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En la Bombonera lo había dicho todo, ya. Primero, desde la cancha misma, en su particular comunicación con la gente. Enseguida, parado frente al micrófono, dejando caer uno de esos discursos con los que se podria hacer un título de cada frase. Finalmente, en el vestuario, agradeciéndoles a los integrantes de la selección Argentina su humilde disposición para compartir con él ese momento tan esperado.
Seguramente por todo eso, Diego Armando Maradona no necesitó de más discursos anteanooche, cuando su día tuvo continuidad en la fiesta, ya sin necesidad de especificar si era un homenaje o una despedida.
Se trataba, en todo caso, de seguir compartiendo con su familia y con sus compañeros esa jornada que parecía no tener final, casi como una metáfora de su propia carrera.
Lo cierto es que, poco después de las nueve de la noche, se fueron juntando en uno de los salones reservados del quinto piso del Hotel Hilton, en Puerto Madero, los invitados especiales a la comida de festejo.
En el centro, la mesa reservada al propio Diego y sus familiares. Alrededor, distribuido en distintas mesas, en lo que podrían haber sido verdaderos foros de discusión sobre historia futbolera, el resto. Entre otros: los integrantes del seleccionado argentino, algunos de ellos acompañados por sus esposas; Pelé, Platini, Francescoli y Valdano; Cantoná, Stoitchkov y Suker; Ferrara y Careca; los uruguayos Recoba, Carini y Aguilera; Valderrama, Serna, Bermúdez y Córdoba; y así todos los que participaron del partido.
El único acto, al principio, fue la entrega de un regalo especial de Pelé a Maradona: un cinturón negro con un 10 brillante como hebilla. Después, sólo el murmullo suave y tranquilo de las conversaciones en cada mesa. Sólo sobre el final se sumaron algunos que no habían jugado, como Américo Gallego y su familia, mientras al lobby seguían arribando figuras, invitadas al tercer y último acto, la fiesta en el segundo subsuelo del hotel. Por allí se cruzaban Pumpido, Burruchaga y Bochini con el uruguayo De León, pero también los ex árbitros Lamolina y Olivetto en ecléctico diálago con Juanse, de Los Ratones Paranoicos, o los abogados Cúneo Libarona y Burlando, además de los representantes de futbolistas y cantantes, según el caso, Mascardi y Gozalo.
La clásica mezcla maradoniana que se hizo más evidente cuando, a partir de la una de la mañana, él se sumó al baile, se juntaron todos y se abrió por primera vez el telón. Entonces, desde el escenario sonaron sucesivamente el grupo Tambó Tambó, un cantante chileno que viajó exclusivamente para cantar un tema que Diego había declarado que le gustaba, Luciano Pereyra, Los Ratones Paraonicos y, finalmente, Los Piojos.
Los dos últimos, y la música que nunca paró de sonar, marcaron el tono de la noche. Juanse, de rodillas, invitó a Maradona a subir al escenario a cantar con él la adaptación de su tema, “Para siempre Diego”. Accedió, claro. Un rato más tarde, Andrés Ciro Martínez dobló la apuesta y tuvo, además de los botines que alguna vez El Diez le regaló colgados del micrófono, a Diego bailando con su hija mayor, Dalma, el ya clásico “Maradóóó, Maradóóó” y un par de temas más.
Antes y después, el centro de la pista fue para el baile interminable de El Diego y La Claudia, a quienes se sumó el resto de la familia cuando el reloj marcaba que ya habían pasado las cuatro de la mañana y empezó a atronar la voz de Rodrigo.
Entonces todos, los padres, los hermanos, los cuñados, los tíos, los sobrinos, rodeados por conocidos y desconocidos, por famosos y anónimos, por invitados y por colados, por custodios y por plomos, bailaron como si estuvieran solos y muy lejos de Puerto Madero. Sobre el piso polvoriento de Villa Fiorito, y no sobre las alfombras de un hotel cinco estrellas, seguía la fiesta de los Maradona.


