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Luego de su retiro en 2019, Gonzalo Castaño se convirtió en referente del mosaiquismo y el pixelart
En su cuenta de Instagram, entre fotos vacacionales en la Plaza Mayor de Madrid, la Fontana di Trevi de Roma, el Puente de Brooklyn en Nueva York y el Magic Kingdom de Disney World, aún puede leerse el mensaje que cambió, sin saberlo, el rumbo de su vida: “Hasta acá llegué, no creo estar con ganas ni suficientemente fuerte de la cabeza para volver”. La publicación está fechada el 19 de abril de 2019 y lo muestra defendiendo los colores de Lanús, el club de sus amores, donde se formó como basquetbolista y al que había regresado a comienzos de ese año para pelear el objetivo del ascenso. Pocos días antes, en un triunfo sobre River por los cuartos de final del Torneo Federal, había sufrido la rotura de ligamentos cruzados y meniscos de la rodilla derecha. Fue el golpe que marcó el final de su etapa profesional y lo empujó a dejar todo y emprender un nuevo rumbo. “Ni siquiera me operé; soñaba con lograr un título en Lanús y verme fuera de la cancha fue profundamente frustrante. Esa misma semana tomé la decisión”, recuerda hoy, en charla con LA NACION. En aquel momento, no podía imaginar el vuelco que tomaría su futuro. Si bien llevaba tiempo dedicándose al diseño como pasatiempo, después de 16 años de carrera, Gonzalo Castaño se consagró como artista plástico. Creó un estilo propio, único, y hoy sus obras se exhiben en todo el mundo.