
Aluminio duro como el acero
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Metal de muy amplias aplicaciones, tanto en muchos objetos de uso cotidiano como en complejas piezas de alto desarrollo tecnológico, el bajo peso específico del aluminio permite producir componentes donde la liviandad es un factor esencial. Sin embargo, en las condiciones corrientes resulta comparativamente blando, lo cual limita sus usos.
Hoy existen equipos de trabajo en algunos centros de investigación, entre los cuales se encuentra la Universidad de Buenos Aires (UBA), que opera juntamente con la de Oxford, cuyo objetivo es producir una forma de aluminio con una resistencia mecánica muy superior a la corriente. Esos trabajos forman parte de un conjunto de desarrollos orientados hacia la generación de los llamados nuevos materiales, cuyas características pueden parecer a veces de ciencia ficción y que suscitan el interés de las empresas que registran mayores avances tecnológicos.
No cuesta mucho fundir el aluminio, que a 1100 o 1200 grados centígrados se encuentra en estado líquido. Pero en esa situación los investigadores provocan un velocísimo enfriamiento del material, en tiempos del orden del milisegundo, lo cual origina una curiosa transformación, porque el aluminio cristaliza entonces formando muy pequeños icosaedros, cuyas dimensiones están en el orden de los nanómetros (mil millonésimas de metro). Estas diminutas moléculas son las que determinan las propiedades de un aluminio diferente, que compite, por su dureza, con los buenos aceros.
El icosaedro es uno de los cinco poliedros regulares posibles (uno de ellos es el cubo) y posee veinte caras, todas las cuales son triángulos equiláteros. Los poliedros regulares fueron, para la secta pitagórica de la Antigüedad, objeto de múltiples especulaciones de tipo místico. Los actuales ingenieros de materiales se dedican, entre muchas otras cosas, a producir piezas de aluminio de características antes impensables, como pistones para automóviles de carrera, cuyo reducido peso les confiere claras ventajas comparativas. Es casi obvio decir que abundan los campos en los cuales estos singulares productos dan lugar a novedosos desarrollos.
Puede obtenerse de estas referencias una más que importante conclusión: los hallazgos tecnológicos no necesariamente dependen de inversiones millonarias o del empleo de equipos inalcanzables para países como el nuestro. Que todo esto haya surgido de un emprendimiento de la UBA, en concierto con una de las universidades más famosas del mundo, nos autoriza a pensar que nuevos vientos corren en el campo más que fértil de la creación científica y tecnológica. Abundan, por tanto, los motivos para seguir estimulando estos estudios, que no necesitan demasiados argumentos para ser defendidos.




