Un hábito que da risa, y algo más
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Si alguien me da una mano, podemos encontrarle un lindo nombre y todo. Estaba tentado de llamarlo Principio del Aire es Gratis (PAG), pero me pareció demasiado amplio en su alcance, y las siglas suenan mal. Otra opción es Regla del Inexperto Solícito y Atento; un poco hermética, pero te da unas siglas geniales: RISA. El enunciado de dicha regla sería el siguiente:
“No importa cuál sea tu trabajo, siempre va aparecer alguien que cree poder hacerlo mejor que vos”
En este momento estás asintiendo con la cabeza. Lo apuesto. Porque te habrá pasado un número de veces, y ese número es directamente proporcional a la cantidad de años que hace que ejercés tu oficio.
La ecuación completa es más compleja, aclaro, no sea cosa que alguien crea que esto es solo un impromptu trasnochado. Por ejemplo, la escala RISA es logarítmica; cuanto más complejo es tu trabajo, más frecuentemente te van a sugerir cómo deberías hacerlo. Por supuesto, definir o medir la complejidad de una tarea es asunto peliagudo. Estoy en eso, a no desesperar.
Esta regla, principio o como decidamos llamarlo conduce a otra ley universal. No hay trabajo fácil ni oficio libre de trucos. Nada es simple. A mí, que me encanta cocinar, me dejó boquiabierto el día que alguien que sabía mucho me enseñó que para hacer el proverbial y a todas luces sencillo huevo frito se lo debe poner en aceite frío. ¡Hasta cocinar un huevo frito tiene sus secretos! Ahora, y sin despreciar a los chef, por favor, que ni tengo la intención ni me asiste la sabiduría, imagínense aterrizar un avión con viento cruzado, llevar a buen término una cirugía cardiovascular o construir un rascacielos. En todo caso, recuerden, para un huevo frito, el aceite, frío.
El inexperto es solícito y atento, no tiene ganas de importunar ni mucho menos de hacer el ridículo. Le pone onda. Tal vez por eso no se le ocurre que si hace 40 y pico de años que estás haciendo eso de cierta manera, a lo mejor es por un buen motivo. No piensa en que esa impresión que lo asalta (superficial, desinformada y basada en la voluble intuición) de que podrías hacerlo de una forma más cómoda es errónea. Ni se le pasa por la cabeza que abandonaste a los 16 años esa práctica que está a punto de sugerirte, y que la abandonaste por consejo de un maestro viejo y sabio. No. El sujeto señala con el dedo (eso es casi una constante cosmológica) y emite su recomendación. Uno, así apostrofado, responde:
–Claro, pero si lo hacés de esa forma y se te zafa la cuchilla te sacás un dedo.
–Ah, claro –pronunciará entonces, con la entonación del que alcanza el satori, y rematará con un contemporizador:– Tenés razón.
Sí, claro que tenemos razón. No hace falta que nos lo digan. Pero esos son los casos más benignos. También está el que te discute. Son casi una plaga en las redes sociales, donde no podés hacer una demostración práctica y donde además cualquier intento de rebatir lo que “es obvio” (me causa pánico esa frase) es traducido en términos de una teoría conspirativa. En estos casos, mi mejor consejo se inspira en una frase que se le atribuye a Napoleón. “Nunca interrumpas a tu enemigo cuando está cometiendo un error”. O sea, no discutan con trolls, porque al final, se los firmo, van a quedar como unos chapuceros que no tienen idea de cómo hacer ese trabajo que vienen haciendo con éxito y buena fortuna desde siempre.
Me temo que los párrafos anteriores dejarán la sensación de que en estos días he debido tolerar a algún aconsejador serial. No, para nada. Pero sí estuve pensando mucho en un proverbio que dicen que es africano y que afirma: “Cuando una persona muere, se pierde una biblioteca”. Y eso me llevó a meditar sobre qué es la inteligencia, qué es ser un maestro en un oficio, qué hay nuestro –único, irrepetible y azaroso– en esa destreza. Puesto de otro modo: cuánto hay de humano en lo que sabemos hacer. ¿O es solo memoria y automatismo?
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