Centro Cultural Kirchner: la banalidad de lo monumental

La falta de transparencia en materia presupuestaria y el culto a la personalidad del ex presidente son los rasgos salientes de esta obra faraónica
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28 de mayo de 2015  

Será difícil para muchos argentinos olvidar esta semana patria del 25 de Mayo. Probablemente, porque poco se recordó la gesta de 1810, nuestra primera manifestación de independencia como futura república, y, por el contrario, se llegó al clímax absoluto del "relato" y la llamada "década ganada" con la inauguración parcial del monumental, costoso y polémico Centro Cultural Kirchner (CCK), el más grande de América latina. Aun cuando resta aproximadamente un 30 por ciento para la finalización de esta obra, que habrá costado más del triple del valor que se presupuestó, ya puede asegurarse que constituirá un monumento a la falta de transparencia y al culto a la personalidad.

Emplazado en el antiguo Palacio de Correos, el CCK es hoy la gema más preciada de la corona cristinista en su empeño faraónico por dejar una huella imborrable, con sus 100.000 metros cuadrados, sólo equiparable, según la ministra de Cultura, Teresa Parodi, a pocos centros culturales del mundo: los prestigiosos Centro Pompidou, de París; el Foro Internacional de Tokio, y el Lincoln Center, de Nueva York, cuya larga trayectoria en el campo de la cultura y de las artes no merecen, por ahora, esta temeraria comparación. Menos aún, si se recuerda que hoy el espectáculo principal de este centro cultural es la muestra permanente dedicada a Néstor Kirchner, en la sala que, como no podía ser de otra manera, lleva su nombre.

Haber bautizado a esta obra de esa forma es la coronación más burda y fenomenal de una larga cadena de abusos cometidos tanto por el gobierno nacional como por una infinidad de administraciones provinciales y municipales que, violando la ley en vigor, han impuesto el nombre del ex presidente a todo tipo de bienes estatales. Calles, rutas, escuelas, hospitales, clubes, gasoductos, represas, campeonatos de fútbol y hasta un aeródromo se llaman Néstor Kirchner, en respuesta a la simple voluntad política del administrador de turno.

Los bienes públicos no son de un partido político ni de una persona, son de todos los ciudadanos. Sin embargo, los gobiernos peronistas siempre han caído en la misma debilidad: multiplicar en ellos y sin el más mínimo pudor el nombre de sus principales dirigentes. En 1951, por citar sólo un ejemplo, llegaron a crearse por ley las provincias Eva Perón y Juan Domingo Perón, en las que hoy son La Pampa y el Chaco.

En el caso particular del kirchnerismo, ese abuso se ha decantado por un único y ubicuo nombre: Néstor Kirchner, un culto a la personalidad característico de regímenes totalitarios. Lo mismo se verificó durante el gobierno de Mussolini, en Italia; el de Stalin, en Rusia, o el de Mao, en China. Más cerca en el tiempo, es lo que ocurre hoy con la familia Kim en Corea del Norte, donde el actual gobernante, el joven y despótico Kim Jong-un exige ser honrado como una deidad y hasta el día de su cumpleaños es feriado.

Sin embargo, el Centro Cultural Kirchner no es simplemente un nombre, una exposición y un futuro todavía impredecible en nuestro panorama cultural. Es también, y antes que nada, un número difícil de precisar en materia de inversiones del Estado, mal que les pese a los funcionarios cristinistas que han tratado de distraer a la opinión pública de la transparencia en la contabilidad del CCK y de las fundadas sospechas de corrupción que se acumulan sobre él.

Presupuestado originalmente en 900 millones de pesos, seis años después los gastos ya ascienden a alrededor de 2300 millones, más otros 1500 millones en partidas presupuestarias adicionales. Además de la inversión que demanda la obra civil del edificio, también están los gastos para equiparlo: la sala de conciertos, bautizada Ballena Azul por su forma y el color de las paredes externas, con capacidad para 1950 espectadores, cuenta con un imponente órgano de viento diseñado especialmente en Alemania por la firma Klais, más cinco pianos, dos arpas, una celesta, todos adquiridos en dólares a firmas del exterior, cuyos montos también son indeterminados y que deberán ser afrontados no por esta administración nacional, sino por la que asuma en diciembre próximo. También están previstos otros 800 millones de pesos, sólo por este año, para conducir este centro cultural; es decir, algo más de dos millones de pesos por día, según consta en el presupuesto nacional 2015. Y el Ministerio de Planificación volcará 164 millones más sólo para la compra de obras de arte, un rubro también indefinido, porque hasta ahora sólo constan un puñado de videos musicales y de programas cuyos derechos ya pertenecen al Estado.

Algunas cosas son evidentes: la primera, que se ha querido competir con el Teatro Colón; la segunda, que salvo que el resto de los argentinos se costee por sus propios medios llegarse hasta el CCK, su carácter federal es bastante limitado.

Una vez más, el oficialismo, también en el terreno cultural, ha actuado como si no tuviera que rendir cuentas a nadie. Cabe seguir preguntándose si semejante inversión era necesaria en estos momentos en que otra vez la crisis económica pone en jaque a la mayor parte de la sociedad. ¿Ahora, con una administración que está en los últimos meses de gobierno? Sin dudas, se está frente a una obra realizada fuera de tiempo, de lógica y, sobre todo, de cualquier consideración ética.

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