
10'minutos de lectura
Helena tenía que hacer tiempo. Bebió de un trago lo que quedaba de su cappuccino y salió del Café Gucci sin destino. Al menos por tres horas mandaría el azar. En Florencia, después de todo, siempre se superponen los tiempos. La traza de la ciudad era la misma que hace quinientos años, pero la energía de las calles la hacía sentir siempre nueva. El tiempo libre hasta su sesión de fotos le permitiría dejar por un rato el ensimismamiento del que llega a una ciudad por trabajo y no puede disfrutarla. El glamour de la moda era apenas el destello de una maquinaria que lo demandaba todo para producir sus luces.

