Lana de exportación: la historia de Estancias Ferro, un emprendimiento pionero

Con campos en Chubut, Buenos Aires y Río Negro, la empresa produce, con certificación orgánica, entre 150 y 200 toneladas anuales que vende al exterior casi en su totalidad
Graciela Cañete
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20 de diciembre de 2018  

La empresa comenzó la producción en la década de 1920
La empresa comenzó la producción en la década de 1920 Crédito: Gentileza Estancias Ferro

En su paso por la Península Valdés, Alejandro Ferro encontró en las salinas de la zona una de las muchas ocupaciones de su vida en la Argentina. Italiano, del Piamonte, Ferro llegó a Chubut en 1888 y advirtió que la extracción de sal podía ser un buen negocio: en ese tiempo la necesitaban los saladeros para conservar la carne que se exportaba a Europa.

Entre varios formaron una sociedad, y también decidieron la construcción de una línea de ferrocarril para unir las Salinas Grandes y Puerto Pirámides; desde el puerto salían los embarques de sal con destino a Buenos Aires y Montevideo. El Ferrocarril de Península Valdés funcionó unos 15 años, y la actividad que generó fue uno de los orígenes del asentamiento de población y desarrollo de la región.

Antes de dejar la explotación de la sal, Ferro había comenzado a poblar los terrenos que tenía en la Península con majadas de ovejas que traía de Patagones, al sur de la provincia de Buenos Aires. A su estancia la llamó La Adela, el nombre de su esposa, con la que tuvo cuatro hijos. En busca de una lana de mayor calidad, compró carneros Merino de Australia; los primeros se adquirieron en 1927. El trabajo de mejora genética continuó después de su muerte, en 1936, con la formación de planteles puros por cruza y la incorporación de ovejas de pedigrí. "El objetivo es lograr un mejor producto, y esto significa muchos años de trabajo", señaló Emilio Jorge Ferro, nieto del fundador del emprendimiento, hoy conocido como Estancias Ferro SA.

En los 80 quedó a cargo del establecimiento, se propuso ampliar el negocio y buscó en los mercados del exterior la posibilidad de crecer más allá de los vaivenes de la economía argentina. "Viajé a Italia con dos valijas con muestras de lana y las llevé a hilanderías", recordó Ferro. Las exportaciones comenzaron en los 90 a Francia, Italia, Alemania, Inglaterra y Holanda. "El negocio internacional cambió mucho en las últimas décadas: hubo un tiempo en que los materiales sintéticos se pusieron de moda y fueron ganando espacio a las fibras naturales; los plantes de ovejas disminuyeron y también la producción de lana. Sin embargo, hace poco tiempo el mercado cobró un nuevo impulso, por un lado con el aumento del precio del petróleo se encarecieron los sintéticos, pero también se valoró la superioridad de la lana como abrigo", explicó. "Es un material con mayor resistencia al desgaste, cálido como abrigo y no se rompe fácilmente", agregó.

La cotización internacional se incrementó en los últimos años, como también la demanda de lana fina para confeccionar prendas de vestir livianas, suaves y de mejor calidad. "Cuanto más fina es la hebra, más fino es el hilado y mayor el rendimiento", aclaró Ferro. Hay lana superfina, de 16 a 17 micrones, y ultrafina, de menos de 16 micrones. "Disminuir un micrón lleva tiempo, pero el precio que se obtiene es mayor", indicó Ferro. Como ejemplo de la diferencia, señaló que en octubre la cotización internacional del vellón de lana sucia de 17 micrones era de US$13 por kilo, mientras que el de 20 micrones era de US$10. "La lana de nuestros lanares de pedigrí tiene unos 17 micrones en promedio, y seguimos trabajando para bajarlos", afirmó. Para esto, el año pasado adquirieron otros tres carneros en Australia.

En estos años atravesaron sequías y pérdidas por caída de cenizas. "En la sequía de 2008 murieron 6000 ovejas madre", recordó Ferro. No solo la producción está en Chubut: su padre, Emilio Eugenio, compró tierras en Coronel Dorrego, Buenos Aires y Río Negro, a unos 50 kilómetros de Bariloche, a los que también llevó ganado ovino. Hoy, en los campos de Península Valdés, de 101.000 hectáreas, hay 25.000 lanares; en Las Cortaderas, Buenos Aires, unos 3000, y en Las Bayas, Río Negro, 9000. Los campos cuentan con certificación orgánica para producir.

En Estancias Ferro trabaja la cuarta generación: Silvestre y Alejandro, dos de los seis hijos de Emilio. La producción anual de la empresa oscila entre 150 y 200 toneladas de lana sucia, que exporta casi en su totalidad. Las ventas se realizan a industrias que lavan y peinan la lana, y entre los principales destinos se encuentran China, la India, Bulgaria y Uruguay. "En China y la India se concentra la mayoría de las fábricas de hilados del mundo. También en Egipto e Irán se están instalando fábricas", señaló Ferro.

Australia es el principal productor y exportador de lana del mundo, y el que fija el precio internacional. En la Argentina, entre julio de 2017 y junio de este año las exportaciones alcanzaron las 41.500 toneladas de lana sucia, por US$270millones. Los principales destinos son China, Alemania, Italia, Turquía, República Checa, Egipto, Bulgaria, Perú y Uruguay. El 55% de los envíos se realiza desde los puertos patagónicos y el 45% restante, desde el resto del país. En la Argentina, hay cerca de 12 millones de ovinos, y las provincias con mayor cantidad de ganado son Chubut, Santa Cruz, Buenos Aires y Río Negro.

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