Lo que es bueno para el país de Trump complica a la Argentina

Los efectos del dólar fortalecido y de una baja tasa de desempleo en el país del norte, según The Washington Post
Los efectos del dólar fortalecido y de una baja tasa de desempleo en el país del norte, según The Washington Post Crédito: Silvana Colombo
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13 de mayo de 2018  

WASHINGTON.- Si es cierto que el resto del mundo se resfría cuando Estados Unidos estornuda, ¿qué sucede cuando la tasa de desempleo de este país baja al 3,9%?

La respuesta, en alguna medida sorprendente, es que algunos países también se enferman no "a pesar de", sino "debido a" lo bien que nos va. La versión simple es que los países que tienen que tomar crédito del extranjero pueden meterse en graves problemas cuando el fortalecimiento de la economía de Estados Unidos lleva al fortalecimiento del dólar, porque se les hace más difícil pagar sus deudas con sus monedas debilitadas. Y no hay salida fácil. Lo mejor que pueden hacer es sacrificar sus economías para salvar sus divisas.

Lo que nos lleva a la Argentina. Casi no vale la pena mencionar que su divisa se hunde. Y ha estado haciendo eso durante la mayor parte del último siglo. Pero se suponía que esta vez sería diferente. El presidente Mauricio Macri había prometido que haría de la Argentina un "país normal", rechazando de una vez por todas lo que describió correctamente como el tipo de "pensamiento mágico", según el cual el país podía tener la torta, comérsela y luego emitir más moneda para comprar más torta. Pese a ello, Macri, al igual que sus predecesores, se ha visto reducido a pedir al Fondo Monetario Internacional una línea de crédito para tratar de estabilizar la situación.

¿Qué sucedió? Unas cuantas cosas. Macri, de modo más bien razonable, ha intentado reducir gradualmente el déficit fiscal y bajar al mismo tiempo la tasa de inflación. Como resultado de ello, la moneda, por más que se debilitó, se mantuvo más fuerte de lo esperable. Eso hizo menos competitivas sus exportaciones y el país se volvió más dependiente del crédito del exterior.

En esto, la Argentina no es ni de lejos un caso único entre los países emergentes, pero su caso es particularmente grave. Eso se debe, como señalan Benn Steil y Benjamin Della Rocca, del Council on Foreign Relations, a la "pataleta de la amenaza de ajuste gradual de la Reserva Federal", un período en el que los inversores vendieron sus tenencias de acciones, bonos y divisas de mercados emergentes hace cinco años, en respuesta a la sugerencia del entonces presidente de la Fed Ben Bernanke de que la Reserva Federal podría comenzar a emitir menos moneda.

Eso bastó para asustar a muchos de esos mercados y para que comenzaran a apuntalar lo que habían sido situaciones de endeudamiento bastante vulnerables. Por lo que ahora que la Fed está elevando las tasas de interés y comienzan a subir los rindes de los bonos del Tesoro de EE.UU. -atrayendo fondos que previamente habían ido a los mercados emergentes, donde podían obtener mayores ganancias- están en situación de suficiente solidez como para soportar la salida de estos flujos financieros. Pero la Argentina, que el FMI estima que tomó crédito del extranjero por el equivalente a un 4,8% de su PBI en 2017, no lo está.

El resto es una historia bastante familiar, al menos para los argentinos. Comenzó en diciembre pasado, cuando Macri pareció tan preocupado por que los esfuerzos del Banco Central por hacer bajar la inflación perjudicaran a la economía (y sus posibilidades de obtener la reelección) que su gobierno elevó la meta inflacionaria para 2018, de entre 8% y 12% a 15%. Siguiendo esta orientación, el Banco Central comenzó a bajar las tasas un mes más tarde, pese al hecho de que la inflación aún estaba en un 25 por ciento. No es de sorprender que, no obstante lo que dijo Macri, los mercados comenzaron a preguntarse si el Banco Central realmente era independiente, cuando la historia parecía la misma de siempre: la orientación monetaria impulsada por consideraciones más políticas que económicas.

Esa es la mecha económica que se encendió con el alza de las tasas de interés en Estados Unidos el mes pasado. El peso argentino ha caído alrededor del 10,4% en dos semanas.

La respuesta del gobierno siguió el patrón clásico. Primero, trató de solucionar el problema gastando dinero, usando parte de sus reservas para apuntalar el peso en los mercados internacionales de divisas. Eso funcionó por unos minutos. Luego, cuando no le quedó opción, hizo lo que no había querido hacer al comienzo del año e incrementó los tipos de interés; primero, de 27,25% a 30,25%; luego, cuando eso no funcionó, de 30,25% a 33,25%, y finalmente hasta un 40% pocos días después. La idea es simplemente elevar las tasas a tal punto que la ganancia que obtendrían los inversores los tiente a traer su dinero de vuelta al país y, por esa vía, hacer subir el peso. Y para asegurarse de que los mercados recibieron el mensaje anunció que reduciría más su déficit de lo que ya había planeado.

Esto funcionó un rato -el Financial Times tuvo incluso un artículo en el que proclamó que "La política de shockear y apabullar de la Argentina parece dar resultado"- antes de fallar. El peso continuó cayendo en la última semana, llevando al Gobierno a ir en busca de la ayuda del FMI. El problema es que las divisas no tienden a caer solo al nivel justo de su valor de mercado, sino más allá, al punto en que los inversores puedan pensar que ganarán dinero cuando la moneda vuelva al nivel en el que "debería" estar. En el ínterin, la Argentina se queda con tasas de interés que son demasiado elevadas para que su economía crezca de algún modo. Es una trampa sin salida: la única manera de salvar a su economía del pánico por el peso es destruirla con tasas de interés tremendamente elevadas.

Es un recordatorio de que lo que es bueno para Estados Unidos no es siempre bueno para el mundo, especialmente si se han tomado muchos dólares prestados y se tiene un banco central que se ve algo menos que independiente.

Traducción de Gabriel Zadunaisky

Matt OBrien

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