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El norirlandés consiguió por fin su gran objetivo en Augusta y se relanza luego de transformarse en el sexto golfista que consigue el “Grand Slam”
Un nudo en el estómago. Falta de apetito. Las piernas “gelatinosas” –textual descripción que utilizó- y los nervios a flor de piel. El cuerpo alertó a Rory McIlroy cuando el domingo llegó al tee del hoyo 1 para enfrentar la última vuelta del Masters. Lejos de la distancia y frialdad que imponía Tiger Woods durante su época imperial en el PGA Tour, el norirlandés fue siempre un golfista con una gran dosis de humanidad, propenso a entregarse a sus emociones a la vista de todos. Vaya si lo demostró al ganar su primer saco verde, después del playoff ante Justin Rose: se dobló de rodillas hasta caer exhausto sobre el green del 18. Envuelto en lágrimas, su felicidad lo conmocionó tras incontables horas de dolor por frustraciones deportivas. Por suerte, acababa de tachar una pregunta que lo paralizaba: ¿Sería yo capaz de ganar un major otra vez?