El Mundial de los buenos vecinos

Más allá de las eliminaciones y los arbitrajes, el acontecimiento de Corea y Japón fue un canto a la convivencia entre los hinchas, sin dramatismo ni violencia
Hugo Caligaris
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24 de junio de 2002  • 08:39

YOKOHAMA.– A veces se critica al fútbol con razón, y a veces se lo critica por deporte. Cuando obra como disparador de la violencia, son naturales los reparos. Pero cuando, como está ocurriendo en este Mundial, sólo sirve a la paz y a la buena convivencia, ¿por qué tardan tanto en llegar los elogios?

En el curso de este torneo hemos presenciado escenas que ojalá pudieran ofrecer otros mundos, como el de la política, la economía, la diplomacia y aun el de la así llamada cultura. Cerca del estadio de Shizuoka, poco después de la derrota británica, nos inquietó advertir que un robusto muchacho de cabeza rapada, con una bandera de Inglaterra atada al cuello como única camisa, se acercaba por detrás y corriendo a un grupo de jóvenes y chicas brasileñas que expresaban su alegría por el triunfo del modo que mejor conocen: bailando y cantando. Pero sólo quería abrazarse con ellos, uno por uno. Y así lo hizo, ante este atónito testigo.

Hubo alarma general antes del choque entre argentinos e ingleses. Sin embargo, los simpatizantes de los dos países vivieron la vigilia del partido, y su entierro, concentrados en el mismo parque, el Odori de la ciudad de Sapporo. No sólo cambiaron camisetas y se esmeraron en llevarse de recuerdo una foto junto a los adversarios sino que hasta jugaron un picado y brindaron con cerveza después, aunque en ese encuentro informal nuestros compatriotas ganaran por penales.

Lo mismo sucedió entre los argentinos y los nigerianos, y entre los mexicanos y los norteamericanos, y antes y después de todos los partidos que se jugaron. Los que llegaron desde los puntos más distantes del planeta cumplieron con el ideal de los buenos vecinos: intercambiaron amistad, costumbres y lenguas diversas. Los que perdieron, sufrieron sin odiar a los vencedores y sin culparlos, salvo deshonrosas excepciones. Los que ganaron, no abusaron de la mofa cruel a la hora de disfrutar de su victoria.

Al fin y al cabo, ésta fue una reunión planetaria, una reunión localizada de la aldea global. Se celebró en torno de una pelota. Menos contundente que una bomba nuclear, menos excluyente que una traba aduanera, menos dañina que una discusión acerca de las patentes que se deben pagar sobre productos para curar enfermos, menos ensimismada que una campaña en pos del Nobel de literatura. La pelota fue el símbolo de lo mejor que podría esperarle al mundo: todavía la Tierra podría ser un lugar apto para jugar más que para matarse, parecía querer decir durante sus imprevisibles evoluciones.

La guerra del fútbol se da en la cancha y, en las condiciones normales del presente torneo, dura nada más que noventa minutos. Aquí, no dejó heridos, y mucho menos, muertos. Las imágenes que llegaron de Rusia fueron la única nota desafinada, pero ¿podría deberse semejante explosión sólo al destino fallido de un tiro libre?

Competir es medirse. Por tanto, conocerse, y disfrutar con ello. Pese a lo dramáticas que suenan las palabras, las eliminaciones fueron virtuales, la muerte súbita encontró a todos vivitos, coleando y tan contentos, y el temor por los tiros desde el punto del penal sólo podrá haber dejado, en el peor de los casos, secuelas psicológicas que no alcanzarán para alterar definitivamente la compleja personalidad de los arqueros.

n Los lugares indicados. La versatilidad de los aficionados japoneses completó el símbolo: esa facilidad para entusiasmarse por una selección que no es la propia no parece normal, pero podría resultar bueno que lo fuera. Aun después de haber quedado Japón afuera, ya en los cuartos de final, se festejó por todas partes como propia la suerte de Corea, como para desmentir aquello de que, después de ganar, lo mejor que le puede pasar a uno es que el vecino pierda.

Corea y Japón, de relación históricamente sinuosa y todavía no del todo relajada, organizaron juntos el campeonato, tan prolijo en todos sus detalles que seguramente hará pensar a los dirigentes en las aplicaciones adicionales en que puede derivar una empresa como ésta. La idea de que la designación conjunta de dos sedes, por primera vez en los registros de la FIFA, significa algo más que un súbito ataque de originalidad, fue admitida en declaraciones formales por los representantes de las dos naciones asiáticas.

Seguramente, hay problemas que no se pueden resolver jugando. No pensamos que la deuda externa se pueda solucionar con un picado, que las desigualdades regionales se arreglarán en el período suplementario o que alcanzará con una tarjeta roja para detener a los desequilibrados de siempre. Ante males tan graves, el mensaje del fútbol puede resultar endeble. Pero nunca inexistente, ni hueco. Es un mensaje de igualdad, porque en la cancha los once presuntamente más débiles pueden sobreponerse a los once más fuertes. De fraternidad, porque quienes son ya figuras y quienes no lo son tanto se enorgullecen trocando remeras. Y de paz, un término al que ya nos habíamos acostumbrado a faltarle el respeto y que vale más que un arbitraje más atinado o menos atinado.

Para nosotros, ése será el saldo del Mundial, cuando haya terminado. Lo que recordaremos. Del revés deportivo y de las suspicacias de siempre nos repondremos pronto, porque, como suele decirse, el fútbol siempre da revancha. También es ésa una lección apta para todo terreno. Nunca se pierde indefinidamente: más nos vale que lo recordemos.

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