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Si hay algo que aprendió Uriel Sadrinas, un empresario que se presenta como tercera generación de “textileros”, es que en su rubro hay que tener siempre una capacidad de adaptación extrema y a prueba de los cimbronazos que vive la economía argentina. Su abuelo José comenzó con un pequeño taller de blanquería -toallas, sábanas- en el barrio de Once y 90 años después su papá y su tío siguen con el tradicional negocio familiar. Cuando en 2009 Uriel lanzó, junto con su socio Gabriel Homsani, su propia empresa, llamada Alav, comenzaron como una importadora de línea blanca, pero diez años después se reconvirtieron en fabricantes y ahora acaban de alzarse con la licencia para importar y fabricar la marca francesa Cacharel en el mercado local.
