
Un héroe cruel
CORSARIOS DE LEVANTE Por Arturo Pérez-Reverte-(Alfaguara)-356 páginas-($ 39)
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Aunque el capitán Alatriste es hombre de una sola pieza, hay que advertirlo de entrada: su padre intelectual, Arturo Pérez-Reverte, suele dividir sus aventuras en dos. Algunas novelas describen las vicisitudes de un espadachín. Otras, en cambio, cuentan las oscuras peripecias de un soldado. Unas novelas son de capa y espada, conspirativas y misteriosas: Alatriste es un civil perdido en peligrosas callejuelas. Las otras son bélicas, de trinchera y arcabuz, crónicas de batallas ganadas y perdidas: Alatriste es un militar que lucha codo a codo con valientes impresentables.
Ambas versiones tratan, claro está, del culto del coraje y de las miserias del poder. Pero unas lo hacen desde la lucha mercenaria e individual y las otras, desde un cierto patriotismo resignado. Guerras personales y guerras colectivas. A veces Alatriste debe mucho a Dumas y otras veces, a Patrick O Brian. De este modo, la más importante novela de aventuras de la lengua castellana del siglo XX, que Pérez-Reverte se empeña en darnos poco a poco, en forma de serie, está conformada por dos vertientes. El espadachín se luce en El capitán Alatriste , Limpieza de sangre y El caballero del jubón amarillo . Y el soldado, en El sol de Breda , un poco en El oro del rey y sobre todo en esta última: Corsarios de Levante , sexta entrega que se publica en la Argentina justo en vísperas de que se estrene en los cines Alatriste , la película dirigida por Agustín Díaz Yañes y protagonizada por Viggo Mortensen.
Dicho sea de paso, Yañes fabrica allí una sombría superproducción que quita el aliento y que le hace justicia a la saga, pero elige al soldado y deja en segundos planos al espadachín. Es, por lo tanto, una película de guerra y no un gozoso film de aventuras. Tiene, para los fanáticos, algunas escenas que Pérez-Reverte jamás narró: cuando el padre de Iñigo Balboa agoniza y le pide a Alatriste que se encargue de su hijo; cuando el joven amigo del capitán da muerte a Gualterio Malatesta, el Moriarty de la serie, y cuando el héroe maldito muere en la batalla de Rocroi. Antes de perder ese combate final, Sebastián Copons -un personaje secundario entrañable que también se destaca en Corsarios de Levante , la novela- le dice a Balboa, que es el biógrafo de Alatriste y que sobrevivirá a la masacre: "Iñigo, cuenta lo que fuimos".
Pérez-Reverte, en cambio, dota siempre a Iñigo de una voz tierna y desencantada para contar lo que fueron aquellos soldados, pero le entrega a la vez otra voz apasionada y nerviosa para narrar los complots y la esgrima solitaria.
Vuelven esas voces en la última novela de Alatriste, que relata los sinsabores en las galeras de Nápoles. Iñigo es bien claro: "Nos limitábamos a hacer nuestro oficio sin entender de gobiernos, filosofías ni teologías. Pardiez. Eramos soldados". Hay en esta nueva novela algunos duelos improvisados y varias correrías de tierra firme, pero esencialmente se trata de eso, de duras batallas navales escritas con un realismo histórico escalofriante y en un lenguaje creativo que simula ser anacrónico, una verdadera proeza lingüística.
Casi todo ocurre a bordo de La Mulata, galera de 24 bancos, y a través del Mediterráneo, en el año 1627, cuando los españoles luchaban contra los turcos. El combate naval que cierra el libro, precisamente, recrea las sangrientas refriegas entre tres galeras cristianas y siete galeras turcas, frente al Cabo Negro de la costa egea de Anatolia. La descripción de esta batalla es tan sofisticada que mantiene al lector con los dientes apretados durante sesenta páginas inolvidables.
Pero antes de llegar a esos puertos, ocurre mucho. Esencialmente, ocurre una novela en la que se ponen en tensión las relaciones de padre e hijo. Alatriste es el padre sustituto de Balboa, que orilla ya los 17 años y que empieza a mostrar rebeldías y desacuerdos con su protector. Es que Iñigo ya es casi un veterano de los Tercios y como tal frecuenta los lupanares, las casas de juego y cierta pedantería violenta. Con esos rasgos tan humanos y creíbles, como políticamente incorrectos, Pérez-Reverte logra saltar los tópicos del género y darle carnadura real a su criatura.
Idéntico resultado obtiene con el capitán, que ya no sólo no aparece como un paladín de corazón puro, ahora se mueve claramente como un héroe cruel. Este heroísmo desalmado rompe con el arquetipo aventurero y provoca un sentimiento de perturbadoras ambigüedades. Alatriste no es Diego de La Vega ni D Artagnan. Es un matasiete capaz de matar por un morlaco, a quien sólo salva del infierno su propio código de honor. Ese código no tiene méritos, salvo por el hecho de que la política, el poder, la corrupción y la guerra están llenas de deshonores, bajezas y cobardías. El contraste beneficia así al asesino de turcos y conspiradores, lo eleva por encima de la moral media y su triste trasiego de mediocres mezquindades y mentiras.
Esa crueldad inconveniente, tan necesaria para la credibilidad de la novela, se comprueba en el tercer capítulo, "La cabalgada de Uad Berruch", donde se describe minuciosamente el asalto a un poblado. Alatriste y Balboa están allí, degollando y robando, y tomando esclavos como cualquiera, y no los salva siquiera el mérito de detener la violación de una mora. No hay distancias fundamentales entre los malos y los buenos, los une a ambos la ambición y el perro destino.
Veintiún años de guerras, como corresponsal de la televisión española, le enseñaron a Pérez-Reverte que muchas veces los idealistas son nefastos, que los héroes pueden cometer canalladas y que los malditos pueden hacer actos heroicos. Vio de cerca cómo es la verdadera condición humana, y cómo el hombre es un animal carroñero y feroz. Y esa visión imborrable impregna su novelística de un modo único.
Es precisamente esa mirada lúcida e impiadosa la que coloca los libros de Alatriste lejos, muy lejos del folletín adonde las vanguardias quieren confinarlo. Su épica sobrevivirá al mercado, al presente y a la miopía intelectual, y a pesar de todo será un clásico. Ya lo es.



