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Medellín -la segunda ciudad de Colombia, la cuna del artista Fernando Botero- vive un largo renacer. La que en 1991 se convirtió en la más violenta del mundo con 381 asesinatos por cada 100.000 habitantes por efecto del narcotráfico comandado por Pablo Escobar, logró una transformación urbana, social y cultural que la convierte en una de las urbes más elegidas por jubilados estadounidenses que pasan medio año allí y en expatriados de diferentes países de Latinoamérica, en especial de venezolanos. La afluencia es tal que no se consiguen viviendas para alquilar y los precios se dispararon.



