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El evento se realizó en Mallorca, en 2007, y fue un suceso. La creatividad de Pablo del Campo proyectó un encuentro singular entre el 1 y 2 del mundo, que casi naufraga por un imprevisto con la cancha
Fueron dos minutos, nomás. La cara de Rafael Nadal se transformó de golpe, abrió sus brazos como pidiendo respuestas, escuchó el plan B, lo convencieron a medias, pero se quedó más tranquilo cuando le dijeron “vos andá a la presentación. Mañana se juega sí o sí”. Antes y después de esa breve conversación con uno de los encargados de la organización, rodeado de varios expertos, la experiencia más novedosa y rupturista del tenis que se recuerde, junto con la del polvo azul de Ion Tiriac en Madrid, naufragó en la incertidumbre y pocas certezas se tuvieron hasta que terminó la exhibición. Del otro lado de una cancha extraña y única estaría el número 1 del mundo y con quien ya había comenzado una relación amistosa: Roger Federer.