
¿Valor o temeridad?
Durante las guerras del siglo XIX abundaban los actos de arrojo que, a menudo, concluían trágicamente
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Miguel Martínez de Hoz confundía valor con temeridad. En tiempos en que la hombría se demostraba a puñaladas, tiros y cachetazos, un militar que no ostentara un buen número de heridas de arma blanca recibidas en combate cuerpo a cuerpo era una especie de novato a quien le faltaba recibir su "verdadero" bautismo de sangre. Esta singular concepción del heroísmo consideraba cobardía hasta el instintivo gesto de esquivar un ondulante tarro de metralla. Idea que llevó a una muerte absurda a muchos soldados de la independencia y de la contienda contra el Imperio del Brasil, además de aumentar innecesariamente el número de bajas en la guerra con el Paraguay.
Si Martínez de Hoz cayó gravemente herido en el pecho por secundar en Pehuajó la imprudencia del coronel Emilio Conesa de lanzarse con toda una división a perseguir a campo traviesa a los paraguayos, que una vez guarnecidos los barrieron a fusilazos, sus padecimientos no lo hicieron más prudente. Tanto que al volver al teatro de operaciones, justo para participar en la gran batalla de Tuyutí (24 de mayo de 1866), cuando el mayor Nicolás Levalle mató a un enemigo que estaba por ultimarlo, en vez de agradecerle, Martínez de Hoz le gritó colérico: "¡Le ruego que no me ande con lástima porque le voy a perder el cariño que le profeso!".
El 18 de julio de 1868, al amanecer, se reanudó el bombardeo de las baterías del Timbó. Miguel Gallegos, cirujano mayor del ejército y secretario privado del general Ignacio Rivas, contempló cómo Martínez de Hoz, después de afilar su espada de combate y cargar su revólver, saltó decidido sobre su doradillo, El Moro, para ponerse al frente de una guerrilla compuesta por cuarenta hombres escogidos. Su misión, en la que lo secundaba el batallón Rioja-Catamarca al mando de Gaspar Campos, era desalojar de un puente a los adversarios y aguardar al grueso de las tropas para completar el ataque.
El médico, amigo íntimo y conocedor del carácter del coronel, le pidió que se atuviera a cumplir con lo ordenado y esperase. Martínez de Hoz hizo caracolear su corcel y ordenó a los infantes que marcharan a paso de trote, con las bayonetas caladas. Circunstancia singular y seguramente mortificante para aquel jefe tan viril y bizarro, su voz era atiplada.
Al rato se oyeron violentos disparos, muchos más que los necesarios para desalojar una guardia. El jefe argentino se había lanzado contra los paraguayos en Acayuasá con el apoyo de Campos.
Dice Gallegos, en unos recuerdos que publicó en LANACION años después de la guerra, que Campos era arrogante y "creía que nadie le era superior", de modo que cuando Martínez de Hoz lo convidó al desigual combate, no se hizo rogar. En cambio, un coronel brasileño, famoso por su valor, desechó la oferta y, al ser tildado de cobarde por su enardecido camarada de armas, le ofreció probarle sus agallas en duelo, apenas volvieran al campamento.
Gallegos picó su caballo y se acercó al general Rivas para pedirle que fueran al lugar donde se oía el estruendo. Tenía la esperanza de frenar los ímpetus de su amigo. El veterano, que había ganado sus palmas en Curupaytí, replicó con parsimonia: "Aguardo unos lanuses". Se trataba de cigarros patrios, verdaderas tagarninas que todo el ejército consumía a destajo. Enseguida llegó el tabaco y se lanzaron al galope. Al aproximarse recibieron del coronel Fábregas el parte de la tragedia: Martínez de Hoz había caído, con la espada rota, luego de matar a varios enemigos, y Gaspar Campos, después de arrojar al río la bandera de su batallón, que logró arrancar de las crispadas manos del abanderado muerto, había sido tomado prisionero.
Cuando agonizaba la tarde en el campamento, se contaban varias bajas. Ninguna tan sentida como la de Martínez de Hoz, a la que se sumaba la ausencia de Campos. Aquél yacía en una improvisada sepultura y éste marchaba hacia un largo cautiverio. Luego de sufrir permanentes azotes y de padecer los efectos del cruel cepo uruguayana, murió de hambre y de sed.
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