Clientelismo prebendario
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Los testimonios de asistentes a recientes actos públicos en la provincia de Buenos Aires encabezados por el presidente de la Nación y su esposa, que dan cuenta de que recibieron bolsones con alimentos en pago por su presencia en esos mitines, son tan sólo una arista de una lamentable cultura política vinculada con la utilización de la ayuda social como herramienta electoral y con la denigración de personas de condición humilde.
No cabe aquí responsabilizar al primer mandatario por el origen de prácticas prebendarias que han caracterizado desde hace bastante tiempo a la política bonaerense. Pero sí se le puede cuestionar al doctor Néstor Kirchner que se enfade con el periodismo que describe esas maniobras clientelistas, en lugar de asumirlas como un grave vicio instalado en su propio sector político, que debería ser desterrado porque en nada se condice con la idea de "la nueva política" prometida.
Relatos recogidos por LA NACION entre asistentes al acto oficialista, llevado a cabo el martes último en Esteban Echeverría, confirmaron lo señalado en ocasión de otro encuentro político celebrado en Berazategui una semana antes: por hacer número, recibían mercadería.
Caben algunas consideraciones si las personas que van a esos actos políticos perciben algún subsidio o ayuda oficial en especies. Puede decirse que si no tuvieran derecho a recibirlos, estaríamos ante un delito de malversación de fondos públicos o de administración fraudulenta. Y si efectivamente tuvieran derecho a recibirlos, pero se condiciona esa entrega legítima a su asistencia a determinado encuentro político, estaríamos ante un caso de incumplimiento de los deberes del funcionario público o de coacción.
De modo que si se recompensa la presencia en estos actos con algún tipo de ayuda oficial, ya sea que los concurrentes tuviesen derecho a recibirla o no lo tuviesen, no sólo asistiríamos a una desviación moral, sino también a una conducta delictiva.
No es para nada nuevo el hecho de que los planes de ayuda a los sectores más empobrecidos de la sociedad constituyen una poderosa herramienta en tiempos electorales.
Muchas son las iniciativas que se han conocido, tanto desde sectores políticos como desde organizaciones no gubernamentales, para transparentar y transformar esos planes. Sin ir más lejos, el ministro de Economía, Roberto Lavagna, propició en su momento la reconversión del Plan Jefes y Jefas de Hogar en un seguro de desempleo de duración limitada para impulsar a los beneficiarios a buscar trabajo mientras reciben capacitación laboral.
Superado su tiempo inicial, en el que el citado plan social sirvió para aliviar el sufrimiento de los sectores más postergados de la sociedad en la crisis de 2001-2002, este programa se fue convirtiendo en un instrumento que, en manos de los punteros políticos y de ciertos dirigentes piqueteros, consolidó viejas prácticas prebendarias que deben desaparecer.
El asistencialismo no puede ser un remedio permanente. Es imperioso avanzar hacia modelos de ayuda social vinculados con la creación de trabajo genuino, en los cuales las ONG podrían prestar una colaboración profesional tan valiosa como desinteresada y despojada de los muchas veces mezquinos intereses políticos partidarios.
Resulta decepcionante que desde las distintas fracciones del partido gobernante se insista en concebir los programas sociales como una fuente de dominación política territorial o como plataformas para la construcción de estructuras partidarias. Más lamentable aún es que la más alta autoridad nacional pretenda desconocer el problema y desvíe el eje del debate con acusaciones a la prensa.






