
Causas del fracaso en la universidad
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Un número significativo de los alumnos que ingresan en las universidades del país fracasan o abandonan los estudios sin llegar a rendir siquiera una materia en el primer año de las distintas carreras. El porcentaje de tempranas frustraciones es más alto en las casas de altos estudios oficiales (casi el 25%), aunque no están distantes las privadas (el 20%). La Universidad de Buenos aires (UBA), la más poblada de la Argentina, registra un 20,2 por ciento de fracasos en el tramo inicial. El mayor porcentaje de abandonos se verifica en las universidades del interior, como la Universidad Nacional de Jujuy (62,8%), la de Santiago del Estero (53,2%) o la Patagonia Austral, con sede en Río Gallegos (46%). En total, el número de quienes precozmente desisten se distribuyó así en el año 2006: en las instituciones estatales, 253.070; en las privadas, 37.878.
Al observar tan alta cantidad de expectativas frustradas se reitera una lógica pregunta sobre las causas que la determinan. El interrogante reaparece año tras año y tendría dos respuestas principales. Una ha sido la decisión de la universidad de instituir el ingreso irrestricto, lo que permitió el acceso al nivel superior sin esfuerzo ni suficiente reflexión previa por parte de muchos alumnos que habían concluido la escuela media con una formación precaria y sin haber contado, en su mayoría, con un proceso de orientación vocacional que los guiara, derecho de los alumnos que reconoce la actual ley nacional de educación y que debería administrarse en la escuela.
La otra respuesta es la aseveración frecuentemente formulada desde el nivel superior que achaca a la enseñanza media la responsabilidad de las fallas de formación que se advierten. Se alude, por lo común, a la preparación insuficiente que demuestran muchos egresados del secundario en áreas fundamentales como las ciencias exactas y la lengua castellana. Las objeciones pueden considerarse fundadas y se acentuaron más después de la reforma educativa de 1993, cuando llegaron a la universidad quienes habían cursado el Nivel Polimodal, centro de las mayores críticas.
Sin embargo, no son éstas las únicas razones que pueden enunciarse. Existen causas de otra naturaleza que siempre han incidido en las conductas de los estudiantes. Por ejemplo, la de trabajar a la vez que se emprende una carrera. Como es lógico, la actividad laboral exige tiempo y disponibilidad que llevan a dejar los estudios en muchos casos, lo cual no es deseable, pero sí comprensible.
Ante la realidad bosquejada, las diversas casas de estudios vienen ensayando distintos modos de atraer, capacitar o conducir a sus alumnos en riesgo de abandonar. Para ello se emplean cursos de nivelación, regímenes de tutorías, ciclos comunes, nuevos articulados de carreras, flexibilización de los planes, cursadas de algunas materias sin presencialidad, monitoreo de ausencias y de resultados de exámenes parciales, todo lo cual parece apropiado y reclama su evaluación periódica.
Ahora bien, ese tratamiento de apoyo a los estudiantes en condiciones más vulnerables para la continuidad de sus carreras también pide que se le pongan límites. La universidad debe ser cauce para la autonomía del estudiante, para el desarrollo de sus habilidades por sí mismo y para el caudal de su motivación y no generar, en cambio, una dependencia propia de otros niveles de la enseñanza.





