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Le dicen globalización. El Maracaná, escenario anoche del triunfo de Boca, albergó un mes atrás el duelo que Baltimore Ravens le ganó 34-31 a Dallas Cowboys en el último segundo, con un gol de campo de 56 yardas de Tyler Loop. Show del fútbol americano ante casi 73 mil personas. Entretiempo con Ricky Martin, cheerleaders, mascotas, popcorn, hot dogs y la pantalla gigante pidiendo “MAKE NOISE” (hagan ruido). El Maracaná es el templo del fútbol de Brasil, el país que este domingo celebrará balotaje entre el presidente Lula y el opositor Flavio Bolsonaro, hincha de un Vasco da Gama en crisis, estafado hace dos años por su inversor estadounidense 777 Partners, peleando por no irse al descenso en el Brasileirao y ahora eliminado de la Sudamericana por Boca, el equipo del que su hermano Eduardo, prófugo de la justicia, se burló días atrás con un chiste, diciendo que la Bombonera tenía “mal olor”.
Eso mismo fue, en otras palabras, lo que le dijeron al Vasco da Gama de 1923, campeón carioca con tres negros, un mulato y siete obreros blancos. Que el equipo olía mal y era iletrado. Eran años de un fútbol elitista, especialmente en la Río de Janeiro de la Belle Époque tropical, palacios finos, invitaciones en inglés a los partidos y vivas posteriores a los reyes de Inglaterra. Fundado en 1898 por la colonia de inmigrantes portugueses (otro motivo discriminatorio), a Vasco da Gama le prohibieron inscribir para el campeonato siguiente de 1924 a doce jugadores. No tenían empleo calificado y eran analfabetos (presunción de profesionalismo encubierto en tiempos de fútbol amateur). A los que tenían apellido difícil, el club les había simplificado la inscripción para que firmaran “Silva”, contó Mario Filho, periodista legendario en el fútbol de Brasil, tanto que el Maracaná lleva su nombre. Aquella prohibición fue un acto de puro racismo y clasismo. En un documento que Vasco llama orgulloso Respuesta Histórica, el entonces presidente del club, José Augusto Prestes, dijo que era “indigno” excluir a los jugadores que “cubrieron valientemente de gloria la bandera del club”. Vasco se negó a jugar. Fue readmitido al año siguiente.

Otros clubes, es cierto, se disputan la condición de pioneros. Ponte Preta, que en 1900, cinco años después de la abolición de la esclavitud en Brasil, alistó a Miguel Do Carmo, negro de quince años. Y Bangú, que en 1907 se retiró del campeonato carioca porque le prohibieron su equipo con jugadores negros. Carlos Alberto usaba polvo de arroz para blanquear su piel en el aristocrático Fluminense de 1914 y en 1919 el gran goleador Arthur Friedenreich se ponía brillantina y alisaba su cabello mota. El Vasco campeón de 1923 entró en la historia del fútbol de Brasil como símbolo de democracia racial. Vasco fue también el equipo de Barbosa, arquero maldito por el Maracanazo del Mundial de 1950, víctima también él de racismo tras la derrota inesperada ante Uruguay. En Vasco jugó más de cuatrocientos partidos y ganó quince títulos. Doce años con el club con el que sufrió once fracturas en las manos y se rompió tres costillas, masacrado por millones de brasileños, pero amado en el Cruzmaltino.
El ídolo máximo del club, Roberto Dinamite (617 goles en 1016 partidos), fallecido en 2023 por un cáncer, cumplió cinco mandatos seguidos como diputado estadual de Río en partidos de centroderecha. La lista de los “héroes” de Vasco incluye a Romario (lleva once años como senador, ahora bolsonarista). Y a Juninho Pernambucano, récord mundial con 77 goles de tiro libre (uno en semifinales ante River, conquista histórica de la Libertadores de 1998). Crítico duro de los Bolsonaro, Pernambucano, mito también del Olympique Lyon (siete títulos seguidos de Ligue 1, 100 goles en 344 partidos) y 40 partidos y 6 goles con la selección de Brasil, recordó años atrás el origen humilde de la mayoría de los jugadores de fútbol en su país. Y expresó: “Me pongo enfermo cuando ahora veo futbolistas apoyando al fascismo”.

La mayoría de los jugadores brasileños apoyaron antes a Jair Bolsonaro (el expresidente de origen militar condenado a veintisiete años de prisión por liderar un golpe de Estado y a quien su hijo Flavio aministiará si gana). Jair vistió casi ochenta camisetas de distintos clubes. Flavio, abogado y que viste más formal, le atribuyó una por sobre todas. En junio pasado, a horas del debut de Brasil en el Mundial, Flavio pidió apoyar a la selección. Y ponerse todos la camiseta verdeamarilla del pentacampeón. “La camiseta de Bolsonaro”, se la apropió.
La audaz jugada preelectoral de Lula, de prohibir las apuestas en el fútbol de Brasil, fue saludada fuera de los estadios (hay diez millones de adictos al juego, y apuestas masivas de adolescentes), pero no en el fútbol. Hinchas viralizaron sus insultos en las canchas. Y los clubes amenazaron huelga. Lula, cuyo amado Corinthians también corre riesgo de descenso, sí tiene apoyo masivo entre los artistas. Algunos cantan “Calice”, una canción mítica de Chico Buarque y Gilberto Gil de 1973. “Ver emerger o monstro da lagoa”, dice una estrofa. El monstruo que salía de la laguna era la dictadura que azotaba a Brasil (1964-85). Eran también los cuerpos de las víctimas de la represión que aparecían flotando en las aguas. Hoy se la cantan al clan Bolsonaro, que reivindica aquellos años del horror.



