Arde Europa
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En menos de un año varias capitales europeas vivieron escenas que hasta hace poco parecían lejanas: autos incendiados, comercios saqueados, comisarías atacadas y toques de queda en barrios periféricos. Lo que comenzó en Francia a mediados de septiembre último como una movilización estudiantil por la precariedad de la infraestructura educativa y la falta de docentes, en cuestión de semanas, se extendió a centros urbanos de Albania, Bélgica, Italia y el Reino Unido, con disturbios, saqueos e intensos enfrentamientos con la fuerza pública.
Las protestas se potenciaron gracias a la efectividad que ofrecen las redes sociales. TikTok, Telegram y X viralizaron en horas videos de enfrentamientos, convocatorias a saqueos y noticias falsas. El ministro del Interior francés, Laurent Nuñez, planteó formalmente ante el Senado la posibilidad de interrumpir plataformas como TikTok y Snapchat de forma selectiva durante protestas violentas. La justificación oficial de las autoridades es que estas aplicaciones se utilizan para coordinar saqueos en tiempo real, difundir convocatorias y compartir la ubicación exacta de los movimientos policiales.
Por otro lado, reguladores de la Unión Europea están examinando posibles injerencias extranjeras en línea y campañas de desinformación en torno a los disturbios en Francia y brotes similares de violencia y saqueos ocurridos en otros países europeos en los últimos días. Según fuentes de seguridad, cuentas de redes sociales prorrusas y de extrema derecha han difundido videos violentos en un intento por sembrar más caos. Autoridades de París y Roma están investigando si Rusia tuvo algo que ver con la difusión de desinformación en las redes sociales e internet.
Una juventud asfixiada, una clase media empobrecida y un desempleo persistente han convertido al viejo continente en un polvorín, al tiempo que se encarece la vida, crece la crisis de la vivienda y se registra un colapso paulatino de los servicios públicos. Enojos y reivindicaciones nacen de una realidad compleja que las democracias actuales no han encontrado cómo revertir.
Según las encuestas del Centro de Investigación Pew, la satisfacción con el funcionamiento de la democracia ha disminuido drásticamente. En Francia, Pew constató este año que el 69% de la población está insatisfecha con la democracia. En España, la cifra desciende al 68%. En Italia, al 62%. En Polonia, la democracia más reciente tras años de ocupación soviética, solo llega al 47%. Del otro lado del Oceáno Atlántico, en Estados Unidos, alcanza el 69%.
Cuando las protestas derivan en incendios, ataques, destrucción de bienes públicos y cócteles incendiarios, ya no estamos hablando únicamente de reivindicaciones sociales, sino de un grave problema de orden público y convivencia democrática. Defender el derecho a protestar no significa tolerar delitos. Las víctimas deben poder obtener reparación y los responsables, rendir cuentas. Un Estado democrático no puede mostrar debilidad ante quienes pretenden sustituir la ley por la intimidación.
Buena parte de Europa cambió la cultura del esfuerzo, la productividad y la exigencia por el culto al derecho adquirido, el hipercontrol fiscal y un asistencialismo insostenible. Hoy, cuando las arcas públicas están agotadas y la deuda pública se sitúa en el 88,8% del PBI para la zona euro y en el 82,9% del PIB para el conjunto de la Unión Europea, el sistema colapsa y la frustración toma las calles.
Los países europeos necesitan por eso recuperar la disciplina fiscal, el respeto por la autoridad, el mérito individual y el estímulo a la inversión privada. Si la respuesta es solo policial o de negación del problema, pocos o ninguno serán los avances para encauzarlo. El diálogo con los sectores postergados y la adopción de medidas concretas sobre educación, vivienda y desigualdad son el camino para que el proyecto europeo sea de convivencia y no de trincheras.

