
La fórmula para anticiparse al próximo gran barrio: “Hay que saber leer hacia dónde se está moviendo la ciudad”
Iván y Leonor Achaval, al frente de Achaval Cornejo, una de las inmobiliarias más relevantes de Buenos Aires, cuentan qué señales miran para detectar zonas con potencial antes de que se consoliden.
Hay quienes miran una ciudad por lo que es y quienes intentan imaginar lo que puede llegar a ser. En el mercado inmobiliario, esa diferencia puede significar llegar cuando un barrio ya se consolidó o estar allí cuando todavía nadie sabe con certeza qué va a pasar.
Para Iván y Leonor Achaval, esa lectura se construye menos a partir de una fórmula, que de años de experiencia, información y contacto permanente con quienes proyectan los nuevos desarrollos.

En 1989 nació Achaval Cornejo y, con el tiempo, participó en la comercialización de emprendimientos y en procesos de transformación urbana en distintos puntos de Buenos Aires y su área metropolitana. Puerto Madero, Palermo, Belgrano, Vicente López, Nordelta, Puertos y Buenavista ya forman parte de ese recorrido.

Más que una enumeración de hitos, esa trayectoria permite hacerse una pregunta: ¿se puede detectar hacia dónde va a crecer una ciudad antes de que el cambio sea evidente?
Leer la ciudad antes que el mercado
“Más que antes, llegamos de la mano de los desarrolladores, aprovechando todo nuestro expertise y el conocimiento que tenemos de los lugares, escuchando las propuestas innovadoras y poniendo toda la energía y la capacidad para que todas estas cosas se puedan desarrollar. Ese sería nuestro mérito”, explica Leonor.

Para Iván, la relación entre inmobiliaria y desarrollador también es parte de esa ecuación. “Siempre vamos de la mano de los desarrollistas. Ellos son los primeros que impulsan la parte creativa. Nosotros somos expertos en interpretar qué es lo que está necesitando la gente”, dice.
La ciudad, sin embargo, también tiene una lógica propia. Leonor la resume con una imagen sencilla: “Es como si tuvieras un vaso de agua que lo tirás y el agua se empieza a expandir. Va ocupando lo que le vas permitiendo. Y a medida que se va corriendo, lo mismo pasa con el desarrollo”.

En esa expansión hay infraestructura, cambios en los hábitos, nuevas formas de trabajar y de vivir, pero también una cuestión de timing.
Achaval Cornejo participó, por ejemplo, de la llegada de los lofts a distintos barrios porteños y estuvo vinculada a proyectos que acompañaron la transformación de Puerto Madero y del corredor norte.
En Vicente López, recuerda Iván, la comercialización de Horizons, en 2008, coincidió con una profunda transformación del sector entre la avenida del Libertador y el río. Más tarde, la firma acompañó el crecimiento de los grandes desarrollos de Nordelta y Puertos.

Una vieja fábrica como pista de lo que viene
Esa manera de mirar la ciudad vuelve a aparecer en Barracas. El barrio, con su fuerte identidad industrial y su cercanía con el centro, Puerto Madero y el sur del conurbano, hace tiempo dejó de ser solamente una zona de paso. La reconversión de antiguas fábricas, la actividad cultural y la aparición de nuevos proyectos fueron modificando progresivamente su perfil.
Achaval Cornejo ya había tenido allí un papel relevante con Molina Ciudad, el proyecto que recuperó parte de la antigua fábrica de Alpargatas y que comenzó a comercializarse hace más de una década. El emprendimiento convirtió una estructura industrial en un edificio de usos mixtos, con lofts, oficinas y espacios comunes, conservando buena parte de la impronta fabril original.

Ahora la historia vuelve a empezar, pero en el edificio de enfrente.
“Después de 16 años encontramos la oportunidad de cerrar la fábrica de enfrente, la primera fábrica de Alpargatas, conocida en toda la zona de La Boca y Barracas como la Fábrica 1. Es el edificio histórico de una empresa argentina que llegó a dar trabajo a 16.000 personas; detrás de esas paredes hubo generaciones de trabajadores y una parte importante de la historia de este barrio. Y la verdad que estamos felices”.”
— Iván Achaval.
El proyecto es desarrollado por GES, con Fernando Barenboim al frente, y Achaval Cornejo participa de la comercialización.
La construcción original data de 1890 y forma parte del patrimonio industrial de Buenos Aires. El nuevo proyecto busca conservar esa identidad y, al mismo tiempo, darle una nueva vida al edificio: Palacio Molina será un complejo de usos mixtos que combinará patrimonio, viviendas, lofts, oficinas, locales y espacios comunes.

Del edificio industrial al nuevo Palacio Molina
El proyecto se desarrollará sobre un terreno de más de 12.000 m² y tendrá alrededor de 68.000 m² de superficie total, según la información del proyecto.
La propuesta está organizada en cinco componentes: los Lofts del Palacio, con solo 26 unidades dentro de la arquitectura original; Distrito Molina, con 161 lofts industriales; Molina Home, con residencias de 1 a 3 dormitorios de arquitectura contemporánea; Molina Office, con cinco plantas destinadas a oficinas y coworking; y un basamento comercial sobre la planta baja.

La intervención busca que lo nuevo no borre lo anterior. En los sectores históricos se conservarán elementos de la estructura original, mientras que las nuevas construcciones incorporarán una arquitectura contemporánea. La idea es que las diferentes escalas convivan dentro de un mismo conjunto: desde lofts que recuperan la espacialidad fabril hasta departamentos y oficinas pensados para las nuevas formas de habitar y trabajar.

El proyecto también contempla más de 7000 m² de espacios comunes. Entre ellos habrá un parque central de 2700 m² con laguna, sector de nado, decks, playa para chicos y fogonero; un rooftop de 800 m² con salones y parrillas; gimnasio de 470 m²; spa; gran lobby; SUM; coworking y bar-cafetería.
Pero para los Achaval, la dimensión que más importa no está necesariamente dentro del edificio.

El patrimonio como motor de una nueva etapa
La elección de una construcción histórica para un proyecto de esta escala plantea un desafío que excede al real estate: cómo intervenir sin borrar la memoria del lugar.
En Palacio Molina, la respuesta pasa por conservar la estructura y los elementos que permiten reconocer el edificio original y, al mismo tiempo, incorporarlo a una nueva dinámica urbana. La antigua fábrica de Alpargatas, que durante décadas permaneció cerrada, volverá a abrirse a la ciudad.
Para un barrio que creció alrededor de su actividad fabril, la reapertura de la antigua Alpargatas tiene además un valor simbólico: vuelve a poner en circulación un edificio que forma parte de la memoria cotidiana de varias generaciones.

Y antes de convertirse definitivamente en un complejo residencial y de usos mixtos, tendrá incluso otro capítulo: en octubre de 2026 será sede de Casa FOA, la tradicional exposición de arquitectura, diseño, interiorismo y paisajismo. La muestra ocupará más de 5700 m² y reunirá 42 espacios intervenidos por profesionales de distintas disciplinas.
No es un dato menor para una familia que tiene una relación histórica con Casa FOA. Desde sus primeros años, Achaval Cornejo estuvo vinculada a la exposición y a su utilización como plataforma para acercar arquitectura, diseño y real estate. En 2012, de hecho, Casa FOA se realizó en Molina Ciudad, con una convocatoria de más de 60 mil personas y una experiencia que ahora tendrá una suerte de segunda parte en el edificio histórico de enfrente.
La escena parece cerrar un círculo: una muestra que nació para transformar y poner en valor espacios singulares vuelve a uno de los edificios que mejor representa la memoria industrial de Buenos Aires.
Para Iván y Leonor, la apuesta por Barracas no se explica solamente por un proyecto. Es, en definitiva, otra forma de leer el movimiento de una ciudad.

Porque si algo se desprende de la conversación es que anticiparse no significa adivinar. Significa conocer el territorio, entender qué está cambiando, escuchar a quienes imaginan nuevos usos y reconocer cuándo un lugar que durante años pareció quedar al margen vuelve a tener espacio para crecer.
Palacio Molina se inscribe, así, en una mirada sobre la ciudad que Achaval Cornejo comparte con los desarrolladores: reconocer el valor de lo que ya existe, preservar aquello que le da identidad y, sobre esa base, pensar nuevos usos para espacios que vuelven a integrarse a la vida urbana.
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