Economistas con vidas interesantes y "no lineales" se buscan. Presentar CV

Crédito: shutterstock
Sebastián Campanario
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3 de mayo de 2020  

Un currículum típico de una o de un economista en países desarrollados por estos días: se gradúa en una universidad prestigiosa con una de las mejores notas de su clase; recibe ofertas de otras casas de estudio igualmente reputadas; se convierte en profesora o profesor asistente; escribe un paper muy citado; participa en un par de paneles gubernamentales; se muda a otra universidad; escribe otro paper exitoso y luego un libro, y así sucesivamente.

El economista serboestadounidense Branco Milanovic, experto en temas de desigualdad, pobreza y países en desarrollo, hizo la descripción del primer párrafo en un provocativo posteo del blog globalinequality. Milanovic, que estuvo en Buenos Aires el año pasado, cree que la gran mayoría de los economistas tienen vidas mucho más "lineales" que otras profesiones. Vidas que podrían calcarse en su trayectoria, que son básicamente un CV al que solo hay que hacerle pequeños retoques para distinguir una persona de otra.

Y se pregunta si este tipo de trayectorias proveen las herramientas adecuadas para decir algo interesante en las ciencias sociales, con una realidad de peleas, corrupción, penurias, guerras, traiciones y estafas. "Si se tratara de físicos y químicos, esto no importaría. Uno no tiene que vivir una vida interesante para estudiar los átomos, pero tal vez sí deba hacerlo para entender mejor cómo se comportan los seres humanos", dice Milanovic. Después de todo, como describió una vez Daniel Heymann, "los economistas estudiamos ni más ni menos que la conducta y las interacciones entre 7000 millones de seres humanos con cerebros tan buenos como el nuestro".

Milanovic dice que no importa lo inteligentes que seamos. "Entender ciertas cuestiones de la vida real requiere que nos enfrentemos al problema nosotros mismos. Encarando un desafío desde la teoría somos capaces de dar respuestas razonables y coherentes que luego, cuando tenemos que aplicar en la realidad, funcionan solo muy parcialmente", acota.

Milanovic es muy amigo del filósofo, inversor y divulgador Nassim Nicholas Taleb, autor del best seller El Cisne Negro, y al que la crisis global de coronavirus, con todas sus aristas de sistemas complejos asociadas, está haciendo nadar como pez en el agua. Taleb suele ser todavía mucho más duro con los economistas. En Antifrágil, otro de sus libros, los ubica dentro "de esa clase nueva de antihéroes formada por burócratas, banqueros, miembros de la Aigci (Asociación Internacional de Gente con Contactos Importantes) que asisten a Davos y académicos con demasiado poder, ninguna responsabilidad real y nada que perder. Se aprovechan del sistema mientras los ciudadanos pagan el pato". En otro libro, Taleb describió a los economistas como proveedores de relatos para inversores poco sofisticados.

"Las vidas aburridas son un privilegio de las sociedades ricas. La mayoría de nosotros las prefiere, pero el rango de emociones y de opciones que se experimenta en esa zona es muy limitado", sostiene Milanovic, un economista que el año pasado cenó con Alberto Fernández, antes de éste que ganara las elecciones.

¿Qué serían "vidas interesantes y no lineales" para un científico social, según Milanovic? Aquellos que, en palabras de Taleb, estuvieron en posición de "jugarse la piel": tomar veneno para establecer su punto de vista como Sócrates; ser torturados y encarcelados como Maquiavelo, prohibidos y asesinados por un régimen totalitario, como Kondratieff; estar obligados a emigrar a un país y a un idioma distintos (Schumpeter, Hayek, Kuznets, Leontieff), o experimentar el riesgo de los placeres prohibidos (Keynes).

Ni Milanovic ni Taleb lo dicen, pero entre los mayores economistas del siglo XX hay decenas de "vidas no lineales" y extremadamente interesantes. Un botón de muestra: en La Odisea de Albert Hirschman, Jeremy Edelman cuenta la increíble vida del economista alemán que falleció el 10 de diciembre de 2012 a los 97 años. Hirschman nació en 1915, en una familia berlinesa de buena posición. Luego de estudiar en la London School of Economics se alistó, a los 21 años, para luchar en las milicias republicanas en la Guerra Civil Española. Entonces vivía en París y hablaba con fluidez seis idiomas. Tras ser herido en el frente aragonés, Hirschman vivió una huida de película por los Pirineos, equipado con un falso documento lituano, en desacuerdo con la conducción del comunismo en el bando republicano. Europa se había vuelto peligrosa para los intelectuales judíos, con lo cual voló a Estados Unidos, donde las principales universidades lo recibieron con honores. Pero el economista nunca quiso entrar en el establishment académico, ni casarse con la ortodoxia ni con la heterodoxia. Las reuniones con profesores lo hacían bostezar.

Pero Milanovic tiene un punto: la "hidra de varias cabezas" que representa la crisis de la pandemia requiere de expertos de mente amplia, con experiencia en el barro de situaciones conflictivas concretas y con buen diálogo con otras disciplinas.

Consultado por LA NACION sobre qué tipo de esquema mental se va a requerir en economistas para lidiar con la crisis, Heymann sostuvo: "Es un momento donde tanto analistas como gente práctica están operando con información parcial y sujeta a error y, más todavía, con modelos claramente provisorios y falibles. Al mismo tiempo, no se gana nada con simplemente manifestar perplejidad. Las crisis piden respuestas rápidas y apropiadas a la magnitud de la perturbación. Esta es, sin dudas, una crisis especial: un cisne negro que aparece sin aviso y pone en cuestión al conjunto de la vida de las personas, con enormes heterogeneidades entre ellas, y ataca al sistema económico de un modo inusual".

Para el profesor de la UBA y de la Udesa, "es impresionante la reconfiguración de actividades ocurrida en pocas semanas en todos lados, en términos de los cambios en las condiciones de oferta y los flujos de demanda. La capacidad de auto-organización de la economía se muestra bien limitada para absorber el impacto y moderar los efectos sociales. Las grandes intervenciones de política anunciadas en lugares distintos muestran un reconocimiento general de la cuestión, aunque habrá que ver resultados, y cómo y cuándo podrá generarse una recuperación, desde qué profundidad de caída y con qué repercusiones persistentes".

Walter Sosa Escudero, investigador del Conicet, profesor de la Udesa y colaborador habitual de esta sección, cree que, más que nunca, esta crisis demanda economistas con una visión muy aceitada de los esquemas de equilibrio general. "Es una situación muy delicada que requiere una buena combinación de visión de experto y de generalista. El equilibrio general describe un marco en el que los costos médicos de la pandemia conviven con los económicos, los sociales y los políticos".

Sosa Escudero escribió el prólogo del último libro de Juan Carlos De Pablo, con materiales publicados en este suplemento. El autor de Big Data (Siglo XXl) cita a su colega: "De Pablo dice que el buen economista con criterio de equilibrio general es el que va a las reuniones y hace hablar a quienes no fueron invitados, no por un tema de gentileza sino por estrategia. Es esa persona que en una reunión de Coca Cola se pone a argumentar como si fuera un comercial de Pepsi, no por arruinar el asado, sino porque la economía es una suerte de juego de ajedrez, en el que cualquier resultado depende de cómo uno mueve las piezas, pero también de cómo las mueve el otro". En el caso de la Covid-crisis, por su complejidad, equivaldría a decenas de partidas simultáneas a ciegas, aquellas en las que se lucía como nadie el maestro Miguel Najdorf.

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