
Un enigma perturbador
El próximo viernes la Biblioteca Argentina LA NACION ofrecerá a sus lectores la novela El evangelio según Van Hutten , de Abelardo Castillo
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Deliberadamente herética, El evangelio según Van Hutten es sin embargo una novela profundamente religiosa. Un filólogo uruguayo, Estanislao Van Hutten, eminencia internacional en la exégesis de los textos sagrados y, además, arqueólogo, descubrió en las excavaciones realizadas cerca del mar Muerto, hacia 1947, un evangelio escrito en arameo que podría sepultar para siempre la imagen de Cristo cultivada esmeradamente desde los orígenes de la Iglesa católica.
Para la historia oficial,Van Hutten murió en 1975, pero en realidad está vivo y desde 1976 vive oculto en La Cumbrecita. Hasta allí llegará, completamente ajeno a esas intrigas, el narrador de la novela, un oscuro profesor de historia que elige Córdoba como refugio después de un conflicto con su mujer. Cincuentón, ajedrecista amateur, culto y algo desencantado (cuando no cínico), este profesor, que ha llevado para distraerse un libro de historia de las religiones, despertará la sospechas del círculo más íntimo de Van Hutten, obsesionado por mantener el secreto sobre el polémico arqueólogo y siempre alerta ante posibles conspiraciones contra su vida. El narrador empezará a sentirse vigilado por los distintos personajes de ese círculo íntimo -algunos, verdaderas joyas literarias- con los que "casualmente" empieza a encontrarse más de la cuenta. Poco después, descubrirá por azar, en la biblioteca del hotel donde se aloja, un libro escrito por Van Hutten, sólo que se trata de un ejemplar autografiado y la fecha de edición es posterior a la muerte oficial del autor. Ese dato, más la sospecha confirmada de que está siendo vigilado, llevarán al narrador a encontrarse con el célebre arqueólogo y a descubrir, por su intermedio, uno de los hallazgos más revolucionarios de la historia contemporánea, misteriosamente silenciado.
Castillo procesa todos esos materiales y los enmarca en un relato de arquitectura policial en el que a la seducción del suspenso, amparado en las preguntas más inquietantes de la tradición judeocristiana, se suma el lenguaje deslumbrante de uno de los mejores escritores de nuestras letras. Sólo un gran trabajo estilístico podía permitirle al autor -en un libro cuyos temas pocas veces bajan de la historia de Dios, la metafísica, los rollos del mar Muerto y la belleza matemática del ajedrez- que las ideas no interfieran, que las conjeturas teóricas y las interpretaciones de los textos canónicos se vuelvan apasionantes en las discusiones desaforadas e interminables de los personajes. Sabiamente, Castillo intercala en el registro elevado y abstracto de estas disquisiciones -que constituyen, a la vez, una de las grandes riquezas del relato- eficaces expresiones rioplatenses que brillan como perlas en el contexto erudito en el que aparecen. En la elección de una estructura policial que le da abrigo a la complejidad de las ideas, El evangelio según Van Hutten rinde homenaje a Borges y a Bioy. También en la postulación de una historia apócrifa que, cruzada con hechos verídicos y opiniones sobre la obra del inexistente arqueólogo -atribuidas a reconocidos estudiosos como Mircea Eliade y Edmund Wilson- crean la ilusión de lo real. Pero El evangelio según Van Hutten también dialoga con la obra anterior de Castillo, en la que la preocupación religiosa estuvo presente desde el principio, específicamente en dos obras que el narrador de esta novela recuerda como si fueran parte de su trabajo de historiador: Sobre las piedras de Jericó y El otro Judas. Y dialoga también -o más exactamente, continúa- con la profesión de fe por una literatura comprometida con su tiempo, fiel a los principios que abrazó la generación del sesenta, de la que Castillo es uno de los representantes más lúcidos. Porque las disquisiciones eruditas y filosóficas, el exotismo de las excavaciones en el mar Muerto e incluso la historia de amor que apenas despunta entre el profesor de historia y la hija casi adolescente del arqueólogo, no logran apagar la perturbadora tesis de esta novela, empujada por el improbable Van Hutten: el hijo de Dios no llegó al mundo de los hombres como un bondadoso mensajero de paz, sino como un adalid de la justicia... a cualquier costo. El hijo de Dios, concluye el arqueólogo, venía a poner en marcha la revolución social. ¿Pero por qué, si Van Hutten lo había comprobado, prefirió callar? Porque una revelación semejante hubiera hecho estallar en mil pedazos el confortable mundo conocido.
Abelardo Castillo parece haber encontrado en esta novela la condensación de su mejor forma narrativa. Y aunque aquí esté lejos del tono confesional de sus novelas anteriores, El que tiene sed y Crónica de un iniciado , en algunos diálogos, en algunas observaciones agudas y maliciosas, radiantes de ironía, es posible adivinar el rastro de Esteban Espósito -confesado alter ego del escritor- y el de muchos otros personajes a través de los que Castillo logró filtrarse siempre en sus mundos de ficción.




