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LONDRES (De un enviado especial).-Era noviembre de 2005 y David Nalbandian se iba de parranda con sus amigos. "A pescar a la Patagonia", era la consigna. El cordobés tenía todo el equipo listo, preparado, para otra aventura de las que le agradan. Antes de partir, sin embargo, una llamada a su celular transformó la travesía: "Vas a Shanghai, se lesionó Roddick", resultó el mensaje. El talento irreverente de Unquillo no dudó: sacó tickets para el Lejano Oriente y, semanas después, se consagró en el Masters, su mejor conquista. Robin Soderling dice que no recuerda esa historia, pero algo de eso habrá pasado por su mente, cuando el mismo norteamericano, cuatro años más tarde, se bajó otra vez. El sueco, parece, tiene destino de grandeza, acaso, como el cordobés aquel: superó por 7-6 (7-5) y 6-1 al serbio Novak Djokovic, se clasificó para las semifinales y provocó la primera gran sorpresa de la jornada. No fue la única, en este loco, loco Grupo B: por la noche, el asombro tocó la puerta otra vez del 02 Arena. El español Rafael Nadal, sin fuerzas, sin precisión, sin confianza, cayó por 6-1 y 7-6 (7-4) frente al escurridizo, veloz y potente ruso Nikolay Davydenko y ya no tiene posibilidades de seguir en carrera. Ya no tiene gasolina el mallorquín, que vino con posibilidades de discutirle el número 1 a Federer y, además de verlo en la cúspide una vez más, recibió dos cachetazos tremendos.
Primero, lo primero: Soderling es el tenista que más impresiona en el Masters. Recursos, movilidad, capacidad de reacción. Casi no le dio respiro en ese segundo set a Nole, el favorito de casi todos, el ganador de la última gran cita en 2008 y el vencedor, además, de París-Barcy, la última función de tenis, días atrás. Lo asfixió. Lo maniató. Atención: el sueco será el ancho de espadas del equipo de Copa Davis que chocará contra la Argentina en la primera rueda de 2010, en Estocolmo. Hay que tener cuidado: el chico está encendido. Si el sueco es un intrépido que se devoró todo lo que se encontró en su paso, casi sin pedir permiso, pues el español tenía la mesa servida y se dejó avasallar hasta quedarse sin alimento alguno. Parece no tener apetito.
Rafael, desde hace un tiempo, sufre los partidos. No los juega: los padece. Y Nikolay lo buscó, lo presionó, lo sacó de sus cabales. Ni fuerzas le quedó para luchar. Si hay despedidas dolorosas en el tenis, ésta es una de ellas. Dos partidos (el otro, con Robin), dos derrotas, ni un parcial ganado. Sólo le queda la esperanza de no trastabillar en el cierre. Aunque Djokovic le jugará a cara de perro mañana, no sólo por la clasificación: ya le siente la respiración al N° 2 del planeta. Ahora quiere su sillón.



