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La victoria sobre Irlanda marcó un punto de inflexión para el seleccionado, que llegó a Gales al rojo vivo, con cambios de lista de jugadores y un coach nuevo: el neozelandés Alex Wyllie
Cardiff era una fiesta el viernes 1º de octubre de 1999. Miles de galeses se paseaban orgullosos por las calles de la ciudad. Todos enfundados con el rojo del Dragón, el color símbolo de la selección de rugby de ese país. La ciudad se asemejaba a una marea roja de camisetas, buzos, camperas, bufandas y gorros. La peatonal Queen Street rebosaba de gente que caminaba rumbo a la mole de cemento que desde hacía unos pocos meses se alzaba en pleno centro de la ciudad, sobre la Westgate Street y con el río Taff de fondo. Allí estaba el imponente Millennium, en ese entonces el tercer estadio de Europa, el primero de rugby, con techo retráctil. Los bares y pubs de la zona, The Old Arcade, City Arms, Pitch Bar & Eatery y The Borough Arms, entre otros tantos, explotaban de cerveza desde muy temprano, mientras niños y niñas con sus uniformes escolares también se sumaban a la fiesta, ya que ese viernes había asueto general.