
Frente a la presión de malezas de hoja ancha y campañas atravesadas por condiciones climáticas contrastantes, el barbecho vuelve a ocupar un lugar clave en la estrategia de manejo. Qué buscan los productores y cómo cambia la adopción según la región.
Las malezas son uno de los principales desafíos al momento de planificar una campaña de soja. Llegar a la siembra con el lote limpio y, al mismo tiempo, evitar nuevas emergencias durante las primeras etapas del cultivo obliga a definir la estrategia con anticipación, especialmente en ambientes donde especies como el yuyo colorado o la rama negra ejercen una fuerte presión con la llegada del Niño.
En ese escenario, las herramientas que combinan control de las malezas ya emergidas con residualidad en el suelo fueron ganando espacio. Un caso es Voraxor®, el herbicida presiembra de BASF que creció más de 40% durante la última campaña y ya acumula más de 1,5 millones de hectáreas tratadas en Argentina.

Juan Pérez Brea, gerente de Cultivo de Soja de BASF Soluciones para la Agricultura, explicó que la incorporación de la tecnología no fue inmediata. “El primer año fue un año de prueba. El productor probó, testeó, vio que tenía excelentes resultados para su problemática de malezas de hoja ancha y, después, año a año, empezamos a ver incremento”, señaló. Según el ejecutivo, la experiencia entre productores y asesores también fue impulsando su incorporación en nuevas superficies y cultivos.

El barbecho, un momento clave para anticiparse
La estrategia apunta especialmente al barbecho: el período previo a la implantación en el que se busca controlar las malezas presentes y evitar que nuevas camadas lleguen a competir con el cultivo durante sus primeros estadios.
Voraxor® combina acción de contacto y residualidad. Esto significa que, además de actuar sobre las plantas que ya se encuentran emergidas, permanece activo en el suelo para reducir posteriores nacimientos provenientes del banco de semillas.
“El no tener competencia en los estadios iniciales es muy importante, porque vamos a tener el número de plantas que queremos y un cultivo que se va a desarrollar muy rápido. Y, si se desarrolla muy rápido, va a competir muy bien con las malezas”, sostuvo Pérez Brea.

El herbicida controla 28 malezas de relevancia agronómica, entre ellas yuyo colorado (Amaranthus spp.) y rama negra (Conyza spp.). Puede utilizarse en soja, maíz, maní, trigo y cebada y, según las características del suelo, permite sembrar desde los siete días posteriores a la aplicación.
Dos activos para escenarios climáticos distintos
Uno de los puntos que aparece con fuerza es la variabilidad climática de las últimas campañas. El punto de partida de esta campaña es un escenario que pasó de períodos secos a situaciones de exceso de agua y plantea cómo sostener el control de malezas frente a condiciones muy diferentes.
La formulación de Voraxor® combina trifludimoxazin y saflufenacil, dos ingredientes activos inhibidores de la enzima PPO, vinculada a la síntesis de clorofila. Esa combinación permite sumar un efecto de contacto sobre las malezas presentes y persistencia posterior en el suelo.
Pérez Brea explicó que los dos componentes responden de manera diferente según la disponibilidad de agua. En situaciones más secas, señaló, el saflufenacil puede comenzar a actuar con menor cantidad de humedad; cuando se producen lluvias de mayor magnitud, cobra mayor relevancia la actividad prolongada del trifludimoxazin en los primeros centímetros del suelo.
Ese comportamiento es uno de los motivos por los que la tecnología comenzó a incorporarse también fuera de la soja. Mencionó también su utilización en maíz y cereales de invierno, aunque remarcó la importancia de rotar herramientas dentro de la estrategia de manejo.
Un mapa de adopción marcado por las malezas
La incorporación tampoco es homogénea en todo el país. La presión de malezas y el peso relativo de cada cultivo condicionan el tipo de herramienta que el productor necesita.
En el sudeste bonaerense, Pérez Brea señaló una mayor incorporación vinculada inicialmente con el manejo de nabo en cereales de invierno, aunque indicó que su utilización también crece en soja. En Córdoba y Santa Fe, en cambio, la presión de malezas de hoja ancha sobre la oleaginosa impulsó una adopción más rápida, una situación que también identificó en el NOA y el NEA.
“De Ruta 5 para el norte, las malezas de hoja ancha en el cultivo de soja son muy problemáticas. Más al sur pierden un poco más de presión, pero por ahí en otros cultivos, como en cereales de invierno”, explicó.
La diferencia regional ayuda a explicar por qué una misma herramienta puede ocupar lugares distintos dentro de la rotación: en algunos lotes el principal problema aparece en soja y, en otros, durante los cultivos de invierno.
El costo de corregir tarde
En un contexto en el que cada decisión de manejo también pasa por los números, Pérez Brea planteó que reducir el costo inicial de un barbecho puede terminar generando una necesidad de corrección posterior.
“Yo puedo hacer un barbecho con una eficiencia baja, pensando en que después voy a corregirla, pero esa corrección ya me hizo perder un porcentaje de mi rendimiento al final”, afirmó. Su argumento es que sostener un alto nivel de control desde el comienzo permite acercarse al potencial productivo y evitar sucesivas intervenciones para resolver problemas que aparecieron antes.
La discusión, así, trasciende a una tecnología puntual. Frente a malezas que ejercen distinta presión según la región y a condiciones ambientales que pueden cambiar de una campaña a otra, la planificación del barbecho aparece como una instancia cada vez más vinculada con el manejo integral del cultivo.
El desafío para el productor pasa por llegar a la implantación con la menor competencia posible y diseñar una estrategia que combine herramientas y modos de acción de acuerdo con las malezas presentes, el cultivo y las condiciones de cada lote. En ese esquema, la residualidad gana relevancia como una manera de anticiparse a nuevas emergencias, en lugar de depender exclusivamente de correcciones posteriores.
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