Chile: una violencia no atribuible a la desigualdad

La simultaneidad de los incendios en objetivos seleccionados, así como su efectividad destructiva, indican programación y entrenamiento
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26 de octubre de 2019  

La violencia desatada en Chile luego de un aumento del boleto de subterráneos ha motivado explicaciones de distinto tipo. Las izquierdas, sean democráticas o no, han culpado al modelo económico chileno. Si bien no pueden negar que con esas políticas se llevó a Chile a la primera posición en América Latina por su ingreso por habitante, alegan que eso se ha logrado a expensas de una mayor desigualdad. Se dice que la clase alta ha afirmado sus privilegios y los ha encriptado. Gran parte del periodismo y los opinantes políticos, aun los independientes, han adoptado la explicación de la desigualdad sin indagar con más profundidad.

La transformación chilena obliga, para cualquier estudio, no solo a considerar la imagen en un momento dado, sino a observar el cambio, su velocidad y sus tendencias. Hay que mirar la película y no solo la fotografía. El coeficiente de Gini, que mide la desigualdad (cuanto más alto, más desigual), alcanza en Chile a 0,49. Todavía es más alto que el de Argentina (0,42), aunque menor que el de Brasil (0,51). Es superior a los índices de Gini de España (0,36) y Alemania (0,32). Pero si se observa la serie histórica se advierte que en 2000 el índice en Chile estaba en 0,58. Esto significa que el modelo no solo produjo crecimiento, sino que está logrando una reducción de la desigualdad.

La tendencia a una sociedad más igualitaria tiene relación con la movilidad social. Debe observarse en qué cantidad y con qué intensidad las personas salen de la pobreza y mejoran su estatus social. Esto exige mediciones que identifiquen a determinadas personas y sus ingresos a lo largo del tiempo. Basado en la Encuesta Panel Casen, Claudio Sapelli, en su libro Chile: ¿Más equitativo?, muestra cifras de la movilidad social y las compara con las de otros países. El 5% de las personas que en 1996 estaban en el decil más pobre habían avanzado al quintil más rico en 2006. En sentido inverso, también el 5% de los del decil más rico habían pasado diez años después al quintil más pobre. El índice de Bartholomew, que mide la movilidad social (cuanto más alto el índice, mayor es la movilidad), fue en Chile de 2,06 para el período 2001-2006. Este índice se compara con los de Gran Bretaña (1,63), Estados Unidos (1,67) o España (1,58). Queda claro que Chile supera a estos países en movilidad social.

La pobreza fue un serio problema en Chile, que se agravó notablemente durante el gobierno de Salvador Allende. Pero, desde principios de los 80, el combate contra la pobreza se intensificó y rindió sus frutos. En 1994 todavía el 27,6% de la población estaba por debajo de la línea de pobreza. Ese porcentaje fue reduciéndose paulatinamente hasta el 8,6%, en 2017.

La correcta visión de estos parámetros sociales sirve para descartar la desigualdad o la pobreza como las causas de la violencia. Siempre hay descontento social, aun en los países ricos. La muletilla "a la gente no le alcanza para llegar a fin de mes" se les escucha a opositores en Nueva York, París, La Paz, Santiago o Buenos Aires. Ha habido en Chile algunas medidas y realidades económicas que pueden haber generado una actitud de protesta y la adhesión de segmentos pacíficos de la población. Por ejemplo, las jubilaciones obtenidas por el sistema de capitalización, que son consideradas muy bajas. El actual gobierno aumentó en un 4% los aportes patronales para mejorarlas, lo que redujo el salario de bolsillo en una suma mayor que el aumento de la tarifa del subterráneo. Pero ni esta medida ni otras tuvieron una magnitud que pudiera desatar semejante reacción.

La simultaneidad de los incendios en objetivos seleccionados así como su efectividad destructiva indican programación y entrenamiento. Fueron vientos de tempestad más que "brisas bolivarianas", según calificó estos hechos y los de Ecuador el mandamás venezolano Diosdado Cabello. Todo indica la participación cubano-bolivariana en la planificación y ejecución de las acciones, a las que luego se plegó una parte de la población descontenta o alineada.

No debe dejar de tenerse en cuenta la penetración del marxismo en nuestros sistemas educativos, donde se impugna la libertad económica. No solo se ocultan los éxitos de una economía equilibrada, abierta y competitiva, que elimina progresivamente la pobreza, sino que además se promueve la "pedagogía del oprimido", de Paulo Freire, que induce a la victimización, a sentirse oprimido por el sistema capitalista, e incita a la rebelión y a la lucha. Los participantes del Foro de San Pablo han diseminado esta visión en nuestra región. Ninguno de los países de América Latina debe considerarse alejado del riesgo de hechos como los ocurridos en Ecuador y Chile. Para evitarlos es necesario no equivocarse en su diagnóstico.

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