Chile apuesta a la alternancia
En una demostración de madurez cívica, el país vecino eligió al candidato de la centroderecha como su próximo presidente
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Chile acaba de dar una gran lección cívica. En contraste con la imagen caricaturesca con la que con harta frecuencia suele identificarse a la política latinoamericana en el mundo, la democracia chilena está viviendo horas que la destacan por una prestancia ejemplar.
Como se anticipaba, el empresario Sebastián Piñera, candidato de la centroderecha chilena, fue elegido el próximo presidente de su país y asumirá el 11 de marzo. De esta manera Chile, en una demostración de madurez y de necesidad de cambio, produjo ordenadamente la primera alternancia en el poder en las dos últimas décadas.
Sólo dos horas después de cerrados los comicios de anteayer se conocieron con precisión las tendencias electorales de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. Una hora más tarde se informaba del escrutinio oficial de más del 99 por ciento de los votos emitidos. Casi no hubo intervalo, pues, entre el cierre de los comicios y el admirable fenómeno cívico de que tanto las fuerzas victoriosas como el gobierno derrotado coincidieran en que era Sebastián Piñera, candidato de la Coalición por el Cambio, el nuevo presidente de Chile.
El espectáculo cívico del país hermano con el abrazo de los dos contendientes ha conmovido en la Argentina. En su momento la democracia argentina demostró que podía ofrecer testimonios equivalentes de cultura política. ¿Alguien olvida, acaso, el encuentro, horas después del triunfo radical de 1983, de Raúl Alfonsín e Italo Luder, y el ofrecimiento a éste de la presidencia de la Corte Suprema de Justicia, que agradeció y rechazó?
Todo indicaba que el candidato chileno de centroderecha se proyectaba como un probable ganador frente al candidato de la Concertación. Si hubo dudas de último momento en el extranjero, ello se originó no sólo en el achicamiento de las distancias con las cuales los candidatos arrancaron al comienzo de esta segunda competencia electoral, sino por la constante, en la prensa internacional, de preguntarse más por qué Piñera no podía ganar en lugar de indagar con un poco de más interés por qué Frei no podía vencer.
Veinte años de una misma fuerza política en el poder terminan por cansar. Sobre todo cuando en los últimos años ha habido en esa fuerza disensos y hechos de corrupción que conmovieron a la sociedad trasandina. El impresionante 81 por ciento de imagen positiva acordado por las encuestas de opinión a la presidenta Bachelet constituye mucho más una manifestación de simpatía hacia una persona, en circunstancias próximas a dejar el poder, que el reflejo de la voluntad nacional de que nada cambiara en Chile.
Sebastián Piñera ha logrado algo más que poner fin a un ciclo político de veinte años. Incluso bastante más que haber surgido como el primer presidente electo de centroderecha en 52 años. Se ha necesitado, en efecto, que pasara casi un siglo para que un partido político de las características de Renovación Nacional recupere la presidencia de Chile con un candidato propio.
La sociedad chilena ha prosperado mucho en estos últimos veinte años y, en realidad, lo ha hecho así desde que en 1985 la política económica de la dictadura de Pinochet tomó un giro decisivo hacia la libre empresa y la libertad de mercados bajo la inspiración del economista Hernán Büchi. En realidad, la Concertación de demócratas cristianos, socialistas y fuerzas afines preservó aspectos esenciales de esa política.
Para Sebastián Piñera el gran desafío doméstico será el de entusiasmar con su proyecto. Esto supone acelerar el dinamismo de la economía chilena: mejorar su productividad y competitividad, manteniendo el perfil social del actual modelo. Para ello deberá cumplir con su promesa de hacer más eficiente el Estado, en todos sus niveles. La urgencia más visible pareciera estar en el capítulo de la salud, porque los hospitales no dan abasto y la disconformidad de la población es evidente.
En el plano regional, el triunfo de Piñera parecería confirmar un giro hacia el centro, que puede ratificarse pronto con los resultados de las próximas elecciones en Brasil y Colombia.
La gestión externa de Piñera, que buscará priorizar las relaciones de Chile con los países del continente, presumiblemente contribuirá a que las instituciones multilaterales regionales puedan dejar de lado una retórica frustrante que las mantiene vociferantes, pero paralizadas. Las promesas en este capítulo incluyen el compromiso de Piñera con un mayor profesionalismo en la gestión; la continuidad de las políticas nacionales, en lo esencial, y un apego permanente al derecho internacional, muy especialmente al principio de "no intervención", desgastado por toda suerte de excesos que llevan la marca inconfundible de Hugo Chávez.
Para la Concertación chilena, en cambio, el desafío futuro estará en mantener la unidad y ajustar su discurso. No en vano la aparición de Marco Enríquez Ominami, de alguna manera, la obliga ahora a replantear sus estrategias.
Hagamos votos porque el ejemplo de la democracia chilena cunda en otras partes del continente, de modo particular en nuestro país, tan maltratado por los excesos, incluso verbales, de sus gobernantes. Y también porque se lleven adelante las políticas de perfeccionamiento democrático que ha prometido el presidente electo, de las cuales una de las más importantes es reducir el nivel de pobreza todavía existente en Chile, que es superior al 9 por ciento, y corregir el grado de delincuencia callejera, que ha crecido de modo alarmante en los últimos años.

