entonces en común en sus obras?
-La ausencia. La ausencia de alguien en la muerte, alguien que no puedo tocar, alguien que sigo sin conocer, de un cuadro robado.
-¿Qué aprendió del dolor a medida que sus allegados le contaban sus sufrimientos?
-Nada.
-¿La sorprendió algo?
-No. Es todo muy banal. Mi historia era muy banal.
-Entonces, ¿cuál fue el sentido de la obra?
-Mi intención fue hacer una obra de arte. ¿Es demasiado poco? Soy artista, mi intención es esa. No es una obra sociológica, no la hice como libro de autoayuda.
-Usted escribió que "el arte es el acto por el cual el artista se conoce a sí mismo". ¿Qué aprendió sobre usted a través del arte?
-He aprendido pero no sé de dónde. El arte, un hombre que te deja, tu madre que se muere... no puedo definir momentos que me enseñaron algo. Aprendí porque he cambiado, pero no sé de dónde viene lo que aprendí.
-Pensaba en esa intención de tomar las cosas que le pasan y transformarlas en obras de arte.
-Es utilizar mi vida cuando las cosas están en mi contra, para tomar control sobre ellas y superarlas. El arte sí me permitió hacer eso. Cuando me sucede algo que no soporto, mi manera es ver si puedo darlo vuelta, enfrentar la situación pero dando un paso al costado, para poner distancia entre la situación y yo.
-Muchos artistas usan la propia vida de alguna manera en sus obras...
[Interrumpe] -Marcel Proust, Victor Hugo...
-¿Usted la usa de manera distinta?
-No sé, no es mi trabajo hacer comparaciones, es el tuyo. Yo hago el trabajo, tú haces la crítica.
-¿Usted se convirtió en su propia obra?
-No, porque esto del Dolor exquisito me pasó hace veinte años, hice algo dieciséis años después. No vivo en los recuerdos de ese momento. Tengo una idea más o menos cada dos años. Algo me pasa, pero hay miles de horas en las que nada me está pasando. Pienso en la idea, pero luego es trabajar, ir a ver gente, fotografiar. No estoy llorando todo el tiempo. Estoy en la obra misma porque estoy contando un episodio que duró tres meses, pero después hubo dieciséis años.
-¿Por qué pasó todo ese tiempo?
-Porque al principio, el hecho de tomar distancia y la terapia eran parte de la idea, que era contar la historia a punto de aburrirme por repetición. Iba a hacer eso hasta ya no sufrir. La terapia era la regla del juego. Pero como funcionó, me dio miedo regresar, leer los textos, escribir, me sentía frágil todavía. Entonces dejé el proyecto, pensando que iba a ser por un año, luego hubo otras cosas y quedó allí. Y en un momento dado me gustó el hecho de dejarlo porque era como una protección contra el miedo de no tener más ideas. Era algo que me protegía, como un paracaídas. Hasta que se acercó el año 2000 y una superstición me hizo pensar que si no lo hacía ya, no lo iba a hacer nunca.
A Calle le gusta hablar de la obra que tiene en marcha. Dedica largos minutos a detallar "una idea abandonada que está apareciendo de nuevo y una idea que sigue". La primera, que empezó hace cuatro años, tiene que ver con "la gente que desaparece, que se va y no regresa". Con una amiga periodista, se dedicaron a entrevistar a familiares de unas 20 personas desaparecidas y, mientras no acertaban a dar coherencia a una idea, la propia vida se metió en la obra: la periodista, de cobertura en Irak, fue secuestrada durante cinco meses y Sophie Calle, en París, organizó un grupo para reclamar por su aparición. "Ella desapareció y yo me convertí en familiar. Finalmente regresó, pero todavía no lo hemos retomado", dice.
La otra idea vuelve a sumar viajes y fotografías. Una vidente le tira las cartas -"no creo en el tarot y eso lo hace más interesante", dice- y le aconseja emprender un viaje a un lugar preciso. Ella lo hace y, permanentemente comunicadas, la clarividente va dirigiendo sus pasos a distancia, mientras la artista fotografía el tránsito azaroso. En París, me cuenta, mostrará en septiembre las fotos de sus dos primeros viajes.
-¿Por qué cree que sus obras son exitosas?
-Ese es el trabajo del crítico.
-¿Por qué algunas son polémicas y hay gente que las critica?
-No sé nada de eso [se ríe].
-¿Qué le pasa cuando escucha críticas?
-No me importa. Hace ocho días, por pura causalidad, alguien me dijo que había leído algo sobre mí en un blog . Entré allí y vi cosas horrorosas sobre mí, escritas por una artista que no tiene éxito, por cierto. No me importa, es una artista que tiene amargura, ¿por qué voy a leer eso? Hay gente que me insulta pero también pasa lo contrario. Van, pagan la entrada, algo les interesa. Puedo imaginar por qué les gusta y por qué no.
-¿Por qué será?
-¿Por qué no les gusta?
-Sí.
-No quiero entrar en eso.
-¿Y por qué les gusta?
-Hay un público de arte que va a ver este tipo de obras. Pero cuento situaciones muy banales, que le han pasado a todo el mundo, y esto es un plus, una entrada más psicológica. Son situaciones comunes, de una banalidad absoluta. Por eso no tengo la impresión de que es mi vida; ella, ella, ella [señala a la camarera; a una pasajera que desayuna en la mesa de al lado y la mira, extrañada; me señala a mí] lo han vivido.
Su última ruptura amorosa fue, justamente el tema de la obra que llevó al pabellón francés de la 52° Bienal de Venecia: en Prenez soin de vous ("Cuídese"), 107 mujeres "reinterpretaron" un e-mail de despedida que Calle había recibido en su celular.
-¿Piensa en el espectador cuando hace una obra?
-Pienso cómo lo van a entender, en el estilo, en la lengua. La Bienal de Venecia es un caso particular porque es un público internacional y yo escribo en francés. El hecho de la comprensión entró en la obra, por eso hay tantas actrices, cantantes y bailarinas, porque necesitábamos interpretaciones que no se redujeran al texto. En este caso, el público ha cambiado la obra totalmente.
-La fotografía se destaca en su obra...
-Por primera vez ahora, pero no tanto. Es más bien la idea lo central, y el texto. Cuando la fotografía es parte de la acción, sí. Cuando yo seguía a la gente y la fotografiaba, era parte de la excitación, de estar cerca. Pero en otros trabajos, cuando es un objeto muerto que hay que fotografiar, no lo hago, porque no soy buena en eso.
-¿Cómo se da cuenta de que una obra está terminada?
-Muchas veces es evidente. En el caso de los ciegos, uno de ellos me dijo: "Odio la belleza porque no la entiendo". Es difícil seguir después de eso. En el caso de los cuartos de hotel, me habían tomado por un mes. En el caso del hombre al que seguía en Venecia, cuando regresé a París. En la Bienal de Venecia, hay una fecha tope, hay que estar listo. En el caso de Dolor exquisito el final estaba anunciado al principio: el día que me desperté de buen humor, ese día paré. A veces se siente el final, y a veces es la vida la que lo impone.
-La describen como una artista conceptual. ¿A usted eso le dice algo?
-No. También me llaman artista narrativa. Creo que el arte conceptual es un poco frío, lo que yo hago es más sentimental, más emocional.
Sophie Calle afirma que no usa su vida en su arte. Pero cuando la dejo terminando otro cappuccino , después de casi una hora de conversación, me pregunto si no acabo de ser parte de una de sus obras.




