
Aulas vacías: la peor señal
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UNOScinco millones de alumnos, pertenecientes a los distintos niveles del sistema educativo, no pudieron asistir a clases con normalidad en los últimos días, según un relevamiento efectuado por LA NACION.
Difícil imaginar un dato de la realidad más desalentador que el que surge de esa constatación sobre la inmensa cantidad de aulas que han permanecido o permanecen vacías como resultado de las medidas de fuerza de los gremios docentes o de los movimientos estudiantiles. Más que las oscilaciones del riesgo país, más que los desbarajustes del régimen fiscal, más que las protestas de los piqueteros y los cortes de rutas, debe preocuparnos hoy a los argentinos esa inactividad de los institutos educativos de las diferentes regiones del país, de la cual sólo se pueden extraer conjeturas negativas respecto de nuestro futuro como sociedad.
En la provincia de Buenos Aires, más de dos millones y medio de niños de los niveles primario y secundario permanecieron inactivos en las dos últimas semanas, una vez concluidas las vacaciones de invierno. La cifra resulta inquietantemente elevada si se tiene en cuenta que la matrícula total de la jurisdicción bonaerense, en los niveles mencionados, oscila alrededor de los tres millones y medio.
Las aulas estuvieron despobladas como resultado del paro dispuesto por los docentes, que reclaman por atrasos o rebajas en sus remuneraciones o por la decisión oficial de pagar con bonos o tickets canasta una parte proporcional de sus salarios. Un panorama similar se registra en otras provincias, donde los gobiernos han introducido reducciones o han apelado a formas anómalas de pago ante la situación de emergencia que afecta a sus respectivos presupuestos. En Misiones, por ejemplo, 11.000 educadores -sobre un total de 19.000- han sufrido recortes en sus retribuciones. En Jujuy se ha perdido ya el 20 por ciento de los días de clase y problemas similares se padecen en San Juan, Neuquén, Formosa y Tucumán.
Además, alrededor de un millón de alumnos de las 37 universidades nacionales no han concurrido a clases ni han podido rendir exámenes desde la finalización del receso invernal. La inactividad se debe a un paro declarado por la entidad que agrupa a los profesores del nivel superior, en muchos casos con el apoyo activo y tumultuoso de las organizaciones estudiantiles.
En la ciudad de Buenos Aires, paralelamente, cuatro colegios nacionales -el Mariano Moreno, el Manuel Belgrano, el Nicolás Avellaneda y el Juan Martín de Pueyrredón- han sido ocupados por grupos de alumnos como expresión de rechazo al plan de ajuste del gobierno nacional. La "toma" de esos establecimientos fue dispuesta por una asamblea de estudiantes secundarios efectuada en la sede de la Escuela Superior de Comercio Carlos Pellegrini.
El hecho de que los conflictos se hayan extendido a las organizaciones estudiantiles del nivel secundario testimonia el lamentable grado de perturbación en que se encuentra hoy el sistema educativo y obliga a formular un enérgico llamado a la responsabilidad de los padres de familia, que deberían aportar su influencia para que los alumnos reflexionen sobre el error en que incurren al adoptar actitudes contestatarias tan infundadas como estériles.
La sociedad argentina en su conjunto debe tomar conciencia de lo que significa que las aulas de todos los niveles estén o hayan estado vacías, en muchos casos, durante quince días. Por graves que sean las actuales vicisitudes políticas, económicas y sociales, nada debería preocuparnos tanto como la señal que emiten esas aulas mudas, que ensombrecen el horizonte futuro del país. La educación -lo hemos dicho en muchas oportunidades- es la gran herramienta que debe y puede potenciar el crecimiento sostenido y genuino de la Argentina en los tiempos venideros. Si el estado de los claustros sigue siendo de protesta, turbulencia o inactividad, las metas que ambicionamos los argentinos estarán cada vez más lejos.
Todos los sectores -públicos y privados- con responsabilidad en el manejo de la problemática educativa tienen el deber moral de extremar sus esfuerzos para superar el estado endémico de conflicto en que se encuentran los institutos de enseñanza en sus múltiples niveles. En una visión prospectiva de mediano o largo plazo, no existe hoy, probablemente, un reto más apremiante que el revertir el clima de confrontación y desorden en que hoy se debate la educación.




